El taller olvidado
Llevo cuatro días en el Palazzo Moretti y ya he memorizado cada rincón al que se me permite acceder: el jardín de los limoneros, la biblioteca, el comedor, el pasillo del ala este que separa mi habitación de la de Matteo. El resto de la casa sigue siendo un misterio cerrado, vigilado por hombres discretos que aparecen en los pasillos como si crecieran de las paredes, y que me observan con una educación fría que no invita a ninguna conversación.
Es después del desayuno, en uno de esos momentos en que Renata está ocupada con el personal de cocina y nadie parece prestarme demasiada atención, cuando decido explorar más allá de los límites que se supone que debo respetar.
No busco nada en particular. Solo necesito moverme, hacer algo con las manos, porque llevo días sintiendo que mi cuerpo entero está en pausa, esperando algo que no sé nombrar, y esa sensación de inmovilidad forzada empieza a resultarme casi tan insoportable como el miedo de los primeros días.
Encuentro la puerta casi por accidente, al final de un pasillo secundario que se aleja del ala principal de la casa, medio escondida detrás de una cortina pesada que en su momento debió de separar dos zonas distintas del Palazzo. La puerta no está cerrada con llave, cosa rara en una casa donde todo parece calculado hasta el último detalle, y cuando la abro, el olor me golpea antes que la vista: aceite de linaza, disolvente, ese aroma particular a madera vieja y pigmento seco que reconocería en cualquier parte del mundo.
Es un taller.
Polvoriento, evidentemente abandonado desde hace años, pero un taller de restauración real, con caballetes cubiertos de sábanas, frascos de pigmento alineados en estanterías, pinceles resecos en tarros de cristal, y en el centro, apoyado contra la pared, un cuadro a medio restaurar que alguien dejó de trabajar hace mucho tiempo, con la mitad de la superficie limpia y brillante, y la otra mitad todavía cubierta por el barniz oscurecido de siglos de suciedad.
Me quedo en la puerta un momento, sin atreverme a entrar del todo, como si el espacio perteneciera a alguien y yo estuviera invadiendo un territorio privado. Pero la curiosidad puede más que la prudencia, y termino cruzando el umbral, pasando los dedos por encima de las sábanas que cubren los caballetes, levantando una nube fina de polvo que baila en la luz que entra por una claraboya cubierta de hiedra.
El cuadro a medio restaurar es una escena religiosa, probablemente del siglo diecisiete, con una calidad técnica que sugiere que quien lo pintó no era ningún principiante. La parte ya restaurada muestra los colores originales: azules profundos, dorados que todavía conservan algo de su brillo, y la mano de quien empezó el trabajo era cuidadosa, precisa, casi tan meticulosa como me han enseñado a ser a mí.
—¿Quién trabajaba aquí? —me pregunto en voz alta, y mi propia voz suena extraña en el silencio del taller abandonado.
Paso el resto de la mañana ahí dentro, sin que nadie note mi ausencia, examinando los materiales, comprobando que algunos de los pigmentos, aunque viejos, todavía son utilizables, y por primera vez desde que llegué al Palazzo, siento algo parecido a la calma. No es que haya olvidado dónde estoy, ni por qué estoy aquí, pero hay algo profundamente reconfortante en el gesto de tocar un pincel, de evaluar el daño de una pintura, de pensar en términos de capas de barniz y técnicas de limpieza en lugar de deudas y amenazas.
Vuelvo al día siguiente. Y al siguiente.
Nadie parece darse cuenta, o si se dan cuenta, nadie dice nada, y poco a poco empiezo a robar pequeños momentos en ese taller escondido, entre el almuerzo y la cena, cuando la vigilancia parece relajarse un poco y el resto de la casa está sumida en ese silencio espeso de las tardes napolitanas.
Es la cuarta noche cuando decido volver después de la cena, cuando todos ya se han retirado a sus habitaciones y el Palazzo entero parece dormido, salvo por el murmullo lejano de los hombres de seguridad en el jardín. Llevo una linterna pequeña que encontré en un cajón de mi habitación, y me deslizo por los pasillos con el sigilo torpe de alguien que nunca ha tenido que esconderse de nadie hasta hace una semana.
El taller sigue tal como lo dejé, silencioso, envuelto en sombras que la luz de la linterna solo consigue disipar parcialmente. Me acerco al cuadro a medio restaurar, decidida a empezar a trabajar en la parte que todavía no ha sido limpiada, aunque sé que probablemente debería pedir permiso antes de tocar algo que no me pertenece.
No pido permiso. Hay algo en la clandestinidad del gesto que resulta casi liberador, como si al menos en este pequeño espacio pudiera recuperar algo de control sobre mi propia vida.
Estoy mezclando disolvente con el cuidado que me enseñaron años atrás cuando una voz me sobresalta desde la puerta.
—No sabía que alguien todavía sabía que este lugar existía.
Se me cae el pincel de las manos. Me doy la vuelta tan rápido que casi tropiezo con el caballete, y encuentro a Dante Moretti apoyado contra el marco de la puerta, con la chaqueta del traje ya fuera, la camisa desabrochada en el cuello, observándome con una expresión que no consigo descifrar del todo en la penumbra.
—Lo siento —digo de inmediato, dando un paso atrás, como si me hubieran atrapado robando—. Encontré la puerta abierta, no pensé que hubiera ningún problema en...
—No hay ningún problema. —Su voz es más suave de lo habitual, sin ese filo calculado que suele llevar cada palabra que dice—. Solo me sorprende que la hayas encontrado. Nadie viene aquí desde hace años.
Entra en el taller, despacio, mirando a su alrededor con una expresión que no había visto antes en su rostro: algo parecido a la nostalgia, mezclado con una tristeza contenida que se esfuerza por controlar.