El mensaje de Ginebra
Me sirvo un segundo whisky, algo que rara vez hago después de una cena de negocios, y me quedo de pie junto a la ventana de mi despacho, mirando la oscuridad del jardín donde hace unas horas vi a Valentina caminar entre los limoneros.
"Bien dicho", murmuró alguien en la mesa cuando ella respondió a Isabela, y yo pensé exactamente lo mismo, aunque nunca lo habría dicho en voz alta delante de una decena de personas que ya tienen suficientes motivos para especular sobre mis decisiones últimamente.
No debería haberla defendido.
Lo pienso con la misma claridad fría con la que pienso en cualquier decisión de negocios, evaluando pérdidas y ganancias, y la conclusión es evidente: intervenir frente a Isabela Caruso, frente a los representantes de tres familias aliadas, para proteger a la hija de un hombre que le debe tres millones de euros a mi familia, no tiene ningún sentido estratégico. Si acaso, les da a los Caruso una debilidad que explotar, una grieta en mi reputación de hombre que no se involucra emocionalmente en los asuntos de negocios.
Y, sin embargo, cuando Isabela sugirió que Valentina era simplemente "una chica asustada siguiendo órdenes", algo en mí reaccionó antes de que pudiera calcular las consecuencias. Como si la idea de que alguien la viera de esa forma —débil, sumisa, sin voluntad propia— me resultara personalmente ofensiva, y eso es lo que más me inquieta de todo esto: no la reacción en sí, sino la rapidez con la que llegó, sin pasar por el filtro habitual que uso para cada palabra, cada gesto, cada decisión que tomo en público.
Llaman a la puerta. Es Sasa, con la corbata ya aflojada y una expresión cansada que sugiere que él tampoco ha conseguido relajarse después de la cena.
—Isabela se fue hace veinte minutos —dice, cerrando la puerta detrás de él—. Sus hombres la siguieron hasta la autopista. Nada raro, de momento.
—Bien.
—¿Vas a contarme qué fue eso de la cena?
—No pasó nada en la cena.
—Dante, defendiste a la chica delante de media docena de capos y de la hija de Vittorio Caruso. Eso no es "nada".
Tomo un trago de whisky, sin darme la vuelta hacia él todavía.
—Isabela estaba insultando a una invitada en mi propia mesa. Corregí la situación. Es lo que cualquier anfitrión haría.
—Cualquier anfitrión no se pone tenso como una cuerda de violín cada vez que alguien menciona a esa "invitada" en particular.
Me doy la vuelta, listo para responder con algo cortante, pero la expresión de Sasa no es de burla, sino de una preocupación genuina que me detiene antes de decir nada.
—¿Qué? —pregunto, más suave de lo que pretendía.
—Nada. Solo que te conozco desde hace diez años, Dante, y nunca te había visto reaccionar así por nadie. Ni siquiera por...
Se detiene, y ambos sabemos el nombre que estaba a punto de decir y que decidió no pronunciar. No hace falta. Enzo lleva quince años muerto, y en todo ese tiempo no he permitido que nadie, ni una sola persona, se acerque lo suficiente como para importarme de la forma en que él me importó.
—No es lo mismo —digo, aunque la frase suena más defensiva de lo que pretendía.
—Nunca dije que lo fuera.
Sasa se sienta en una de las sillas frente a mi escritorio, y por un momento el silencio entre nosotros se llena solo con el sonido del hielo derritiéndose en mi vaso.
—Tengo que decirte algo —dice al fin, con un tono distinto, más profesional, que reconozco como el que usa cuando el asunto que va a tratar es serio—. Durante la cena, alguien hizo una llamada desde el pasillo cerca de la cocina. Corta, menos de un minuto. Uno de los hombres de seguridad la notó porque la persona colgó de golpe en cuanto lo vio pasar.
—¿Quién?
—No estoy seguro. El hombre no llegó a ver la cara, solo la silueta, y para cuando se acercó ya no había nadie. —Sasa hace una pausa, sopesando sus palabras—. Pero el momento coincide casi exactamente con el instante en que Isabela mencionó lo de la habitación de tu madre. Como si alguien hubiera confirmado la información justo antes de que ella la usara en la mesa.
Siento un frío distinto instalarse en el pecho, uno que no tiene nada que ver con Valentina y todo que ver con la posibilidad de que alguien dentro de mi propia casa esté hablando con los Caruso.
—¿Cuántas personas sabían los detalles de la habitación?
—Renata. Los dos hombres que hicieron la mudanza. Yo. —Sasa hace una pausa incómoda—. Y probablemente cualquiera del servicio que haya visto a la chica instalarse ahí, lo cual, siendo realistas, podría ser casi cualquiera en esta casa.
—Quiero saber quién hizo esa llamada.
—Ya estoy en ello. Revisando los registros telefónicos de todo el personal, aunque si fue un móvil personal, va a ser más difícil de rastrear.
Asiento, aunque la información se queda dando vueltas en mi cabeza durante el resto de la conversación, mezclándose con la imagen de Valentina defendiéndose sola frente a Isabela, con la sensación incómoda de que el círculo de personas en quien puedo confiar completamente se está reduciendo justo cuando más necesito que se mantenga sólido.
Sasa se va poco después, dejándome solo con el resto del whisky y una noche que se anuncia larga. Estoy a punto de sentarme a revisar de nuevo los informes sobre los movimientos de los Caruso en el puerto cuando mi teléfono personal, el que uso solo para un puñado de contactos que nadie más conoce, vibra sobre el escritorio.
Un número desconocido. Un mensaje corto, sin firma:
"La deuda de Rosales no es solo tuya. Pregúntale a la chica qué sabe de Ginebra antes de que sea demasiado tarde."
Leo el mensaje tres veces, sintiendo cómo cada palabra se instala en algún lugar frío de mi estómago. Ginebra. Los viajes que Rosales hacía regularmente, según los informes de Ferretti, viajes que nunca terminamos de entender del todo porque no encajaban con el perfil de un simple restaurador de arte.