Terror real
El puerto todavía huele a pólvora cuando Sasa contesta su teléfono, y en cuanto veo cómo cambia su expresión, sé que algo ha ido terriblemente mal.
—¿Qué? —pregunto, dejando de lado por un momento la inspección de los daños al segundo cargamento, el que conseguimos salvar después de que llegáramos a tiempo para evitar que los hombres de Caruso terminaran lo que habían empezado.
—Es Renata. —Sasa aparta el teléfono de su oreja, con una expresión que no le había visto en años—. Valentina no está en el Palazzo.
El mundo se detiene un segundo.
—¿Qué quieres decir con que no está?
—Salió. Por su cuenta. Fue a buscar a su hermano, que también se había ido sin permiso, y ninguno de los dos ha vuelto.
Siento algo que no reconozco de inmediato, una mezcla de rabia y terror que se instala en el pecho con una violencia que hace tiempo no experimentaba, ni siquiera durante los momentos más tensos de mi carrera en este negocio.
—¿Cuánto tiempo lleva fuera?
—Casi una hora.
Una hora. Una hora en una ciudad donde los Caruso acaban de demostrar, con un ataque directo a uno de mis cargamentos, que están dispuestos a escalar el conflicto tanto como haga falta.
—Localiza su teléfono —digo, ya caminando hacia el coche, con Sasa siguiéndome de cerca.
—Ya lo intentamos. Está apagado, o el rastreador fue desactivado.
Eso significa que alguien lo desactivó deliberadamente, y esa certeza me golpea con una claridad helada que no deja espacio para ninguna otra interpretación: esto no es una adolescente escapándose y su hermana yendo detrás de ella por accidente. Esto es exactamente lo que Vittorio Caruso insinuó en aquella llamada, la advertencia sobre "cuidar lo que decides quedarte".
Subo al coche, con Sasa al volante, y durante el trayecto de vuelta al Vomero mi mente trabaja con una velocidad fría, calculando posibilidades, escenarios, todas las formas en que esto podría terminar mal.
—Necesito que llames a todos los hombres disponibles —digo, con una voz que apenas reconozco como mía, tan tensa está de contención—. Que empiecen a cubrir la zona cerca del Palazzo, calle por calle si hace falta.
—Ya está en marcha.
—Y llama a Renata otra vez. Necesito saber exactamente por dónde salió, hacia dónde iba.
Sasa hace las llamadas mientras conduce, con una eficiencia que agradezco en silencio porque no confío en mi propia capacidad de mantener la calma en este momento. Cada minuto que pasa sin noticias de Valentina se siente como una eternidad, y con cada minuto, la imagen de lo que los Caruso podrían estar haciéndole se vuelve más vívida, más insoportable.
—Dante. —La voz de Sasa me saca de mis pensamientos—. Uno de nuestros hombres cree haber visto un coche sospechoso en Via Petrarca, hace unos veinte minutos. Coincide con la descripción de un vehículo que hemos rastreado antes cerca de propiedades de los Caruso.
—¿Dirección?
—Hacia el puerto viejo. Una zona de almacenes que los Caruso usan de vez en cuando para reuniones que prefieren mantener fuera del radar.
—Vamos.
El trayecto hasta el puerto viejo se siente interminable, cada semáforo en rojo una tortura, cada minuto perdido una posibilidad más de que lleguemos demasiado tarde. Durante el camino, mi mente insiste en volver a la conversación de esta mañana, a la promesa que le arranqué antes de salir, a la expresión preocupada en su rostro cuando le pedí que se quedara. No debería haberla dejado sola. No debería haber confiado en que las reglas de la casa serían suficiente para mantenerla a salvo, considerando lo poco que le importaban las reglas cuando se trataba de proteger a su hermano.
Debería haberlo entendido mejor. La conozco lo suficiente ya, después de estas pocas semanas, para saber que Valentina Rosales no es alguien que se quede quieta esperando cuando la persona que ama está en peligro.
Amor. La palabra aparece en mi cabeza sin que la haya buscado, y por un momento, en medio de la urgencia y el miedo, me permito reconocer, aunque sea solo para mí mismo, que esa es exactamente la palabra que describe lo que Valentina siente por su hermano, y también, si soy completamente honesto conmigo mismo por primera vez en mucho tiempo, algo parecido a lo que yo he empezado a sentir por ella.
No es momento para esa clase de reconocimientos. Aparto el pensamiento con la misma disciplina que uso para todo lo demás, y me concentro en lo único que importa ahora: llegar a tiempo.
Los almacenes del puerto viejo aparecen ante nosotros, oscuros y silenciosos salvo por un único edificio con luces encendidas, y cuando Sasa detiene el coche a una distancia prudente, veo movimiento cerca de la entrada: dos hombres de los Caruso, y entre ellos, una figura que reconocería en cualquier parte, incluso en la penumbra.
Valentina.
Está de pie, con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, en una postura que reconozco de inmediato como pura determinación disfrazada de calma, hablando con alguien que hasta ahora no había visto: Isabela Caruso, de pie frente a ella, con esa sonrisa afilada que le vi en la cena hace unos días, ahora acompañada de un tono corporal mucho más agresivo.
—Quédate aquí hasta que dé la señal —le digo a Sasa, ya bajando del coche, sin esperar su respuesta.
Me muevo entre las sombras, acercándome lo suficiente para escuchar fragmentos de la conversación, y lo que oigo hace que la sangre se me hiele en las venas.
—Tu padre nos traicionó, ¿sabes? —está diciendo Isabela, con una voz cargada de un veneno que no le había escuchado antes—. Vendió información a los Moretti que nos costó a nosotros también, no solo a ellos. Así que perdona si no siento demasiada compasión por la hija que ahora vive cómodamente en su Palazzo, jugando a ser la niña asustada mientras el resto de nosotros paga las consecuencias de lo que hizo Giovanni.