Tirano
Las puertas del templo se abrieron ante el rey temprano por la mañana. Todavía no había servidores en el salón, los fuegos sagrados se habían consumido y el altar donde los habitantes de la ciudad dejaban sus ofrendas estaba vacío.
El rey se acercó con paso firme a la piedra gris y dejó sobre su superficie pulida dos bolsas pesadas. Una estaba llena de monedas de oro; la otra, de pequeños artefactos mágicos necesarios para la vida de los monjes.
Su Majestad hacía aquella generosa ofrenda cada año, de forma anónima, en el aniversario del día en que Renata lo había salvado de la muerte. Y no solo a él. Tirano se arrodilló ante la estatua de Iftario, unió las manos formando el círculo sagrado y volvió a agradecerle en silencio a su dios aquel regalo. Esa mañana sonreía mientras recordaba los momentos más luminosos de su vida juntos.
Tenían tres hijos. Gracias a Renata, Tirano consideraba a Partar, el hijo de Anita, tan suyo como a los que habían tenido juntos. En los primeros años después del nacimiento de Ramar, el rey temió los celos del mayor y la posibilidad de que algún día quisiera ocupar el trono de los Mardar. Pero al joven mirato no le interesaban en absoluto ni el trono ni el gobierno. Al llegar a la mayoría de edad, Partar fundó una escuela donde los niños recibían educación gratuita. Diez años después abrió una academia de magia y una universidad donde los humanos podían estudiar ciencias exactas. Por cierto, decidió nombrar a Bujtenvil rector de aquella universidad, el único e inamovible. De alguna manera increíble, solo él conseguía mantener el orden en medio del caos académico.
Ramar, su segundo hijo y heredero de la corona, era una copia exacta de Tirano. Eso le despertaba un orgullo indescriptible y, al mismo tiempo, lo asustaba. Temía que su hijo cometiera los mismos errores que él al comienzo de su reinado. Por eso se esforzaba en darle al heredero los conocimientos que su propio padre no había tenido tiempo de transmitirle. Sin embargo, cuanto más crecía Ramar, menos temía Tirano por su destino.
De lo que sí estaba seguro era del bienestar de su hija. Rita había heredado de su madre todo cuanto podía: su apariencia, su inteligencia, su carácter y aquella sonrisa inconfundible. Hasta había repetido, en cierta medida, su destino. Tres meses antes, en el hombro de su querida hija apareció la marca divina de la selección de una de las casas imperiales. Tirano se enfureció. Quiso exigir que le quitaran la marca a la princesa, pero su esposa y su hija lo disuadieron.
—No me la quitarán —señaló Rita con sensatez—. Es igual que la de mamá.
—¡La quitarán! —insistió Mardar.
—Si Emara me hubiera quitado la marca, yo no habría sido tu esposa —observó Renata, recordándole que a veces había que confiar en las señales divinas.
Tuvo que dejar que su hija viajara a un reino lejano. Pero no sola. La acompañaron los amrazares y Bujtenvil con Yuna. ¿Quién mejor que ellos para cuidar de la pequeña?
Su hija volvió a casa tres semanas después. Unos días más tarde, el rey recibió la exigencia del emperador de que le devolviera a su «esposa». El joven emperador no sabía quién era aquella esposa. Cuando le preguntaban cómo había sucedido, Rita respondía con calma:
—No entiendo de qué hablas, padre. No me he casado con nadie.
—¡No se ha casado! —confirmaba Bujtenvil—. ¡Solo de pensarlo! ¡Entregar a nuestra niña a ese emperador de vida disipada! ¡Organizaba citas! ¡La etiqueta le exigía conocer a todas las participantes! ¡Ni en la casa Mardar se ha permitido nadie algo así!
Los amrazares gruñían cada vez que se mencionaba la selección. Bujtenvil despotricaba contra la corte imperial. Hasta Yuna siseaba indignada. Y solo el emperador culpable, después de obtener el permiso de Tirano para cruzar la frontera, recorría el reino de un lado a otro en busca de su «esposa perdida».
Unos pasos suaves a su espalda interrumpieron los pensamientos del mirato. Tirano no se volvió. Oyó caer una bolsa de cuero sobre el altar y, al cabo de un momento, una mujer se sentó a su lado.
—Creía que no te gustaba este lugar —dijo el rey con una sonrisa, apoyando su ancha mano sobre la muñeca de su esposa.
No había cambiado en todos aquellos años: el mismo cabello brillante, la mirada atrevida y la sonrisa pícara.
—No me gusta —asintió Renata—. Tampoco me gusta despertar sola.
—Perdóname. —Él le llevó los dedos a los labios—. No quería despertarte. ¿Cómo me encontraste?
—Bujtenvil me reveló tu secreto hace cinco años —confesó la reina.
—Resistió bastante —rio el rey—. ¿Cómo está Rita?
—Está preparando su venganza.
—¿Quieres que envíe espías para averiguar qué pasó en la selección?
—No. No hace falta.
—Pensé que querrías saber qué ofendió tanto a nuestra hija.
—Si me entero de por qué está tan ofendida nuestra hija, seré yo quien prepare la venganza. Démosle una oportunidad a él.
Tirano asintió. Los esposos guardaron silencio. El rey volvió a agradecerle a Iftario en sus pensamientos. La reina miró alrededor del salón y decidió que sería un lugar muy apropiado para un encuentro casual entre su hija y su emperador.