Silencios que pesan
Salgo de esa sala con el corazón latiéndome tan fuerte que puedo sentirlo en las sienes, y camino por los pasillos del Palazzo sin rumbo fijo, intentando poner distancia física entre Valentina y yo como si eso pudiera deshacer lo que casi acaba de pasar.
Casi la beso.
La frase se repite en mi cabeza con una insistencia que no consigo silenciar, mezclada con la sensación todavía presente de su respiración cerca de la mía, del calor de su piel bajo mis manos mientras curaba las marcas que los hombres de Isabela le dejaron en el brazo. Quince años construyendo un muro de control absoluto, quince años entrenándome para no sentir demasiado por nadie, y todo ese trabajo estuvo a punto de desmoronarse en cuestión de segundos, en una sala pequeña con olor a antiséptico, frente a una mujer que ni siquiera debería importarme de esta manera.
Llego a mi despacho y me sirvo un whisky que no llego a beber, quedándome de pie junto a la ventana, mirando la oscuridad del jardín donde, hace apenas unas horas, ella caminaba entre los limoneros sin saber que yo la observaba.
El terror que sentí esta noche, cuando Sasa me dijo que no estaba en el Palazzo, no se parecía a nada que hubiera experimentado antes, ni siquiera en los momentos más peligrosos de mi carrera en este negocio. Fue algo más profundo, más visceral, la clase de miedo que solo se siente cuando lo que está en juego no es dinero, ni territorio, ni reputación, sino algo que no sabía que todavía era capaz de valorar tanto.
Y esa es exactamente la razón por la que tuve que apartarme.
Porque si Valentina Rosales me importa tanto como acabo de descubrir esta noche, entonces cualquier persona que quiera hacerme daño, cualquier enemigo que busque una debilidad que explotar, va a encontrarla en ella. Isabela ya lo intuyó en la cena, cuando insinuó que "las razones de un hombre así nunca son buenas noticias para quien se convierte en ellas". Y esta noche, con el ataque de sus hombres, quedó claro que esa intuición no era simple especulación: los Caruso están dispuestos a usarla como herramienta contra mí, y cuanto más evidente sea lo que siento por ella, más grande se vuelve el blanco en su espalda.
Amarla —porque ya no tiene sentido seguir fingiendo que la palabra no aplica— la pone en peligro de una forma que ninguna cantidad de seguridad adicional puede compensar del todo.
Llaman a la puerta. Es Sasa, con una expresión cansada que sugiere que la noche ha sido tan larga para él como para mí.
—El chico ya está de vuelta —dice, cerrando la puerta detrás de él—. Asustado, pero ileso. Renata está con él ahora, explicándole por qué salir solo en este momento fue una idea particularmente mala.
—Bien.
Sasa me observa durante un momento, con esa mirada evaluadora que reserva para cuando cree que algo importante está pasando y todavía no sabe exactamente qué es.
—¿Y tú? —pregunta—. ¿Cómo estás?
—Bien.
—Dante.
—Estoy bien, Sasa.
—No pareces bien. Pareces alguien que acaba de darse cuenta de algo que no quiere admitir.
No respondo de inmediato, y el silencio entre nosotros se extiende lo suficiente para que Sasa entienda que ha dado en el clavo, aunque yo no vaya a confirmarlo en voz alta.
—Los Caruso saben que me importa —digo al fin, evitando responder directamente a lo que realmente me está preguntando—. Isabela lo insinuó en la cena, y esta noche lo confirmaron con la forma en que la usaron para presionarme.
—¿Y eso cambia algo?
—Cambia todo. Si saben que es importante para mí, van a seguir usándola como palanca cada vez que necesiten algo de nosotros.
—O —dice Sasa, con cuidado— podría significar que necesitas asegurarte de que ella entienda completamente el peligro real que corre, en lugar de seguir protegiéndola de la verdad como si fuera una niña que no puede manejar la información.
Tiene razón, aunque no me guste admitirlo. La conversación que empezamos esta mañana, antes de que el ataque al cargamento la interrumpiera, sigue sin resolverse: la pregunta sobre Ginebra, sobre lo que ella sabe o no sabe respecto a los negocios de su padre, y ahora, después de escuchar a Isabela mencionar directamente ese tema durante el enfrentamiento en el puerto viejo, la urgencia de encontrar respuestas se ha vuelto todavía más apremiante.
—Necesito saber qué sabía Giovanni Rosales sobre los negocios de los Caruso —digo, decidiendo cambiar de estrategia—. Y necesito saberlo sin presionar más a Valentina esta noche, considerando todo lo que ya ha pasado.
—¿Qué estás pensando?
—Ferretti todavía tiene contactos en Ginebra, ¿verdad? De la investigación original sobre los viajes de Rosales.
—Sí, aunque nunca llegamos a profundizar demasiado en esa pista. Nos concentramos en confirmar la deuda, no en entender el resto de sus negocios.
—Quiero que profundice ahora. Todo lo que pueda encontrar sobre Giovanni Rosales, sus viajes, sus contactos, cualquier relación que haya tenido con los Caruso o con cualquier otra familia además de la nuestra.
Sasa asiente, aunque hay algo en su expresión que sugiere que no está completamente de acuerdo con el enfoque.
—¿Por qué no simplemente le preguntas a ella directamente? Parece que confía en ti lo suficiente ya, después de todo lo que ha pasado esta semana.
—Porque si le pregunto y ella no sabe la respuesta, no habré ganado nada. Y si sabe la respuesta y decide no contármela, eso también me dice algo importante sobre cuánto puedo confiar realmente en ella.
—O simplemente podrías confiar en ella sin necesidad de una prueba —dice Sasa, con una franqueza que solo él se permite conmigo—. Es una idea radical, lo sé, pero a veces funciona.
No respondo a eso. En su lugar, le indico que empiece la investigación con Ferretti lo antes posible, y Sasa se va, dejándome de nuevo solo con el whisky que sigo sin beber y la certeza incómoda de que estoy tomando el camino más difícil, el de investigar a sus espaldas, precisamente porque no confío del todo en mi propia capacidad de mantener la distancia necesaria si vuelvo a tener una conversación tan íntima como la de esta noche.