Como iguales
Sasa me transmite el mensaje de Valentina con una expresión que no consigo del todo descifrar, mezcla de sorpresa y algo parecido al respeto, y por un momento me quedo tan desconcertado por el contenido de su petición que necesito que la repita dos veces antes de procesarla completamente.
—Quiere volver como colaboradora, no como rehén —repite Sasa, con una paciencia que agradezco en mi estado actual—. Con condiciones. Y dice que tiene información sobre una red de falsificación de arte vinculada a los viajes de su padre a Ginebra, algo que podría estar financiando a los Caruso.
Me quedo en silencio, procesando no solo la información en sí, sino la audacia de la propuesta. Hace apenas dos días salió de esta casa furiosa, acusándome con toda la razón de tratarla como alguien que no merecía conocer la verdad completa sobre su propia vida, y ahora, en lugar de esconderse, en lugar de dejar que el miedo la paralice, decide volver con un plan concreto y exigencias claras sobre cómo espera ser tratada.
—¿Qué le dijiste? —pregunto.
—Que hablaría contigo. No le prometí nada en tu nombre.
—Llámala. Dile que acepto sus condiciones.
Sasa levanta una ceja, sorprendido por la rapidez de mi respuesta.
—¿Sin negociar nada? Eso no es muy propio de ti.
—No estoy en posición de negociar nada con ella, Sasa. Le debo una disculpa mucho más grande que cualquier condición que pueda pedir, y si su forma de aceptar volver a este Palazzo es como igual, entonces es exactamente, así como debería haber sido tratada desde el principio.
Sasa asiente, y por primera vez en toda esta conversación, algo parecido a una sonrisa cruza su rostro.
—Empiezas a sonar como alguien que ha aprendido algo, Dante.
No respondo a eso, aunque en el fondo sé que tiene razón. Las últimas cuarenta y ocho horas, con Valentina fuera del Palazzo y con la revelación de que todo esto empezó como venganza pesándome en el pecho como una condena, me han obligado a reconsiderar no solo mi relación con ella, sino la forma en que he estado dirigiendo toda esta situación desde el principio: como un hombre acostumbrado a controlar cada variable, a decidir por otros lo que es mejor para ellos, sin considerar que las personas a mi alrededor, especialmente Valentina, tienen su propia capacidad de decidir y de contribuir de formas que yo, con toda mi experiencia en este mundo, no podría replicar.
Valentina llega esa misma tarde, sola —insistió en dejar a Matteo con su tía, una condición que respeté sin cuestionar—, y cuando la veo entrar en el vestíbulo principal del Palazzo, con una expresión decidida que no tiene nada de la vulnerabilidad asustada de su primer día aquí, siento una mezcla de alivio y admiración que apenas consigo contener.
—Necesito hablar contigo, antes de nada —digo, guiándola hacia mi despacho, y ella me sigue sin decir palabra, aunque la tensión entre nosotros sigue siendo palpable, un recordatorio constante de todo lo que quedó sin resolver entre nosotros.
En cuanto cierro la puerta, no espero a que ella hable primero.
—Todo esto empezó como venganza —digo, decidiendo que la única forma de avanzar es siendo completamente honesto, sin ningún cálculo, sin ninguna estrategia oculta—. Cuando decidí traerte aquí, no era para protegerte. Era para hacerte pagar, de alguna forma, lo que tu padre le hizo a mi familia, aunque tú no tuvieras ninguna culpa en ello.
Valentina se queda callada, procesando la confesión, y aunque hay dolor en su expresión, no hay la sorpresa que esperaba, como si de alguna forma ya hubiera intuido esta verdad antes de que yo la dijera en voz alta.
—Lo sospechaba —dice finalmente—. Desde la primera vez que te vi en el cementerio. Había algo en tu forma de mirarme que no encajaba del todo con un simple asunto de negocios.
—Lo siento. No por la deuda, que sigue siendo real, sino por la forma en que decidí cobrarla. Debería haber sido honesto contigo desde el principio, en lugar de dejar que descubrieras la verdad en fragmentos dolorosos, cada uno peor que el anterior.
—¿Y ahora? —pregunta, con una vulnerabilidad que contrasta con la firmeza que mostró al llegar—. ¿Qué es esto ahora, para ti?
—Ya no es venganza, Valentina. No sé exactamente qué es, pero sé que no tiene nada que ver con hacerte pagar por los pecados de tu padre. Tiene que ver contigo. Con quién eres, no con quien era él.
Se acerca un paso, y aunque la tensión entre nosotros sigue ahí, algo en el aire ha cambiado, una posibilidad de reconstrucción que no esperaba sentir tan pronto después de todo el daño que causamos mutuamente.
—Necesito que confíes en mí —dice—. Completamente. No más secretos guardados "para protegerme". Si vamos a hacer esto, sea lo que sea, tiene que ser como iguales.
—Como iguales —repito, y la idea, aunque nueva para mí en el contexto de una relación romántica, se siente correcta de una forma que no había considerado antes—. Está bien. Cuéntame qué descubriste.
Nos sentamos frente a mi escritorio, y durante la siguiente hora, Valentina me explica con precisión meticulosa lo que encontró: los correos entre su padre y una galería en Ginebra, el lenguaje técnico que sugiere autenticación de falsificaciones, la posible conexión con el financiamiento de las operaciones de los Caruso.
—Si tienes razón —digo, mientras proceso las implicaciones—, esto podría ser exactamente lo que necesitamos para desestabilizarlos de una forma que ningún enfrentamiento directo podría lograr. Pero necesitamos pruebas concretas, no solo especulación basada en correos de hace ocho años.
—Puedo conseguirlas. Conozco el mundo de la restauración y la autenticación de arte lo suficiente como para saber dónde buscar, qué preguntas hacer, qué galerías podrían estar dispuestas a hablar si se les presiona de la forma correcta.
Estoy a punto de responder cuando Sasa entra de nuevo, esta vez sin la calma habitual que lo caracteriza, con una carpeta en la mano y una expresión que hace que ambos nos pongamos alerta de inmediato.