Bajo el mismo barniz
No sé exactamente en qué momento decidí quitarme la chaqueta y acercarme al caballete de mi madre. Si le preguntara a Sasa, probablemente me diría que dejé de pensar con claridad en el instante en que vi a Valentina Rosales de pie frente a ese cuadro, con la linterna iluminándole el rostro desde abajo y una expresión de concentración tan pura que por un momento me olvidé de todas las razones por las que debería mantener distancia con ella.
—Primero hay que limpiar bien el pincel —dice ahora, guiando mi mano con la suya sobre el mango de madera desgastada, con una paciencia que no esperaba de alguien que hace apenas unos días me miraba como si fuera el monstruo que le describí ser en su propia puerta—. El disolvente reacciona distinto según la antigüedad del barniz. Este parece tener al menos ciento cincuenta años, así que hay que ir despacio, capa por capa.
Sus dedos son cálidos contra los míos, más pequeños, con pequeñas manchas de pigmento seco en las yemas que no había notado antes con tanto detalle. Sigo sus instrucciones, aplicando el disolvente con un cuidado que normalmente reservo para tareas mucho más peligrosas que restaurar un cuadro, y la extraña satisfacción que siento al ver cómo una pequeña porción de suciedad empieza a ceder, revelando un fragmento diminuto de color debajo, me sorprende más de lo que estoy dispuesto a admitir.
—Ahí está —dice ella, con una sonrisa breve, la primera sonrisa genuina que le he visto desde que entró en mi vida—. ¿Ves? Debajo de todo ese barniz oscuro, el azul sigue ahí. Solo hacía falta encontrarlo.
Hay algo en la forma en que lo dice, en la metáfora involuntaria que flota entre nosotros sin que ninguno de los dos la mencione en voz alta, que me hace apartar la mirada del cuadro y posarla en ella durante más tiempo del que debería.
—¿Siempre quisiste hacer esto? —pregunto, más para llenar el silencio que por verdadera curiosidad, aunque en cuanto lo digo me doy cuenta de que sí quiero saberlo.
—Desde niña. —Se sienta en un taburete cubierto de polvo, sin importarle que probablemente esté arruinando el vestido sencillo que lleva puesto—. Mi padre me llevaba a su taller los fines de semana, me dejaba jugar con retazos de tela vieja mientras él trabajaba en piezas de verdad. Me enseñó que cada cuadro tiene una historia debajo de la que se ve a simple vista, y que el trabajo del restaurador es respetar esa historia, no imponerle una nueva.
Menciona a su padre con una naturalidad que me sorprende, considerando todo lo que ha descubierto sobre él en los últimos días, y algo en su expresión, una sombra breve que cruza sus ojos, sugiere que la mención no está exenta de dolor.
—¿Lo extrañas? —pregunto, aunque la pregunta se siente extraña saliendo de mi boca, poco acostumbrada a este tipo de conversaciones.
—Todos los días. —Su voz se quiebra apenas, lo suficiente para que note el esfuerzo que le cuesta mantener la compostura—. Y al mismo tiempo, estoy furiosa con él. Por lo que nos ocultó. Por dejarnos con una deuda que ni siquiera sabíamos que existía. Es una combinación extraña, extrañar a alguien y estar furiosa con esa misma persona al mismo tiempo.
No respondo de inmediato. Me quedo con el pincel todavía en la mano, mirando el fragmento de azul que empezamos a descubrir juntos, y algo en su confesión resuena en un lugar de mí que llevo quince años manteniendo completamente cerrado.
—Sé de qué hablas —digo al fin, con una voz que suena más baja de lo habitual.
Valentina levanta la vista, sorprendida por la admisión, y espera, sin presionar, con esa misma paciencia con la que me enseñó a sostener el pincel hace unos minutos.
—Tuve un hermano —continúo, y las palabras salen más despacio de lo que estoy acostumbrado, como si tuviera que forzar cada una a través de una barrera que llevo años construyendo—. Enzo. Dos años menor que yo. Murió cuando yo tenía catorce años.
—Lo siento mucho.
—Fue hace quince años. —Dejo el pincel sobre la mesa, con más cuidado del necesario, solo para tener algo que hacer con las manos—. Y sigo furioso, todavía, con la gente que lo mató. Y también, si soy honesto, furioso con él, por haber estado en el lugar equivocado esa noche, aunque sé que eso no tiene ningún sentido lógico.
—No tiene por qué tener sentido lógico. El dolor rara vez lo tiene.
Nos quedamos en silencio un momento, un silencio distinto a los que hemos compartido hasta ahora, no cargado de tensión o amenaza, sino de algo mucho más peligroso para mí: una comprensión mutua que no había sentido con nadie desde hace más tiempo del que puedo recordar con claridad.
—¿Por eso la deuda de mi padre te importa tanto? —pregunta, con cuidado, como si supiera que está tocando un territorio frágil—. ¿Tiene algo que ver con tu hermano?
Debería mentir. Es lo que haría cualquier hombre en mi posición, lo que me enseñaron a hacer desde que tengo memoria: nunca revelar más de lo estrictamente necesario, mantener siempre una ventaja informativa sobre cualquier persona que pudiera, algún día, usar esa información en mi contra.
Pero mirándola ahí, sentada en ese taburete con las manos manchadas de disolvente, con esa expresión abierta y sincera que contrasta tan violentamente con todo lo demás en mi vida, no consigo mentirle.
—Sí —digo, sin dar más detalles, aunque la palabra sola ya es más de lo que le he confesado a nadie fuera de Sasa y Renata en quince años—. Pero no estoy listo para hablar de los detalles todavía.
—Está bien. —Y lo dice de verdad, sin presionar, sin la curiosidad ávida que esperaría de alguien en su situación—. No tienes que contarme todo de una vez.
Algo en esa aceptación tranquila, en la ausencia total de exigencia, me desarma de una forma que ningún interrogatorio ni ninguna amenaza podría haber conseguido.