La deuda

CAPÍTULO 20

Venganza disfrazada de deuda

Me quedo en el despacho durante lo que parecen horas, aunque el reloj sobre la chimenea marca que apenas han pasado veinte minutos desde que Valentina salió, con la puerta todavía resonando en mi memoria como un eco que no consigo silenciar.

Tiene razón. Esa es la parte más difícil de admitir, mientras me quedo ahí de pie, con las manos apoyadas en el escritorio y la mirada perdida en el punto exacto donde ella estuvo hace unos minutos: tiene razón en todo lo que dijo, y la peor parte es que ni siquiera le he contado la verdad completa todavía.

Porque hay algo que Valentina no sabe, algo que decidí no mencionar ni siquiera en la peor parte de nuestra discusión, algo que pesa sobre mí con una vergüenza que no había sentido en años: cuando decidí traerla al Palazzo, cuando fui personalmente al cementerio a entregarle ese sobre sellado con una amenaza velada, no lo hice pensando en protegerla, ni siquiera pensando en la deuda como un asunto puramente comercial.

Lo hice como venganza.

Quince años esperando alguna forma de cerrar la herida de la muerte de Enzo, y cuando finalmente tuve la oportunidad de hacer pagar a alguien, aunque esa persona fuera la hija inocente del verdadero culpable, la tomé sin dudarlo. Me convencí de que era estrategia, que era simplemente cobrar lo que se debía, pero en el fondo, desde el primer momento, sabía exactamente lo que estaba haciendo: usar a Valentina Rosales como instrumento de un dolor que nunca terminé de procesar del todo.

Y en algún momento entre entonces y ahora, sin darme cuenta, sin planearlo, esa venganza se transformó en algo completamente distinto. Empecé a verla no como el instrumento de un castigo diferido, sino como una persona real, con su propio dolor, su propia dignidad, su propia forma de enfrentar un mundo que nunca eligió habitar.

Pero eso no cambia cómo empezó todo esto. Y si Valentina llega a descubrir esa verdad —que la razón original por la que la traje a esta casa no tenía nada que ver con protegerla, sino con hacerle pagar los pecados de su padre de la forma más cruel posible—, cualquier posibilidad de reconstruir lo que rompimos esta mañana va a desaparecer para siempre.

Sasa entra sin llamar, como siempre, y en cuanto ve mi expresión, cierra la puerta detrás de él con un cuidado que sugiere que ya sabe, de alguna forma, que algo grave acaba de pasar.

—Renata me contó lo que pasó en la cocina —dice, sentándose frente a mí sin esperar invitación—. Y los hombres de seguridad me dijeron que Valentina y su hermano están haciendo maletas.

—Se va.

—¿Vas a dejar que se vaya?

La pregunta se queda flotando entre nosotros, y por primera vez en mucho tiempo, no tengo una respuesta inmediata, calculada, lista para usar. Solo tengo la verdad, cruda y sin adornos, que llevo evitando reconocer incluso frente a mí mismo.

—Todo esto empezó como venganza, Sasa —digo, con una voz que apenas reconozco—. Cuando decidí traerla aquí, no era protección. Era castigo. Quería que la hija de Giovanni Rosales pagara, de alguna forma, lo que su padre le hizo a mi familia, aunque ella no tuviera ninguna culpa directa en eso.

Sasa no parece sorprendido por la confesión, y algo en su falta de sorpresa me dice que, quizás, siempre lo supo, incluso cuando yo mismo me negaba a admitirlo.

—Lo sé —dice simplemente—. Lo supe desde el principio, Dante. Te conozco desde hace diez años, y reconocí esa mirada la primera vez que hablaste de "cobrar la deuda" con esa frialdad calculada que solo usas cuando estás procesando algo demasiado grande para nombrar directamente.

—¿Y no dijiste nada?

—Dije muchas cosas, si lo recuerdas. Te advertí que estabas metiendo a una chica inocente en algo que no le correspondía. Pero también vi, en las últimas semanas, cómo esa venganza se transformó en otra cosa. Vi cómo empezaste a mirarla de una forma que no habías mirado a nadie desde antes de que Enzo muriera.

—Eso ya no importa. Se va, Sasa. Y tiene razón en irse, porque incluso si lo que siento por ella ahora es real, empezó con una mentira tan profunda que no sé cómo podría perdonarme si llegara a descubrirla completa.

—Entonces díselo tú. Antes de que se vaya. Antes de que descubra la verdad de otra forma, más dolorosa, en algún momento futuro que no puedas controlar.

La sugerencia se instala en mi pecho con un peso que no esperaba, porque sé que Sasa tiene razón, sé que la única forma de tener alguna oportunidad de reconstruir algo real con Valentina es siendo completamente honesto, incluso sobre las partes más oscuras de cómo empezó todo esto entre nosotros.

Pero cuando salgo del despacho, decidido finalmente a buscarla, a contarle la verdad completa antes de que sea demasiado tarde, encuentro el pasillo del ala este ya vacío, con la puerta de su habitación abierta de par en par, el armario también abierto y sin ropa, y a Renata de pie junto a la ventana, con una expresión que confirma mis peores temores incluso antes de que hable.

—Se fueron hace diez minutos —dice, sin darse la vuelta—. Ella y el chico. Pidieron un taxi, no quisieron esperar a que nuestros hombres los llevaran.

—¿Adónde?

—No lo dijeron. Y por la forma en que se fueron, dudo que quieran que los sigamos.

Me quedo de pie en el umbral de esa habitación que perteneció a mi madre, mirando el espacio vacío donde hace apenas unas horas Valentina dormía, donde anoche estuvimos a punto de compartir algo que se sentía, por primera vez en quince años, como el principio de una vida distinta a la que llevo construyendo desde la muerte de Enzo.

Y ahora se ha ido, sin saber la verdad completa sobre cómo empezó todo esto entre nosotros, llevándose consigo, sin saberlo, la única oportunidad que tenía de contarle la verdad por mi propia voluntad, antes de que las circunstancias, con la crueldad habitual de este mundo, la obliguen a descubrirla de la peor forma posible.




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