La cena de los capos.
Renata me dijo esta mañana, con esa voz suya que no admite discusión, que la cena de esta noche no era una cena cualquiera, sino una reunión formal con varias familias aliadas, y que se esperaba que yo estuviera presente, "en calidad de invitada de la casa", vestida de forma apropiada y sin hacer preguntas sobre nada de lo que se discutiera en la mesa.
—¿Invitada? —repetí, sin poder contener el sarcasmo—. Creo que la palabra que busca es rehén.
Renata no respondió a eso. Solo me dejó sobre la cama un vestido azul oscuro que evidentemente había elegido ella misma, con una nota escueta que decía: "A las nueve. Puntual."
Ahora, de pie frente al espejo de mi habitación, con el vestido puesto y el pelo recogido en un peinado que Renata también supervisó personalmente, apenas me reconozco. No soy la mujer que restaura cuadros en un taller con las manos manchadas de pigmento. Soy otra cosa, algo que todavía no sé nombrar, vestida para un mundo que no elegí y que cada día entiendo un poco menos.
El comedor principal del Palazzo es tan imponente como el resto de la casa: una mesa larga de madera oscura, candelabros de plata, una decena de personas ya sentadas cuando Matteo y yo llegamos, todas con esa misma calidad en la mirada que reconozco de Dante, esa forma de evaluar a alguien en el tiempo que tarda en cruzar una habitación.
— Señorita Rosales. —Un hombre mayor, de bigote canoso y traje impecable, se levanta ligeramente cuando me acerco, con una cortesía que resulta casi más inquietante que cualquier amenaza directa—. Había oído hablar de usted. Es un placer.
No sé qué responder a eso, porque no tengo idea de quién es, ni de qué versión de la historia le habrán contado sobre por qué estoy en esta casa. Consigo un "gracias" torpe antes de que Renata me guíe hacia mi asiento, convenientemente cerca de la cabecera de la mesa, donde Dante ya está sentado, observando la sala con esa quietud calculada que parece ser su estado natural.
Nuestras miradas se cruzan un instante cuando me siento. No dice nada, pero hay algo en su expresión, un reconocimiento breve, casi imperceptible, que me hace sentir, por un momento absurdo, que no estoy completamente sola en esta mesa llena de desconocidos peligrosos.
La cena avanza entre conversaciones que apenas entiendo, referencias a negocios, a territorios, a nombres que se mencionan con un respeto cargado de tensión. Matteo, a mi lado, se mantiene en silencio, comiendo despacio, con la misma vigilancia incómoda que siento yo. Ninguno de los dos pertenece aquí, y todos en esta mesa lo saben.
Es hacia la mitad de la cena cuando ella aparece.
—Perdón por la tardanza. —Una mujer entra en el comedor, con un vestido rojo que contrasta violentamente contra la paleta oscura de la sala, el pelo negro suelto sobre los hombros y una sonrisa que parece más un arma que un gesto de cortesía—. El tráfico en el centro está imposible.
—Isabela. —Dante se levanta apenas, un gesto de cortesía mínima, aunque algo en su tono suena más frío que con cualquier otro invitado de la noche—. No esperábamos tu presencia.
—Mi padre insistió en que viniera en su lugar. Ya sabes cómo es de sentimental con los viejos acuerdos entre familias. —Sus ojos, oscuros y astutos, recorren la mesa hasta detenerse en mí, y algo en su expresión se afila, como si acabara de encontrar exactamente lo que estaba buscando—. Y por lo visto, hizo bien en mandarme. Parece que hay novedades interesantes en el Palazzo Moretti.
El silencio que sigue a esa frase es tan denso que casi puedo tocarlo. Miro a Dante, que mantiene una expresión perfectamente neutra, aunque hay algo en la forma en que sostiene el vaso de vino, con los nudillos apenas más blancos de lo normal, que sugiere que la neutralidad le está costando más esfuerzo del habitual.
—Isabela Caruso —dice, con una formalidad gélida—. Ella es Valentina Rosales.
—Ah. —Isabela se sienta, sin dejar de mirarme, con esa sonrisa que ahora entiendo que nunca fue amistosa—. La hija del restaurador. Había oído que Dante decidió recoger algo más que una deuda del difunto Giovanni.
La mesa entera parece contener la respiración. Siento las mejillas arder, no de vergüenza exactamente, sino de una furia repentina que no esperaba sentir con tanta intensidad.
—Estoy aquí para resolver un asunto familiar —digo, con más firmeza de la que siento—. Nada más.
—Por supuesto. —Isabela toma su copa de vino, sin dejar de sonreír—. Aunque debo decir que es una forma muy... particular de cobrar una deuda, ¿no le parece? Instalar a la deudora en tu propia casa, en la antigua habitación de tu madre, nada menos. —Se dirige a la mesa en general, como si estuviera compartiendo un chisme delicioso—. Los rumores viajan rápido en esta ciudad.
—Isabela. —La voz de Dante corta el aire como un cuchillo, sin levantar el volumen, pero con una autoridad que hace que dos de los hombres al otro extremo de la mesa se remuevan incómodos en sus asientos—. Ten cuidado con lo que insinúas sobre mis huéspedes en mi propia mesa.
—No insinúo nada, solo observo. —Pero algo en su expresión vacila, apenas, ante el tono de Dante—. Es solo curiosidad, nada más. Después de todo, la última vez que un Moretti se involucró personalmente con la hija de un hombre que le debía dinero, la cosa terminó mal para todos los implicados.
—Eso no tiene nada que ver con esta situación.
—¿No? —Isabela sonríe de nuevo, aunque ahora hay algo más calculado en el gesto, como si estuviera midiendo hasta dónde puede empujar antes de que la cuerda se rompa—. Qué alivio escucharlo, aunque me pregunto si la señorita Rosales sabe exactamente en qué se está metiendo, o si simplemente está siguiendo órdenes como una buena chica asustada.
Algo en mí se rompe, una mezcla de humillación y rabia que llevo acumulando desde el funeral de mi padre, y antes de poder contenerme, hablo: