La Dama y el Tirano

Capítulo 31.

Tirano

El mirato estaba sentado en el suelo, abrazando a la mujer y escuchando en silencio lo que ocurría fuera. Renata, aterrada, sollozaba quedamente. Temía haberse excedido en su crueldad y que aquello destruyera para siempre su vínculo. Pero Renata no lo rechazó. Se aferraba al rey como a su última esperanza de sobrevivir.

La mecía entre sus brazos y tarareaba con voz ronca una canción de cuna que recordaba de su madre, atento a cuanto sucedía al otro lado de la puerta. Para entonces, en el pasillo no solo se habían reunido los nagas: también habían llegado los Infantes. Los jueces debían llevarse al asesino, aunque, a juzgar por los gruñidos de protesta de los amrazares, iban a tener que recogerlo por partes.

—Su Majestad… —La superiora apareció en el umbral. Aquella mujer delgada, consumida por los años, hizo una reverencia y dijo en voz baja—: Nos alegra recibirlo en el santuario de santa Iftaria. Prepararemos habitaciones para usted. Su Majestad Imperial estará encantado de recibirlo en su palacio o de reunirse con usted aquí, en el monasterio.

Tirano asintió en silencio y estrechó un poco más a Renata. Ella había dejado de sollozar y parecía haberse quedado dormida. Él se hundió en los recuerdos.

Poco más de una semana antes le habían entregado una carta. Estaba escrita con una letra femenina regular y olía a humedad. El rey estaba seguro de que la había escrito Renata. Que se la hubieran entregado a través de los consejeros no le pareció extraño. Supuso que ella simplemente no quería mostrar sus capacidades mágicas. Rompió con dedos temblorosos el sencillo sello de lacre del monasterio. Al principio no comprendió lo que decía la carta. Cuando lo hizo, el mundo dejó de existir por un instante.

En ella, la mujer le pedía que la dejara en paz. Que la olvidara y le permitiera vivir tranquila junto a los niños. Ellos la necesitaban más que él.

«Mi destino es vivir en el santuario. He tomado los hábitos y ahora puedo dedicarme al servicio y a mis pupilas. Creo que fue para eso que la gran Iftaria me conservó la vida», decía Renata en la carta. También felicitaba a Tirano por haberse reunido con su verdadera familia.

«Me alegra que su hijo y su esposa hayan vuelto a casa, Su Majestad. ¡Espero que el joven príncipe sea el orgullo de la casa Mardar!», escribía la muchacha, hiriendo con cada letra el corazón del mirato.

«Y le pido sabiduría, Su Majestad. Preserve la paz para nuestros niños. ¡Sea feliz! Lady Emilia Radon».

Ahora intentaba recordar por qué no había advertido enseguida las rarezas de la carta. Por qué había permitido que lo engañaran de nuevo. Pero entonces las emociones habían sido tan intensas y el dolor tan palpable que ni siquiera la firma le despertó sospechas. Después, aunque leyó el mensaje una y otra vez, siguió sin reparar en las contradicciones.

Aquella carta era lo único que le quedaba de la lady. La carta y su magia, que ahora vivía en su cuerpo. Quizá, de no haber leído que Renata había tomado los hábitos, habría ido antes al monasterio. Pero las servidoras de Iftaria no se casaban ni permitían que los miratos se acercaran a ellas. Las leyes de los nagas velaban estrictamente por su inviolabilidad. Irrumpir en el monasterio equivalía a declarar una guerra, la misma guerra que Renata le había pedido que no iniciara. Sentía que había caído en una trampa.

Durante el día, cuando debía ocuparse de los asuntos de Estado y resolver las consecuencias de las intrigas que habían destruido a su familia, el rey mantenía el control. Tirano sabía que lo peor que podía hacer era hundirse en su propio sufrimiento. Demasiadas vidas dependían de él. Mardar ya no podía permitirse cometer errores, así que se esforzaba por mantener la cabeza fría. Pasaba los días trabajando: se reunía con ministros, gobernantes de ciudades, ancianos de las aldeas y responsables de las distintas dependencias. Escuchaba informes y quejas, leía actas y tomaba decisiones.

Ni siquiera las reuniones con Anita despertaban ya emociones en él. Sus mentiras no herían su orgullo, sus lágrimas no le inspiraban compasión y el niño no le provocaba aquel doloroso sentimiento de culpa. El rey comprendía que el pequeño mirato no tenía la culpa de haber nacido en una familia de traidores. Era la única razón por la que su madre seguía viva.

Pese a todos sus esfuerzos por dominarse, el día siempre daba paso al atardecer y después llegaba la noche. Entonces volvía a sumergirse en la desesperación. Renata no estaba a su lado, y sentía aquel vacío con todo el cuerpo. Nada podía llenarlo. Cuando el dolor se volvía insoportable, bloqueaba la entrada de su alcoba o de su despacho y dejaba salir aquella furia dolorosa.

Los muebles se rompían bajo su embate, los cuadros ardían en las paredes y los jarrones se hacían añicos. La alcoba quedaba en ruinas que los sirvientes tardaban un día entero en reparar. Durante uno de aquellos ataques de ira recordó de pronto la sonrisa burlona de la lady. Cómo había salido del arco durante una prueba y se había colocado para llamar su atención. Comprendió que la Renata de la que se había enamorado con tanta imprudencia jamás entregaría su vida a un rey, a un dios ni a una diosa. Un diálogo le cruzó la mente como un relámpago:

—Concubina número treinta y siete, ¿qué está dispuesta a darle al rey?

—¡Un consejo!

—¿Qué consejo?

—¡Uno gratis!

La carta volvió a aparecer entre las manos de Mardar. Una carta impregnada de súplicas y servilismo. Una carta que ella no había escrito. Una vez más se sintió un necio. De sus labios brotó un hechizo que no conocía y que jamás había pronunciado. Había nacido en algún lugar de su subconsciente y había escapado al exterior. La tinta se desprendió del papel fino como cera caliente de las antiguas tablillas en las que los humanos escribían al principio de los tiempos, dejando al descubierto el verdadero mensaje de la lady.

«¡Espero que Su Majestad tenga suficiente cerebro para no iniciar una guerra por una mujer!». Por alguna razón, Renata se había saltado el saludo. «¡¿Cómo se le ocurrió arrastrar a una guerra a un reino agotado mágicamente?! ¡No me haga perder la fe en usted, Su Majestad!».




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