La deuda

CAPÍTULO 6

Vigilancia silenciosa

La observo desde la ventana de mi despacho, que da directamente al jardín de los limoneros, aunque nunca antes había prestado atención a esa vista más allá de comprobar que la seguridad perimetral funcionara correctamente.

Valentina Rosales camina despacio entre los árboles, con los brazos cruzados sobre el pecho, como si tuviera frío a pesar de que la tarde todavía conserva el calor pegajoso de Nápoles en esta época del año. No sabe que la estoy mirando. O tal vez lo sabe y ha decidido, con esa misma dignidad testaruda que mostró en su casa, no darme la satisfacción de comportarse distinto por ello.

Llevo cuatro horas sin poder concentrarme en los informes que Sasa dejó sobre mi escritorio esta mañana, y una parte considerable de esas cuatro horas las he pasado encontrando excusas para acercarme a esta ventana.

No debería importarme. Me repito esa frase con la misma insistencia con la que uno repite una plegaria que ha dejado de creer, esperando que la repetición sola consiga convertirla en verdad.

Se detiene junto al limonero más alejado, el mismo bajo el que mi madre solía sentarse por las tardes cuando yo era niño, con un libro que rara vez leía porque prefería mirar el jardín en silencio. Valentina levanta la mano y toca la corteza del árbol con una delicadeza que reconozco de inmediato: es el mismo gesto que hacen los restauradores cuando evalúan un daño antes de decidir cómo repararlo. Cuidado. Atención al detalle. Respeto por algo que fue hermoso y que el tiempo ha empezado a desgastar.

Aparto la mirada de la ventana antes de que la observación se convierta en algo más incómodo de lo que ya es.

—Vas a desgastar el cristal —dice Sasa desde la puerta, y no necesito darme la vuelta para saber que ha estado ahí el tiempo suficiente para notar exactamente hacia dónde estaba mirando.

—¿Tienes algo que reportar o solo viniste a hacer comentarios inútiles?

—Los dos hombres nuevos están asignados al perímetro este, cerca del jardín. Empiezan turno esta noche.

Frunzo el ceño.

—No pedí hombres adicionales en el jardín.

—No, pero después de la llamada de Vittorio Caruso esta mañana, pensé que sería prudente reforzar esa zona. Es la más cercana al muro exterior, y ahora mismo es también donde duerme la única persona en esta casa que no sabe defenderse a sí misma si algo sale mal.

Tiene razón, aunque me molesta que haya llegado a esa conclusión antes que yo, o quizás me molesta más darme cuenta de que, en algún momento de las últimas horas, había empezado a pensar exactamente en lo mismo sin llegar a formularlo del todo.

—Bien —digo—. Que se queden ahí.

—¿Solo esta noche o de forma permanente?

—Permanente. Hasta que resolvamos el asunto de los Caruso.

Sasa asiente, aunque no se mueve de inmediato para irse, y reconozco en su silencio la misma pausa calculada que usa cuando está a punto de decir algo que sabe que no me va a gustar.

—¿Qué? —pregunto, sin darme la vuelta todavía, con la vista perdida en algún punto del jardín donde Valentina ya no está.

—Nada. Solo me parece interesante que el hombre que me dijo ayer que esto era un asunto puramente de negocios haya decidido esta mañana que necesitábamos vigilancia extra específicamente en la zona donde ella duerme.

—Es sentido común, Sasa. No dejes que tu imaginación te haga ver más de lo que hay.

—Claro.

Se va, y me quedo solo otra vez, con esa sensación incómoda instalada en el pecho que llevo arrastrando desde ayer, desde el momento exacto en que Valentina Rosales me miró a través de la cadena de seguridad de su puerta y me dijo, con una voz que no debería haberme afectado tanto, que mi palabra no valía nada para ella.

Tenía razón. Mi palabra no debería valer nada para ella. No hay ninguna razón lógica por la que debería importarme lo que piense de mí una desconocida que hace tres días ni siquiera sabía que mi familia existía.

Y, sin embargo, aquí estoy, reforzando la seguridad de un jardín por ella, eligiendo la habitación de mi madre para ella, mirando por la ventana durante horas para verla caminar entre los limoneros como si fuera lo único interesante que ha pasado en esta casa en años.

Vuelvo al escritorio, intento concentrarme de nuevo en los informes de Sasa sobre los movimientos recientes de los Caruso en el puerto, pero las palabras se desdibujan frente a mí sin llegar a formar ningún sentido coherente. Al final, cierro la carpeta y me permito, solo por un momento, pensar en la conversación que tuve con Renata esta tarde, cuando le pregunté, con una indiferencia que no sentía del todo, cómo se había instalado Valentina en la habitación de mi madre.

—Le sorprendió —me dijo Renata, con esa mirada suya que siempre parece ver más de lo que uno quisiera mostrar—. Dijo que era hermosa. Preguntó de quién había sido.

—¿Y qué le dijiste?

—La verdad. Que perteneció a tu madre.

—¿Y ella qué dijo?

Renata se quedó un momento en silencio, evaluándome de esa forma que solo ella se permite en esta casa, la única persona que me conoció de niño y que todavía recuerda al chico que era antes de que Enzo muriera y todo lo demás se congelara detrás de un muro de control que llevo quince años perfeccionando.

—No dijo nada —contestó al fin—. Pero se sentó al borde de la cama durante un buen rato, mirando la habitación, como si estuviera intentando entender algo que no le habían contado.

Esa conversación me ha estado dando vueltas en la cabeza toda la tarde, junto con la imagen de Valentina tocando la corteza del limonero con la misma delicadeza con la que probablemente toca los cuadros que restaura, y con la certeza incómoda de que estoy empezando a prestarle a esta mujer un tipo de atención que no le he prestado a nadie desde hace mucho más tiempo del que estoy dispuesto a admitir.




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