La deuda

CAPÍTULO 5

La habitación de su madre

El coche que viene a buscarnos es negro, silencioso, con cristales tan oscuros que desde fuera nadie podría adivinar quién va dentro. Matteo no dice una palabra durante todo el trayecto, aunque lo veo mirar por la ventana con esa mezcla de curiosidad y desconfianza que no consigo saber si es buena señal o el principio de un problema.

Le conté lo mínimo posible anoche, después de que Dante Moretti se fuera. Le dije que nuestro padre tenía una deuda antigua, que había que resolverla, que íbamos a quedarnos un tiempo con la familia acreedora mientras encontrábamos una solución. No mencioné amenazas, ni accidentes camino al club de ajedrez, ni la sensación de que cada palabra que elijo desde entonces puede ser la que decida si mi hermano sigue teniendo huesos sanos.

Matteo no me creyó del todo. Pero tiene diecisiete años, y a esa edad uno aprende que hay mentiras de los adultos que es mejor no cuestionar demasiado, aunque duelan.

El Palazzo Moretti aparece al final de una calle empedrada del Vomero, detrás de un muro de piedra tan alto que desde la calle apenas se adivina el tejado. Las puertas se abren antes de que el coche llegue a ellas, como si alguien hubiera estado esperando el momento exacto de nuestra llegada, y cuando cruzamos el umbral, el mundo cambia de una forma que no sé cómo describir del todo: los jardines son perfectos, simétricos, con limoneros alineados como soldados; la fachada tiene ese tipo de belleza antigua que solo el dinero real, acumulado durante generaciones, puede comprar.

Es hermoso. Y es aterrador de una forma que no tiene nada que ver con lo que se ve y todo que ver con lo que se intuye.

Una mujer nos espera en la puerta principal. Debe rondar los sesenta años, con el pelo gris recogido en un moño impecable y un vestido oscuro que le da un aire de autoridad silenciosa, del tipo que no necesita levantar la voz para que la obedezcan.

— Señorita Rosales. señorito Rosales. —Su acento tiene la cadencia formal de alguien que lleva toda la vida en esta casa—. Soy Renata Moretti. Bienvenidos.

—Gracias —digo, aunque la palabra me sabe rara en la boca, como si estuviera agradeciendo algo que en realidad nadie me ha dado, sino que me han obligado a aceptar.

Renata nos guía por el vestíbulo principal, un espacio de techos altos y suelos de mármol que devuelve el eco de nuestros pasos, y mientras caminamos va señalando cosas con la misma indiferencia con la que alguien enseña una casa a unos inquilinos: el salón principal, la biblioteca, el ala de las oficinas, "que está estrictamente prohibida sin autorización expresa".

—¿Y el señor Moretti? —pregunto, porque no lo he visto desde que bajamos del coche, y una parte de mí necesita saber en qué habitación de esta casa se encuentra el hombre que tiene mi vida y la de mi hermano en la punta de los dedos.

—Don Moretti está ocupado con asuntos de negocios esta tarde. Los verá en la cena.

Algo en la forma en que dice "Don Moretti" me recuerda que aquí no estoy tratando con un hombre cualquiera, sino con alguien cuyo título lleva un peso que todavía no termino de entender del todo.

Llegamos al ala este, más silenciosa que el resto de la casa, con un pasillo largo que da a un jardín interior lleno de limoneros. Renata se detiene frente a dos puertas contiguas.

— Señorito Rosales, esta será su habitación. —Abre la puerta para Matteo, que entra despacio, mirando a su alrededor con una expresión que no logro descifrar—. Señorita Rosales, la suya está justo al lado.

Mi habitación es más grande que todo el piso de arriba de nuestra casa. Paredes pintadas de un azul suave, como el cielo justo antes de que anochezca del todo, muebles antiguos que parecen restaurados con un cuidado que reconozco de mi propio oficio, y una puerta de cristal que da directamente al jardín de limoneros.

—Es hermosa —digo, sin poder evitarlo, y Renata asiente con algo parecido a la satisfacción.

—Perteneció a la madre de Dante.

La frase me detiene en seco. Hay algo en la forma en que lo dice, en el uso deliberado del nombre en vez del título, que me hace preguntarme cuánto sabe Renata de lo que sea que está pasando por la cabeza de Dante Moretti al ponerme en esta habitación en concreto.

—¿Ella ya no...?

—Murió hace veinte años. —Renata cierra el tema con la misma naturalidad con la que lo abrió, sin dar espacio a más preguntas—. Ahora, respecto a las reglas de la casa.

Me siento en el borde de la cama, todavía procesando la información sobre la habitación, mientras Renata empieza a enumerar, con la precisión de quien ha repetido las mismas normas muchas veces antes:

—El desayuno se sirve a las ocho, el almuerzo a la una, la cena a las nueve. Se espera puntualidad. El ala de las oficinas está prohibida sin autorización. No se puede salir del Palazzo sin avisar a seguridad, y nunca sin escolta, por su propia protección. Las visitas deben ser aprobadas con antelación. Y...

Se detiene, y por primera vez desde que llegamos, algo parecido a la vacilación cruza su expresión.

—¿Y? —pregunto.

—Y le sugiero que no intente ganarse la confianza de Don Moretti con trucos baratos. No es un hombre que se deje manipular, señorita Rosales, y las consecuencias de intentarlo no serían agradables ni para usted ni para su hermano.

La advertencia me sorprende por su franqueza, más directa que cualquier cosa que me haya dicho Dante hasta ahora.

—No tengo ninguna intención de manipular a nadie. Solo quiero que esto termine lo antes posible.

Renata me mira durante un largo momento, con una expresión que no consigo leer del todo, entre la evaluación y algo que casi podría ser compasión.

—Eso espero, por su bien.

Se va, dejándome sola en la habitación que perteneció a la madre de un hombre que amenazó a mi hermano hace apenas veinticuatro horas, y por un momento me quedo sentada en el borde de la cama, sin saber muy bien qué hacer con la mezcla de emociones que se está formando en mi pecho: miedo, sí, pero también una especie de curiosidad incómoda que no debería sentir por nada relacionado con Dante Moretti.




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