La deuda

CAPÍTULO 19

Usada

No duermo esa noche. Me quedo sentada en el borde de la cama que perteneció a la madre de Dante, con la carta de Renata todavía escondida entre las páginas del libro en mi mesita de noche, releyéndola una y otra vez a la luz de la lámpara, intentando entender cómo el hombre que me enseñó a distinguir entre un pigmento natural y uno sintético pudo también, de alguna forma que todavía no consigo procesar del todo, estar relacionado con la muerte de un niño de doce años.

Necesito saber más. La versión que Renata compartió en el taller se sintió incompleta, como si hubiera medido cuidadosamente cada palabra para dar solo la información suficiente para justificar la deuda sin revelar del todo la magnitud de lo que pasó.

A la mañana siguiente, encuentro a Renata en la cocina, supervisando la preparación del desayuno con esa misma eficiencia impasible de siempre, aunque cuando me ve entrar, algo en su expresión se tensa, como si hubiera estado esperando esta conversación desde anoche.

—Necesito que me cuente todo —digo, sin preámbulos, cerrando la puerta de la cocina detrás de mí para que nadie más escuche—. No la versión resumida de anoche. Todo lo que sabe.

Renata deja el paño con el que estaba limpiando una encimera, y por un momento parece considerar si debería seguir manteniendo la discreción que la ha caracterizado hasta ahora, o si finalmente ha llegado el momento de soltar el peso completo que ha estado cargando durante quince años.

—Siéntese, señorita Rosales.

Me siento en uno de los taburetes altos junto a la isla de la cocina, y Renata se sienta frente a mí, con las manos entrelazadas sobre la superficie de mármol, buscando las palabras con un cuidado que sugiere que lo que está a punto de decir es todavía más grave de lo que ya había imaginado.

—Su padre no solo dejó escapar información sin querer —empieza, con una voz baja—. Recibió dinero por ella. Un pago considerable, transferido pocas semanas después de la muerte de Enzo, disfrazado como el pago por una restauración que nunca llegó a realizarse.

El estómago se me revuelve, y por un momento pienso que voy a vomitar ahí mismo, en la cocina impecable del Palazzo Moretti.

—Eso no puede ser verdad.

—Es verdad. Dante tiene la confirmación completa, con los registros bancarios y todo, desde ayer por la noche.

Algo en esa frase me golpea con más fuerza que la propia revelación sobre el pago.

—¿Desde anoche? —repito, sintiendo que el terreno bajo mis pies se vuelve todavía más inestable—. ¿Dante ya sabía esto anoche, después de que usted nos contara la versión parcial en el taller?

Renata se queda callada un momento demasiado largo, y esa vacilación es respuesta suficiente.

—Recibió el informe de su investigador poco después de que ustedes dos salieran del taller —admite finalmente—. Yo no sabía los detalles exactos hasta esta mañana, cuando hablé con él. Pero sí, señorita Rosales, Dante ha tenido la confirmación completa desde anoche.

Y no me lo dijo. Pasamos el desayuno de esta mañana en la misma mesa, en un silencio tenso que atribuí al shock general de la revelación de Renata, y todo el tiempo, él ya sabía que mi padre no solo dejó escapar información imprudentemente, sino que la vendió, deliberadamente, por dinero, sabiendo probablemente que esa información iba a poner en peligro a alguien.

Sabía que mi padre vendió la vida de un niño de doce años, y decidió no decírmelo.

Me levanto del taburete tan bruscamente que estoy segura de que hago demasiado ruido, pero no me importa. La rabia que siento en este momento es distinta a cualquier otra que haya experimentado en las últimas semanas, una mezcla de dolor por lo que hizo mi padre y una traición mucho más inmediata: la de un hombre que anoche me besó como si el mundo se estuviera acabando, que me habló de miedo y de riesgo compartido, y que apenas unas horas después decidió que yo no merecía saber la verdad completa sobre mi propia familia.

—¿Dónde está? —pregunto, con la voz temblando de una furia que apenas consigo contener.

—En su despacho. Pero, señorita Rosales...

No espero a que Renata termine la frase. Salgo de la cocina con pasos rápidos, cruzando los pasillos del Palazzo con una determinación que no había sentido desde la noche en que respondí a Isabela Caruso en la cena, y cuando llego a la puerta del despacho de Dante, la abro sin llamar, con una fuerza que hace que el pomo golpee contra la pared.

Dante levanta la vista de inmediato, con una expresión que pasa de la sorpresa a algo parecido a la resignación en cuestión de segundos, como si hubiera estado esperando este momento desde que decidió guardar silencio anoche.

—Valentina...

—¿Sabías toda la verdad desde anoche? —pregunto, sin darle tiempo a explicarse—. ¿Sabías que mi padre vendió esa información deliberadamente, por dinero, y decidiste no decírmelo?

Su silencio, apenas un segundo pero suficiente para confirmarlo todo, es peor que cualquier palabra que pudiera haber dicho.

—Sí —admite finalmente, sin apartar la mirada—. Lo supe anoche, poco después de que saliéramos del taller.

—¿Y decidiste guardármelo? ¿Después de todo lo que pasó entre nosotros, después de decirme que tenías miedo de que lo que sientes por mí me pusiera en peligro, decidiste que también tenías derecho a decidir qué verdad merezco saber sobre mi propio padre?

—Quería darte tiempo. La versión de Renata ya era suficientemente devastadora, pensé que...

—No es tu decisión pensar eso por mí. —Las palabras salen con una fuerza que me sorprende incluso a mí misma—. Soy una persona adulta, Dante, no una niña que necesita ser protegida de la verdad sobre su propia familia. Y lo que hiciste anoche, guardando esa información mientras me mirabas a los ojos durante el desayuno esta mañana, se siente exactamente igual que lo que hizo mi padre: decidir, unilateralmente, qué información compartir y qué información ocultar, según lo que te convenga a ti.




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