La deuda

CAPÍTULO 15

El roce que no fue

Todo pasa demasiado rápido para procesarlo con claridad: la voz de Isabela exigiéndome respuestas que no tengo, el brazo del hombre que me sujeta apretándose con más fuerza cuando intento retroceder, y de pronto, sin previo aviso, un movimiento entre las sombras que hace que todos a mi alrededor se tensen al mismo tiempo.

Dante aparece de la oscuridad con una velocidad que no había visto antes en él, y en cuestión de segundos el hombre que me sujeta está en el suelo, desarmado, mientras otros hombres que no había notado —los suyos, entiendo después, apostados en las sombras esperando su señal— rodean rápidamente a los hombres de Isabela.

—Dante. —La voz de Isabela pierde toda su seguridad anterior, aunque intenta recuperar la compostura casi de inmediato—. Qué sorpresa. No esperaba que vinieras personalmente por tu... invitada.

—Isabela. —Su voz tiene un filo que no le había escuchado nunca, ni siquiera en la cena—. Tienes exactamente diez segundos para explicarme por qué tus hombres tienen a Valentina Rosales retenida contra su voluntad, antes de que esto se convierta en algo que ninguno de los dos quiere que se convierta.

—No estaba retenida. Solo conversábamos.

—Se veía muy conversadora con un hombre sujetándole el brazo con esa fuerza.

Isabela mira a su alrededor, evaluando la situación, el número de hombres de Dante frente a los suyos, claramente en desventaja, y algo en su expresión cambia, calculando cómo salir de esto sin perder demasiado terreno.

—Esto se sale de los términos de nuestro acuerdo territorial —continúa Dante, con una calma que resulta mucho más aterradora que cualquier grito—. Y tu padre lo sabe. Vas a decirle que la próxima vez que alguien de tu familia se acerque a Valentina Rosales, voy a considerarlo una declaración de guerra abierta, no un simple malentendido.

Isabela aprieta la mandíbula, y por un momento parece que va a decir algo más, pero en su lugar simplemente hace un gesto a sus hombres, y todos retroceden hacia su coche sin más palabras, dejando el aire cargado de una tensión que no se disuelve del todo ni siquiera cuando se van.

En cuanto se marchan, Dante se vuelve hacia mí, y la máscara de control absoluto que mantuvo frente a Isabela se resquebraja de inmediato, reemplazada por una expresión de alivio tan crudo que me toma por sorpresa.

—¿Estás herida? —pregunta, acercándose, con las manos ya extendidas hacia mí, aunque se detiene justo antes de tocarme, como si de pronto no supiera si tiene permiso para hacerlo.

—Estoy bien. —Aunque en cuanto lo digo, siento el dolor punzante en el brazo donde el hombre me sujetó con tanta fuerza, y debo hacer una mueca porque Dante lo nota de inmediato.

—No estás bien.

—Es solo el brazo. Nada grave.

—Vamos a revisarlo de todos modos.

No discuto. La adrenalina que me mantuvo firme durante el enfrentamiento con Isabela empieza a disolverse, dejando paso a un temblor que no puedo controlar del todo, y cuando Dante me guía hacia el coche, con una mano en mi espalda que no llega a tocarme del todo pero que siento como una presencia constante y protectora, me doy cuenta de que estoy más agotada de lo que había registrado.

—¿Y Matteo? —pregunto, con el pánico volviendo de golpe—. Todavía está en casa de su amigo, no sabe nada de esto...

—Sasa ya mandó a alguien a buscarlo. Está a salvo, camino de vuelta al Palazzo en este momento.

El alivio que siento al escuchar eso es tan intenso que las piernas casi me fallan, y Dante, notándolo, me sujeta con más firmeza, guiándome hasta el asiento trasero del coche con un cuidado que contradice completamente la ferocidad con la que hace apenas unos minutos enfrentó a Isabela Caruso.

De vuelta en el Palazzo, en lugar de llevarme directamente a mi habitación, Dante me guía hasta una pequeña sala cerca de su despacho, con un botiquín ya preparado sobre una mesa, como si hubiera anticipado que esta noche terminaría necesitándolo.

—Siéntate —dice, señalando una silla, y cuando obedezco, se arrodilla frente a mí, examinando el brazo donde empiezan a formarse marcas oscuras allí donde los dedos del hombre se clavaron con fuerza.

—Puedo hacerlo yo misma —digo, aunque la protesta suena débil incluso a mis propios oídos.

—Déjame hacerlo.

Hay algo en su voz, una necesidad que no intenta ocultar, que me hace quedarme quieta mientras limpia con cuidado las marcas en mi piel, con una delicadeza que contrasta violentamente con la imagen que tenía de él la primera vez que lo vi en el cementerio.

—Lo siento —dice, sin levantar la vista del trabajo que está haciendo—. No debería haberte dejado sola esta tarde.

—No es tu culpa. Fui yo quien rompió mi promesa.

—Debería haberte explicado mejor el peligro real. Pensé que protegerte de los detalles era la mejor forma de mantenerte a salvo, pero solo conseguí que salieras sin saber contra qué te estabas enfrentando.

Sus dedos, mientras aplica una pomada sobre las marcas de mi brazo, son sorprendentemente suaves, cuidadosos, y el contraste entre la violencia que presencié hace apenas media hora y esta ternura inesperada hace que algo en mi pecho se apriete de una forma que no sé cómo nombrar.

—¿Por qué viniste tú mismo? —pregunto, en voz baja—. Podrías haber mandado a Sasa, o a cualquiera de tus hombres.

Dante se detiene, con las manos todavía sobre mi brazo, y cuando levanta la vista para mirarme, hay algo en su expresión que no había visto antes, una vulnerabilidad completa, sin ninguna de las máscaras que suele llevar.

—Porque cuando Sasa me dijo que no estabas en el Palazzo, sentí algo que no había sentido en quince años —dice, con la voz más baja de lo habitual—. Y no fue solo preocupación por la deuda, ni por las consecuencias políticas de que algo te pasara mientras estabas bajo mi protección.




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