El regreso por decisión propia
La casa de la tía Carla huele a naftalina y a café recalentado, y llevamos aquí menos de veinticuatro horas, pero ya siento que el aire se ha vuelto más pesado de lo que debería en un lugar que se supone que es seguro.
Matteo está en el sofá del salón, con la mirada fija en el teléfono, aunque sé que no está realmente viendo nada, solo necesitando algo en que concentrarse que no sea el peso de todo lo que ha pasado en las últimas semanas. La tía Carla, después de escuchar una versión editada de la situación —deudas familiares complicadas, necesitábamos alejarnos de una mala influencia— nos dejó instalarnos en su habitación de invitados sin hacer demasiadas preguntas, aunque la desconfianza en su mirada sugiere que no se cree del todo la historia que le conté.
No he dormido bien desde que nos fuimos. Cada sonido en la calle me sobresalta, cada coche que pasa despacio frente a la casa me hace pensar en los hombres de Isabela Caruso, en la facilidad con la que me encontraron caminando sola hace apenas unos días. Aquí, sin la seguridad del Palazzo, sin los hombres de Dante vigilando cada rincón, me doy cuenta de lo expuestos que estamos realmente.
Y, aun así, no puedo dejar de pensar en la traición de Dante, en ese silencio que guardó durante horas mientras desayunábamos juntos como si nada hubiera pasado, sabiendo exactamente lo que mi padre había hecho.
Es la segunda noche cuando finalmente saco la carta de Renata de mi bolso, donde la he estado cargando desde que salí del Palazzo, y la releo por enésima vez, intentando encontrar en esas palabras alguna pista que se me haya escapado antes.
“Un chico de doce años está muerto por información que tú les diste a los hombres equivocados, y no hay cantidad de dinero en el mundo que pueda pagar eso.”
Los hombres equivocados. No dice explícitamente los Caruso, aunque ahora, con todo lo que sé, la conexión resulta evidente. Pero hay algo más en esa frase que empiezo a notar solo ahora, en la quietud de esta segunda noche sin dormir: mi padre no solo entregó información. La vendió. Y para vender información valiosa a una familia como los Caruso, tuvo que haber tenido algún tipo de acceso, algún tipo de relación previa que le permitiera moverse en ese mundo sin levantar sospechas.
Ginebra. La palabra vuelve a mi cabeza con una insistencia que no puedo ignorar. Los viajes de mi padre, tan misteriosos, tan poco acordes con su supuesto perfil de restaurador independiente.
Me levanto de la cama, silenciosa para no despertar a Matteo en la habitación contigua, y enciendo mi portátil viejo, el que dejé de usar cuando empezamos a vivir en el Palazzo y que recuperé al volver a casa por nuestras pertenencias antes de venir aquí. Busco en mi correo antiguo, en archivos que no había revisado desde hace años, cualquier mención de Ginebra, de restauraciones específicas, de clientes que mi padre pudiera haber mencionado alguna vez de pasada.
Encuentro algo que no esperaba: una serie de correos, de hace unos ocho años, entre mi padre y una galería en Ginebra, discutiendo la "autenticación" de varias piezas que, según los términos técnicos que reconozco de mi propia formación, suenan sospechosamente parecidos a un proceso de legitimación de arte falsificado.
Mi padre no solo restauraba arte. Ayudaba a autenticar falsificaciones, probablemente para que pudieran venderse en el mercado legal como piezas originales, generando ganancias que un restaurador honesto jamás podría soñar con conseguir con su salario habitual.
Y de pronto, todo empieza a encajar con una claridad que me deja sin aliento: si mi padre estaba involucrado en una red de falsificación de arte que financiaba, de alguna manera, las operaciones de los Caruso, entonces esa misma red podría ser la clave para desestabilizarlos, para exponerlos de una forma que ni Dante ni ninguno de sus hombres, con toda su fuerza física y su experiencia en el mundo criminal, podría replicar.
Porque yo sé de arte. Sé reconocer una falsificación con solo mirar la textura del pigmento, la forma en que la pintura ha envejecido, los detalles técnicos que un experto en el mundo criminal jamás notaría pero que para mí son tan evidentes como leer un libro abierto.
La idea empieza a tomar forma en mi cabeza, arriesgada, quizás incluso peligrosa, pero por primera vez desde que empezó toda esta pesadilla, siento algo distinto al miedo puro que me ha acompañado desde el funeral de mi padre: siento determinación.
No voy a seguir siendo la persona que espera pasivamente a que otros decidan mi destino. No voy a huir a la casa de mi tía, esperando que Dante resuelva todo esto por mí, ni tampoco voy a quedarme escondida aquí, dejando que la culpa por lo que hizo mi padre me paralice por completo.
Voy a hacer algo con lo que sé.
A la mañana siguiente, mientras Matteo desayuna en silencio junto a la tía Carla, tomo una decisión que hace apenas dos días me habría parecido impensable: voy a volver al Palazzo Moretti. No como rehén, ni como deudora asustada, sino como alguien que tiene información valiosa, que puede aportar algo real a la lucha contra los Caruso, y que está dispuesta a enfrentar tanto la traición de Dante como el legado de su propio padre con los ojos completamente abiertos.
Cuando llamo a Sasa, cuyo número guardé de una de las conversaciones de emergencia durante mi tiempo en el Palazzo, su voz suena tensa al otro lado de la línea.
— señorita Rosales. No esperaba que llamara.
—Necesito hablar con Dante. Pero no para volver como antes. Tengo información que puede ayudar a exponer a los Caruso, algo relacionado con los viajes de mi padre a Ginebra, con una posible red de falsificación de arte que financia sus operaciones.
Un silencio breve al otro lado de la línea.