Una vida, no dinero
Han pasado tres días desde la noche del puerto viejo, y Dante ha mantenido una distancia cuidadosa conmigo que resulta casi más difícil de soportar que la frialdad de los primeros días. Nos cruzamos en los pasillos, en las cenas, en el jardín, y cada vez hay algo en su expresión —una lucha silenciosa que intenta disimular sin conseguirlo del todo— que me confirma que él tampoco ha olvidado lo que casi pasó entre nosotros.
No he vuelto a mencionar Ginebra. Y él tampoco. Es como si ambos hubiéramos decidido, sin hablarlo, dejar esa conversación en pausa, aunque siento el peso de la carta escondida en mi mesita de noche cada vez que estamos en la misma habitación, como una verdad que crece más pesada cuanto más tiempo la mantengo en silencio.
Esta noche, después de la cena, decido volver al taller. Llevo días sin tocar el cuadro de su madre, y necesito hacer algo con las manos, algo que me permita ordenar los pensamientos que llevan días dándome vueltas en la cabeza.
Lo encuentro ya ahí.
Dante está de pie frente al caballete, con la chaqueta fuera y las mangas de la camisa remangadas, mirando el fragmento de azul que descubrimos juntos hace más de una semana, con una expresión pensativa que no intenta ocultar cuando me escucha entrar.
—Pensé que no vendrías esta noche —dice, sin darse la vuelta del todo.
—Estaba a punto de pensar lo mismo de ti.
Se gira hacia mí, y por primera vez desde la noche del puerto, no hay ninguna máscara evidente en su rostro, solo un cansancio genuino, y algo más, una vulnerabilidad que reconozco porque la he estado viendo asomarse, cada vez con más frecuencia, desde la primera noche que entré en este taller.
—He estado evitándote —admite, con una honestidad que me sorprende—. Mal, lo sé. Pero no sabía cómo comportarme después de... —No termina la frase, y no hace falta que lo haga.
—Después de casi besarnos.
—Sí.
Me acerco al caballete, colocándome a su lado, con la mirada puesta en el cuadro en lugar de en él, aunque siento su presencia con una intensidad que hace que cada centímetro de distancia entre nosotros se sienta cargado de electricidad.
—¿Por qué te apartaste? —pregunto, decidiendo que ya es hora de una honestidad directa que ninguno de los dos se ha permitido hasta ahora.
Dante se queda callado un momento, con la mirada fija en el cuadro, como si buscara ahí, en esa mezcla de colores restaurados y suciedad todavía por limpiar, la respuesta que no encuentra fácilmente en sí mismo.
—Porque tengo miedo —dice al fin, con una voz baja que apenas reconozco—. De que lo que sea que esté empezando a sentir por ti te ponga en más peligro del que ya corres. Los Caruso ya lo saben, Valentina. Isabela lo intuyó desde la cena, y esta noche en el puerto viejo lo confirmaron. Si me importas tanto como parece que me importas, eso te convierte en un blanco todavía más claro.
—Entonces prefieres protegerme apartándote.
—Prefiero mantenerte viva, aunque eso signifique que tenga que renunciar a algo que quiero de verdad.
Las palabras me atraviesan de una forma que no esperaba, esa mezcla de ternura y sacrificio que contradice completamente la imagen que tenía de él la primera vez que lo vi en el cementerio, entregándome un sobre sellado con una amenaza velada dentro.
—¿Y si yo decido que no quiero que me protejas apartándote? —pregunto, dando un paso más cerca, con el corazón latiéndome tan fuerte que estoy segura de que él puede escucharlo—. ¿Y si prefiero el riesgo a la distancia?
Dante se gira hacia mí completamente, y la distancia entre nosotros se reduce a casi nada, con esa misma gravedad inevitable que sentimos la noche del botiquín, solo que esta vez, ninguno de los dos parece dispuesto a apartarse antes de que suceda lo que ambos hemos estado evitando durante días.
—Valentina...
—No te apartes esta vez.
Y no lo hace.
Su mano se alza para tocar mi mejilla, con una delicadeza que contrasta violentamente con la fuerza contenida que sé que existe en él, y cuando finalmente sus labios encuentran los míos, el mundo entero parece contraerse hasta ese único punto de contacto, cálido y urgente a la vez, cargado de todos los días de tensión acumulada que llevamos conteniendo desde que nos conocimos.
Es un beso que no se apresura, que toma su tiempo para explorar, para confirmar que esto es real y no otro momento que va a interrumpirse antes de llegar a completarse del todo. Sus manos encuentran mi cintura, atrayéndome más cerca, y las mías se aferran a la tela de su camisa, como si temiera que soltarlo significara que este momento pudiera desvanecerse.
Cuando finalmente nos separamos, ambos con la respiración agitada, Dante apoya su frente contra la mía, con los ojos cerrados, como si estuviera intentando memorizar cada sensación de este momento antes de que la realidad vuelva a imponerse.
—Esto complica todo —murmura, aunque no hay ningún arrepentimiento en su voz.
—Lo sé.
—No puedo prometerte que va a ser fácil, ni que voy a poder mantenerte tan a salvo como quisiera.
—No te estoy pidiendo promesas imposibles, Dante. Solo te estoy pidiendo que dejes de apartarte cada vez que esto se vuelve real.
Está a punto de responder, con una expresión que sugiere que las palabras que va a decir son importantes, cuando la puerta del taller se abre de golpe, sin previo aviso, y ambos nos separamos de inmediato, como dos adolescentes sorprendidos, aunque la expresión en el rostro de Renata, de pie en el umbral, deja claro que no está aquí para sorprendernos con nada trivial.
—Perdón la interrupción —dice, aunque su voz tiene una gravedad que no encaja con una disculpa casual—. Pero esto no puede esperar más, señorita Rosales. Y creo que es hora de que sepa la verdad completa sobre por qué está aquí.