Renata. Varios años después
Los ecos de aquella primera selección persiguieron a nuestra familia durante mucho tiempo. Yo había esperado, ingenuamente, que al comprender la magnitud de la catástrofe los conspiradores dejaran de intentar matar al rey. Pero un buen día se convencieron de que el hijo de Anita sería el nuevo soberano y que, por tanto, podían deshacerse del anterior. Prefirieron olvidar que la fuente no aceptaba al pequeño mirato.
Durante el juicio, los conspiradores afirmaron que habían estado hechizados y que no sabían lo que hacían. Los amrazares no les creyeron. Sin embargo, yo no era sanguinaria y no se los di de comer a los lobos: propuse entregárselos a la multitud. Entonces intervinieron los Infantes y me pidieron que, si mi buen nombre no me importaba, al menos no arruinara el suyo. En fin, hubo que abrir minas. Por suerte, el reino tenía suficientes minerales que extraer a fuerza de picos y maldiciones.
El hijo de Anita se quedó con nosotros. Al principio intenté convencer a Tirano de que dejara al niño con su madre. Podíamos desterrarlos a las fronteras lejanas y darle la oportunidad de criar al pequeño mirato. Hasta que ocurrió algo para lo que no estaba preparada.
Fue la noche anterior al juicio de Emara. Yo todavía no me había mudado al palacio. Aquella tarde inolvidable, mi esposo no apareció para cenar. Tampoco vino después. Empecé a enojarme. Y una mujer enojada, como se sabe, puede hacer mucho más que abrir un portal a otro reino. Solo que mi portal no me llevó a la puerta de la alcoba real, sino a la de Anita.
En cuanto comprendí dónde estaba, me invadió el miedo. No, miedo no: horror. Había buscado al rey con mi magia y, en cambio, estaba frente a la puerta de la alcoba de su primera esposa. Durante unos segundos no vi ni oí nada. Después me llegaron los sonidos sordos de unos golpes.
Lo primero que pensé fue que Tirano se había vuelto loco. Imaginé al mirato golpeando a aquella mujer. Había motivos para castigarla, pero no de esa manera ni en aquel lugar. Empujé la puerta y me quedé paralizada de espanto. Tirano no estaba allí. En el suelo yacía un niño pequeño, cubierto de sangre y encogido como un ovillo. Jamás había visto tanto odio en nadie.
—¡Engendro! —siseaba la mirata—. ¡Ni se te ocurra no unirte a la fuente! ¡Tienes que hacerlo! ¡Tienes que hacerlo! —le gritaba al niño, que no se atrevía siquiera a emitir un sonido.
No tuve fuerzas para enfrentarme a Anita ni para demostrarle a nadie que estaba equivocada. Detuve el tiempo y me llevé al niño. Lo transporté al monasterio por el mismo portal. Encontraron a Anita a la mañana siguiente en aquella misma postura, con la mano alzada para golpear.
Tirano llegó temprano por la mañana. Había tenido que viajar con urgencia a una provincia, y Bujtenvil se había quedado, quién sabe por qué, con la carta en que me avisaba. Mi esposo me encontró sentada en el suelo, meciendo a un niño ajeno sin saber qué hacer.
Después, el pequeño nos contó que las palizas eran habituales. Que no tenía suficiente talento, inteligencia ni dones para que su madre lo quisiera. Se me partía el corazón al escuchar sus palabras sinceras. Y también al oírle pedir que no castigáramos a su mamá, porque ella solo quería lo mejor para él.
No ejecutaron a Anita. Solo porque se lo había prometido a su hijo. Tampoco a su abuela. Los Infantes vaciaron sus fuentes mágicas y las enviaron a prisión para que pasaran allí el resto de sus vidas. El pequeño mirato se quedó con nosotros. Le cambié el nombre: lo llamé Partar, como uno de los soberanos de la casa Mardar, e hice todo lo posible para que olvidara lo que había vivido antes de aquel día.
Tirano me apoyó. Juntos conseguimos criar a un buen hijo. Al menos, era el único niño capaz de enfrascarse en una discusión con Bujtenvil.
—¡Usted nunca me hace caso! —rezongaba Bujtelka una vez más.
—Siempre te escucho —replicaba el príncipe.
—¿Entonces por qué no hace lo que le digo?
—¡Porque mis argumentos vencieron a tus palabras!
De un niño maltratado, Partar se convirtió en un adolescente seguro de sí mismo y bastante independiente. A pesar de su edad, logramos evitar los conflictos habituales y conservar nuestro vínculo con él. Lo valoraba tanto que, al descubrir mi primer embarazo, durante un tiempo temí decírselo a mi esposo y a mi hijo. Me preocupaban los celos y la rivalidad entre los niños. Pero me equivocaba. Si mi esposo estaba en el séptimo cielo, mi hijo estaba en el decimoséptimo. Porque «¡gracias a Iftario, no tendría que cargar con el peso de gobernar!».
Cuando nació Ramar, Tirano y yo ya habíamos superado todas las dificultades del reino y podíamos respirar tranquilos. Los niños crecían. Tirano se esforzaba por no repetir los errores de su padre. También intentaba ser el esposo más cariñoso. Quizá fue gracias a aquel amor que llegó nuestro tercer hijo. Nuestra hija.
Rita nació una mañana de otoño y se convirtió en la favorita del reino. Nuestra pequeña princesa era idéntica a mí. De su padre solo había heredado las brillantes escamas de serpiente de la frente y los ojos. El carácter, en cambio, era el mío. Pero, mientras yo me había limitado a los amrazares, nuestra princesa, desde que aprendió a caminar, empezó a llevar al palacio las criaturas más horribles que encontraba. Sentía una predilección especial por las ratas. Ratas grises corrientes, del tamaño de un dóberman. Nadie llegó a descubrir dónde las conseguía.
—Da miedo imaginar cómo elegirá a su esposo —le dijo Ramar a su hermano un día. Él guardó un diplomático silencio, confiando en la misericordia de Iftario.