La Dama y el Tirano

Capítulo 32.

Renata

El emperador de los nagas y Tirano Mardar se reunieron en el monasterio a la mañana siguiente. Tirano decidió no hacer pública aquella reunión oficial. Estaba claro que la conspiración contra la corona tenía un alcance mayor de lo que Su Majestad había imaginado.

El emperador trajo las cartas que le habían entregado los diplomáticos de Tirano.

—Intentamos comunicarnos con usted varias veces por medios más tradicionales —explicó el naga—, pero siempre recibimos una negativa y nuestros mensajes fueron devueltos.

—Eso explica muchas cosas —dijo el rey, abriendo la primera carta.

Como Tirano me contó después, solo la primera carta entregada al naga era auténtica. En ella le pedía al emperador permiso para visitar el santuario de santa Iftaria.

Las demás cartas, tanto las de Tirano como las del naga, eran falsas. Cuando los soberanos compararon las copias de los mensajes que habían escrito de su puño y letra, quedó claro que alguien había intentado por todos los medios impedir nuestro encuentro y casi había provocado una guerra de verdad. Una guerra absurda y sin sentido.

Después de la reunión, Tirano se fue y yo me quedé en el monasterio. Admito que me habría sentido más tranquila si hubiera ido con él. Pero aquella fue una de las pocas ocasiones en que decidí obedecer.

—Es el rey —me recordó Bujtenvil mientras observaba a los niños trepar alegremente sobre los lobos—. Volveremos al palacio cuando él lo decida. Debemos obedecer a nuestro soberano.

No respondí y seguí meciendo al bebé. Ese día los niños estaban inquietos. Quizá percibían la tensión general o tal vez, por casualidad, la mayoría había despertado de mal humor.

—Lady —me llamó de pronto una de las cuidadoras—, ¿es verdad que pronto nos dejará?

Me encogí de hombros, sin saber qué responder. Todavía no tenía una respuesta. Al menos, Tirano y yo no habíamos hablado de mi traslado.

El mirato apareció al caer la tarde. Me esperaba en la habitación, junto a una mesa preparada para cenar. Al mirarlo a los ojos comprendí que pasaría los próximos meses en el santuario.

—¿Está todo tan mal? —pregunté en voz tan baja como si de ello dependiera la vida de alguien.

—No. —Tirano negó con la cabeza y se acercó para abrazarme—. Pero le pedí al emperador que reforzara tu protección.

—¿Eso significa que la reforma de tu palacio se aplaza indefinidamente? —intenté bromear.

—No será por mucho tiempo —prometió mi esposo.

—¿Descubriste algo?

Tirano había descubierto muchas cosas. Las cartas falsas bastaron para que los jueces de Iftaria encontraran el rastro de los conspiradores. Hasta entonces todos creían que Emara había organizado la conspiración. Ahora estaba claro que una sola mirata no habría podido hacerlo. Necesitaba a alguien poderoso, rico y con autoridad real. Ese alguien resultó ser el pariente del rey con quien había tenido a su hijo.

—Lo conocía desde niño —dijo Tirano, ayudándome a sentarme a la mesa—. Convenció a los padres de Emara de que su hija sería la próxima reina de los miratos, de que estaba destinada a darle un heredero al reino. Cuando mi padre eligió a mi madre, hizo todo lo posible para que Emara se quedara al servicio del palacio.

—Pero ¿por qué aceptó ella participar en todo esto?

—No lo sé. Los jueces tendrán que averiguarlo. Y encontrar a todos los que los ayudaron.

***

Después de aquella conversación pasé varios meses más en el monasterio, para que Tirano pudiera ocuparse de los traidores sin preocuparse por mi seguridad. Y, si quería ser del todo sincera, pese al atentado, me sentía mucho más cómoda en el santuario que fuera de él. Le confié a Byron a Su Majestad para que lo protegiera. Por suerte, los amrazares no solo eran criaturas inteligentes y sanguinarias: también neutralizaban con facilidad los ataques mágicos, que durante el primer mes se repitieron con frecuencia.

Mientras Tirano intentaba restablecer el gobierno de los Mardar en el reino, yo me defendía de los jueces de Iftaria. Venían a visitarme todos los días y trataban de averiguar tanto los detalles del atentado como los de mi vida. Si los Infantes no podían verlo, sin duda sentían que yo procedía de otro mundo. Al principio pensé que querían desenmascararme y destruirme. Después comprendí que no les preocupaba mi origen, sino el misterio que no conseguían resolver y que tanto los intrigaba. Harta de perder el tiempo en conversaciones sociales completamente inútiles, les pregunté:

—¿No creen que ya es suficiente?

Estábamos en la modesta sala del monasterio, temprano por la mañana. Los niños todavía no habían tenido tiempo de armar un escándalo y agotar a las cuidadoras, y yo ya estaba desesperada al pensar que perdería las próximas dos horas.

—¿Lady? —El Infante alzó las cejas.

Su rostro se parecía de pronto al de un actor de cine mudo, obligado a transmitir todas las emociones únicamente con la expresión de la cara.

—Llevamos dos horas hablando del tiempo y de la alimentación de los amrazares. Si no quiere formar parte de su dieta, haga preguntas concretas.

—Es usted demasiado directa para ser una futura reina —suspiró el juez—. Las intrigas palaciegas exigen paciencia.

—Las intrigas palaciegas exigen un verdugo trabajador. Así que evitemos el derramamiento de sangre. Jure que mis secretos no saldrán de esta habitación y responderé con sinceridad a todas sus preguntas.

El Infante puso los ojos en blanco. No le interesaba hacer preguntas directas: quería disfrutar del misterio. Renunciar a aquel placer le resultaba tan difícil como renunciar a satisfacer su propia curiosidad.

—Solo porque es mi reina —aceptó y sacó del bolsillo un artefacto de la verdad común y corriente. Un sello dorado de contrato se encendió en el aire—. ¿Por qué se presentó a la selección de Su Majestad?

—Me apareció una marca. —El artefacto no reaccionó a mis palabras.




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