Antes de las cuarenta y ocho horas
Llevo toda la mañana dándole vueltas al mensaje que recibí anoche, esa mención críptica sobre Ginebra que no consigo sacarme de la cabeza, y cuando Valentina entra en mi despacho, puntual, con una expresión cuidadosamente neutra que reconozco de inmediato porque es la misma que yo uso cuando quiero ocultar algo, decido ir directo al grano.
—Siéntate, por favor.
Se sienta frente a mi escritorio, con las manos cruzadas sobre el regazo, y espera, sin decir nada, con esa paciencia tensa de alguien que sabe que la conversación que viene no va a ser cómoda.
—Necesito preguntarte algo sobre tu padre —digo—. Sobre sus viajes a Ginebra.
Algo cambia en su rostro, apenas perceptible, pero lo suficiente para que note la tensión repentina en sus hombros.
—¿Qué viajes?
—Vamos, Valentina. Sé que tu padre viajaba a Ginebra con regularidad, varias veces al año, durante al menos los últimos diez. No encaja con el perfil de un restaurador de arte independiente que apenas ganaba lo suficiente para mantener a dos hijos.
—No sé nada de eso.
Lo dice demasiado rápido, con una firmeza que no termina de sonar convincente, y aunque una parte de mí quiere creerle, quince años de este oficio me han enseñado a reconocer cuándo alguien está ocultando algo, incluso cuando esa persona ha empezado a importarme más de lo que debería.
—Anoche recibí un mensaje —digo, decidiendo que la honestidad directa podría funcionar mejor que seguir presionando en círculos—. De alguien que sugiere que sabes más de lo que estás dispuesta a admitir sobre esos viajes.
—¿Quién te mandó ese mensaje?
—No lo sé. Número desconocido, sin firma. Pero mencionaba tu nombre específicamente, y mencionaba Ginebra.
Valentina se queda callada un momento, con la mirada perdida en algún punto del escritorio, y algo en su silencio, en la forma en que aprieta las manos sobre el regazo, me dice que hay algo ahí, alguna pieza que todavía no ha decidido compartir conmigo.
—No sé nada sobre negocios en Ginebra —dice al fin, con una voz que suena honesta incluso si sospecho que no está siendo del todo transparente—. Pero he estado pensando en otras cosas. Sobre mi padre. Sobre lo que pudo haber hecho antes de que yo naciera, o cuando yo era muy pequeña.
—¿Qué clase de cosas?
Antes de que pueda responder, la puerta de mi despacho se abre sin previo aviso, y Sasa entra con una urgencia que reconozco de inmediato, la clase de urgencia que siempre trae malas noticias.
—Perdón la interrupción —dice, aunque su expresión deja claro que no está realmente arrepentido, solo apurado—. Necesito hablar contigo. Ahora.
Miro a Valentina, que se ha puesto de pie, incómoda con la interrupción, y siento la frustración de una conversación cortada justo en el momento en que empezaba a acercarme a algo importante.
—Espérame en la biblioteca —le digo—. Terminaremos esto en cuanto pueda.
Ella asiente, sin decir nada más, y sale del despacho con una expresión que no consigo leer del todo, mezcla de alivio por escapar del interrogatorio y algo parecido a la preocupación.
En cuanto la puerta se cierra, me giro hacia Sasa.
—¿Qué pasó?
—Uno de nuestros cargamentos en el puerto. Interceptado hace dos horas. Cuatro hombres heridos, uno de gravedad, y perdimos toda la mercancía.
—¿Los Caruso?
—No hay duda. Dejaron una tarjeta con el emblema de la familia junto a los contenedores, como si quisieran asegurarse de que supiéramos exactamente quién fue.
Siento la rabia instalarse en el pecho con una familiaridad que casi resulta reconfortante después de la incertidumbre de la conversación con Valentina. Esto, al menos, sé cómo manejarlo.
—Reúne a los hombres. Salgo en veinte minutos.
—¿Vas a ir tú mismo?
—Un ataque directo contra un cargamento merece una respuesta directa. Si mando a otro, parece debilidad.
Sasa asiente, aunque hay algo en su expresión, una vacilación breve, que me hace detenerme.
—¿Qué?
—Con todo lo que está pasando —dice, eligiendo las palabras con cuidado—, con el mensaje de anoche, con Isabela husmeando en la cena, con ahora esto... ¿estás seguro de que es buena idea dejar el Palazzo justo ahora?
La pregunta se queda flotando entre nosotros, y entiendo exactamente a qué se refiere, aunque no lo diga directamente: si los Caruso están dispuestos a atacar un cargamento en pleno día, ¿qué les impediría intentar algo más cerca de casa mientras yo estoy fuera resolviendo esto?
—Refuerza la seguridad del Palazzo al doble mientras estoy fuera —digo—. Nadie entra ni sale sin autorización directa mía.
—Entendido.
Sasa se va a organizar a los hombres, y yo me quedo un momento más en el despacho, recogiendo lo necesario para el enfrentamiento que se avecina, con la mente todavía dividida entre la urgencia del ataque y la conversación interrumpida con Valentina, esa sombra de secreto que vi cruzar su expresión cuando mencioné Ginebra.
Antes de salir, paso por la biblioteca. La encuentro sentada junto a la ventana, con un libro abierto sobre el regazo que claramente no está leyendo, con la mirada perdida en el jardín.
—Tengo que salir —digo, y ella se pone de pie de inmediato, alarmada por el tono de mi voz—. Un asunto urgente. Volveré esta noche, o mañana como muy tarde.
—¿Qué pasó?
—No es algo de lo que puedas ocuparte tú. —No pretendo que suene tan cortante como sale, pero la urgencia de la situación no me deja espacio para suavizar las palabras—. Necesito que te quedes aquí. En el Palazzo. No salgas por ningún motivo, ¿entendido? Ni al jardín, ni a ningún lado. Sasa va a reforzar la seguridad, pero necesito saber que estás dentro, segura, mientras resuelvo esto.
Algo en su expresión cambia, una mezcla de preocupación genuina y algo más que no consigo identificar del todo, tal vez el reconocimiento de que, por primera vez desde que llegó a esta casa, le estoy pidiendo algo por su propia seguridad y no por los términos de una deuda.