La deuda

CAPÍTULO 13

La calle vacía

Dante lleva fuera casi seis horas cuando descubro que Matteo no está en su habitación.

Al principio no me preocupo demasiado. Es casi la hora de la cena, y pienso que tal vez está en la biblioteca, o explorando alguna otra parte de la casa que no le esté prohibida, como ha empezado a hacer desde que llegamos, buscando formas de llenar el tiempo en un lugar donde no conoce a nadie de su edad y donde cada actividad normal de un adolescente —salir con amigos, ir al cine, simplemente caminar por la ciudad— se ha vuelto imposible.

Pero cuando recorro toda la casa sin encontrarlo, y cuando ninguno de los hombres de seguridad en el jardín lo ha visto pasar en la última hora, el miedo empieza a instalarse en mi pecho con una velocidad que no consigo controlar.

Encuentro la nota en su habitación, escondida bajo la almohada, como si esperara que yo la encontrara solo si él no volvía a tiempo:

“Val, necesitaba salir un rato. No aguanto más estar encerrado aquí como si fuera un prisionero. Fui a ver a Luca, mi amigo del instituto viejo, solo un par de horas. Vuelvo antes de la cena, lo prometo. No le digas a nadie, por favor.”

Miro el reloj. Ya es casi la hora de la cena, y no hay ni rastro de Matteo.

El pánico que sentí en el cementerio, cuando Dante mencionó por primera vez la posibilidad de un "accidente" camino al club de ajedrez, vuelve con una fuerza que casi me paraliza. Matteo no tiene idea de en qué mundo estamos metidos realmente. No sabe sobre los Caruso, no sabe sobre el ataque al cargamento que obligó a Dante a salir corriendo esta mañana, no sabe que salir solo a la ciudad en este momento exacto podría ser la decisión más peligrosa que ha tomado en toda su vida.

Y es mi culpa. Debería haberle contado más, debería haber sido más clara sobre el peligro real en el que estamos, en lugar de intentar protegerlo de la verdad con medias mentiras que ahora podrían costarle la vida.

Prometí quedarme en el Palazzo. Le di mi palabra a Dante, y aunque llevo apenas unas horas conociendo lo suficiente de este mundo como para entender el peso que una promesa como esa debería tener, no puedo quedarme aquí sentada sabiendo que mi hermano está solo en algún lugar de la ciudad mientras una guerra silenciosa se libra a nuestro alrededor.

Busco a Sasa, la única persona en esta casa a quien podría pedirle ayuda de forma legítima, pero uno de los hombres de seguridad me informa que salió con Dante esta mañana y todavía no ha vuelto. Renata está supervisando la cena en la cocina, y cuando le explico la situación, con la voz temblando más de lo que quisiera, su respuesta es firme y sin lugar a discusión:

—Nadie sale del Palazzo sin autorización de Don Moretti. Esas son las reglas, señorita Rosales, y no puedo hacer excepciones.

—Mi hermano está solo en la ciudad. Podría estar en peligro.

—Voy a mandar a alguien a buscarlo. Usted se queda aquí.

Pero cuando Renata se aleja para organizar la búsqueda, algo en mí, esa misma parte que le respondió a Isabela Caruso en la cena hace unos días, decide que no puedo simplemente quedarme sentada esperando mientras otras personas deciden el destino de mi hermano. He pasado toda mi vida siendo la que protege, la que se hace cargo, y no voy a dejar de serlo ahora, aunque signifique romper la única promesa seria que le he hecho a Dante Moretti.

Encuentro una salida lateral, cerca de la cocina, que uso una tarde para ir al jardín sin cruzarme con la seguridad principal, y con el corazón latiéndome tan fuerte que apenas puedo pensar con claridad, salgo del Palazzo por primera vez desde que llegué.

La dirección que Matteo mencionó en su nota, la casa de su amigo Luca, está a unos veinte minutos caminando, en una zona del Vomero que reconozco vagamente de mi vida anterior a todo esto. Camino rápido, con la cabeza baja, intentando parecer una mujer cualquiera haciendo un recado nocturno y no la "invitada" de una de las familias más poderosas de Nápoles.

No llego muy lejos.

Estoy cruzando una calle poco iluminada, a unas diez cuadras del Palazzo, cuando un coche se detiene bruscamente junto a mí, y antes de que pueda reaccionar, dos hombres bajan y me rodean con una eficiencia que deja claro que no es la primera vez que hacen esto.

— señorita Rosales. —Uno de ellos, más joven, con una sonrisa que no llega a los ojos, se acerca demasiado—. Qué sorpresa encontrarla caminando sola por aquí. Pensábamos que Dante la tenía mejor vigilada.

—No sé de qué habla —digo, intentando mantener la voz firme, aunque el miedo me atenaza la garganta—. Aléjense de mí.

—La señorita Caruso quiere hablar con usted —dice el otro, más mayor, con una calma que resulta todavía más aterradora que cualquier amenaza gritada—. Nada personal. Solo una conversación.

—No tengo nada que hablar con Isabela Caruso.

—Eso no es exactamente una decisión que le corresponda a usted en este momento.

El más joven avanza un paso, con la intención evidente de sujetarme del brazo, y yo retrocedo instintivamente, buscando con la mirada alguna vía de escape, alguna calle lateral, cualquier cosa que me permita huir antes de que me metan en ese coche. Pero la calle está vacía, silenciosa, con las persianas de los edificios cerradas y ninguna señal de ayuda a la vista.

—Piense en su hermano —dice el hombre mayor, con una sonrisa que confirma mis peores sospechas—. Estaría muy triste si algo le pasara a su hermana mientras él está tan cómodamente distraído en casa de su amigo Luca, ¿no cree?

El terror que siento al escuchar el nombre de Luca en su boca, la confirmación de que saben exactamente dónde está mi hermano en este momento, me paraliza durante un segundo crucial, el tiempo suficiente para que el hombre más joven consiga sujetarme del brazo con una fuerza que deja claro que no va a soltarme sin luchar.




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