La deuda

CAPÍTULO 11

La carta sin firmar

No puedo dormir. Llevo horas mirando el techo de esta habitación que perteneció a la madre de Dante, con la sensación del roce de sus dedos todavía instalada en mi piel de una forma que no sé cómo procesar, mezclada con la imagen de su rostro cuando habló de su hermano, esa vulnerabilidad que se abrió un instante antes de que él mismo la cerrara de nuevo.

Enzo. Un nombre que nunca antes había escuchado, y que sin embargo ahora se repite en mi cabeza con una insistencia que no me deja descansar.

Me levanto poco antes del amanecer, incapaz de seguir fingiendo que el sueño va a llegar, y decido que necesito hacer algo con esta inquietud que lleva días acumulándose dentro de mí. Desde que llegué al Palazzo, he estado aceptando pasivamente cada pieza de información que me han dado —la deuda, las condiciones, las reglas de la casa—, sin cuestionar demasiado, sin investigar por mi cuenta, como si mi papel en toda esta historia fuera simplemente el de esperar a que otros decidieran mi destino.

Ya no quiero ser esa persona.

Mi padre guardaba una caja de documentos en el desván de nuestra casa, cosas que nunca terminé de revisar después de su muerte porque el dolor de los primeros días no me dejó margen para nada más que sobrevivir el funeral y las primeras noches sin él. Cuando nos mudamos al Palazzo, pedí que trajeran algunas de nuestras pertenencias personales, y entre ellas, sin pensarlo demasiado en su momento, incluí esa misma caja.

La encuentro en el fondo del armario de mi habitación, todavía cerrada con la cinta adhesiva que puse yo misma hace una semana, y por un momento dudo si debería abrirla. Hay algo en la idea de descubrir más secretos de mi padre que me aterra tanto como me atrae, como si cada nueva revelación fuera otra grieta en la imagen que tenía de él, otra pieza que no encaja con el hombre que me enseñó a mezclar pigmentos los fines de semana.

Pero necesito respuestas. Y si Dante no está listo para dármelas, tal vez mi padre, sin saberlo, dejó algunas escondidas entre sus papeles.

Rompo la cinta y empiezo a revisar el contenido: recibos antiguos, cartas de proveedores de material de restauración, fotografías familiares que no había visto en años —mi madre, que murió cuando yo tenía ocho años, sonriendo en una playa que no reconozco; Matteo de bebé, en brazos de mi padre, mucho más joven y sin las arrugas de preocupación que le vi en sus últimos años.

Y entonces, casi al fondo de la caja, encuentro un sobre distinto a los demás. Más viejo, con el papel amarillento por el tiempo, sin remitente ni destinatario visible en el exterior, sellado con una cinta que alguien, en algún momento, rompió y volvió a pegar de forma descuidada, como si hubiera sido abierto y cerrado varias veces a lo largo de los años.

Dentro hay una sola hoja, escrita a mano con una caligrafía que no reconozco, en italiano, fechada quince años atrás.

Giovanni:

“Sé que esto no va a hacer que te sientas mejor, pero necesitaba escribirlo de todos modos. Lo que le pasó al chico no fue tu intención, lo sé. Pero eso no cambia lo que pasó, ni lo que va a pasar ahora. Los Moretti no van a olvidar esto, y tampoco deberían. Un chico de doce años está muerto por información que tú les diste a los hombres equivocados, y no hay cantidad de dinero en el mundo que pueda pagar eso.

Vas a tener que vivir con esto el resto de tu vida. Yo también.

R”.

Leo la carta tres veces, sintiendo que el suelo se abre bajo mis pies con cada lectura, y las piezas empiezan a encajar de una forma que no quiero que encajen: un chico de doce años, muerto por información que mi padre entregó a "los hombres equivocados". Dante mencionó anoche que su hermano Enzo murió cuando él tenía catorce años, lo cual significaría que Enzo tenía... Doce.

Se me cae la carta de las manos, y me quedo sentada en el suelo de mi habitación, con el corazón latiendo tan fuerte que puedo escucharlo en mis oídos, intentando procesar lo que acabo de descubrir. Mi padre no solo le debía dinero a la familia Moretti. Mi padre tuvo algo que ver, de alguna forma que todavía no entiendo del todo, con la muerte del hermano menor de Dante.

Y Dante no me lo dijo anoche. Me habló de Enzo, de su dolor, de su furia, pero nunca mencionó que mi propio padre pudiera estar conectado con esa muerte de una forma tan directa.

¿Lo sabe? ¿Sabe que mi padre está mencionado en esta carta, o esto es información que ni siquiera él tiene todavía?

Vuelvo a leer la firma. "R." Podría ser cualquiera. Un nombre, una inicial, alguien que conocía a mi padre lo suficiente como para escribirle sobre algo tan grave con esa mezcla de reproche y complicidad que sugiere que quien escribió esta carta también estuvo involucrado, de alguna manera, en lo que sea que pasó esa noche.

Renata. El nombre me viene a la cabeza casi de inmediato, aunque no tengo ninguna prueba real de que sea ella. Pero la inicial coincide, y hay algo en la forma en que Renata me ha estado observando desde que llegué, esa mezcla de cautela y algo parecido a la culpa que a veces cruza su expresión cuando cree que no la estoy mirando, que hace que la sospecha se instale con fuerza en mi pecho.

Guardo la carta de nuevo en el sobre, con las manos temblando, y la escondo entre las páginas de un libro en mi mesita de noche, sin saber todavía qué voy a hacer con esta información, ni a quién puedo confiársela sin poner en riesgo a Matteo o a mí misma.

Porque si mi padre tuvo algo que ver con la muerte de Enzo Moretti, entonces la deuda que estoy pagando en este Palazzo no es solo dinero.

Es sangre.

Y si Dante llega a descubrir la profundidad de lo que hizo mi padre antes de que yo encuentre la forma de explicárselo con mis propias palabras, no sé si el hombre que me rozó los dedos anoche con tanta delicadeza va a seguir siendo capaz de mirarme sin ver, en mi rostro, el reflejo del hombre que ayudó a matar a su hermano.




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