La trampa de Ginebra
El plan que hemos construido durante los últimos tres días es tan simple en su concepto como peligroso en su ejecución: voy a hacerme pasar por una restauradora interesada en autenticar una pieza de dudosa procedencia, contactando a la misma galería en Ginebra con la que mi padre trabajó hace años, con la esperanza de que alguien en esa red de falsificación muerda el anzuelo lo suficiente como para revelar su conexión con los Caruso.
—No me gusta —dice Dante, por tercera vez esta mañana, mientras revisamos los últimos detalles en su despacho—. Es demasiado directo. Demasiado expuesto.
—Es la única forma de que confíen lo suficiente como para hablar con franqueza. Si mandas a uno de tus hombres a hacer preguntas, van a cerrar filas de inmediato. Pero si soy yo, la hija de Giovanni Rosales, ofreciendo continuar el "trabajo" de mi padre, van a asumir que estoy dispuesta a jugar el mismo juego que él.
—Y si te reconocen como la mujer que ha estado viviendo en el Palazzo Moretti las últimas semanas?
—Por eso vamos a hacerlo en Ginebra, no en Nápoles. Lejos de cualquier persona que pueda haberme visto en la cena, lejos del territorio donde los Caruso tienen ojos en cada esquina.
Dante se pasa una mano por el pelo, un gesto de frustración que he empezado a reconocer en los últimos días, desde que aceptó, contra su instinto de control absoluto, dejarme participar activamente en este plan en lugar de mantenerme protegida y al margen.
—Voy contigo.
—No puedes. Si te reconocen a ti, todo se derrumba antes de empezar. Necesito ir sola, o con alguien que no llame la atención.
—Entonces Sasa te acompaña. No es negociable.
Acepto esa condición, porque entiendo el miedo detrás de su insistencia, y porque, si soy honesta conmigo misma, la idea de enfrentar esto completamente sola también me aterra más de lo que estoy dispuesta a admitir en voz alta.
El viaje a Ginebra se siente extraño, casi surreal, después de semanas encerrada entre las paredes del Palazzo y la sensación constante de peligro que ha definido cada día desde el funeral de mi padre. Sasa mantiene una distancia discreta durante todo el trayecto, presentándose como mi asistente durante las reuniones, y aunque agradezco su presencia, no puedo evitar sentir el peso completo de la responsabilidad sobre mis propios hombros: esta vez, la decisión de arriesgarme es completamente mía, sin que nadie me haya obligado, sin ninguna amenaza sobre Matteo forzándome a actuar.
La galería, ubicada en una calle elegante cerca del lago, tiene el tipo de fachada discreta que sugiere dinero antiguo y clientes que prefieren no llamar la atención. Me recibe un hombre de mediana edad, elegante, con un acento francés cuidadosamente cultivado, que se presenta como Monsieur Vasseur.
— Señorita Rosales. —Su sonrisa es cortés pero calculadora, evaluándome de la misma forma en que yo he aprendido a evaluar a la gente después de semanas en el mundo de Dante—. Su padre era un hombre muy talentoso. Lamentamos mucho su pérdida.
—Gracias. Es precisamente por eso que estoy aquí. Quiero continuar el trabajo que él dejó inconcluso.
Vasseur me guía hacia una sala privada al fondo de la galería, con obras cubiertas de telas que sugieren piezas que no están destinadas a exhibición pública, y durante la siguiente hora, mantengo una conversación cuidadosamente calibrada, dejando entrever conocimiento suficiente sobre las técnicas de autenticación que mi padre usaba sin llegar a revelar que no tengo ni idea de los términos específicos del acuerdo que él mantenía con ellos.
—Su padre trabajaba directamente con una persona de contacto —dice Vasseur, en un momento en que parece haber decidido confiar lo suficiente en mí—. Alguien que coordinaba los envíos desde Nápoles. ¿Sigue en contacto con esa persona?
Es la pregunta que estábamos esperando, la que podría confirmar la conexión directa con los Caruso, y siento el corazón acelerarse mientras elijo mis siguientes palabras con el máximo cuidado.
—Esa relación se volvió complicada después de la muerte de mi padre. Necesitaría que usted me ayudara a restablecer el contacto, si es posible.
Vasseur me observa durante un momento demasiado largo, y por un instante temo haber dicho algo que ha despertado sus sospechas, pero finalmente asiente, sacando su teléfono para hacer una llamada breve en francés que no consigo entender del todo.
—Alguien va a reunirse con usted esta noche —dice, colgando el teléfono—. En un lugar que ellos elegirán. Le enviaré los detalles.
Cuando salimos de la galería, Sasa me mira con una expresión de preocupación que no intenta ocultar.
—Esto se está moviendo más rápido de lo que planeamos —dice, mientras caminamos hacia el coche—. Deberíamos informar a Dante antes de aceptar cualquier reunión nocturna con gente que no conocemos.
—No hay tiempo. Si dudamos ahora, van a sospechar.
Llamamos a Dante de todos modos, por supuesto, y su reacción a través del teléfono es exactamente la que esperaba: preocupación intensa, instrucciones detalladas sobre precauciones, la insistencia de que Sasa no se separe de mí ni un segundo durante la reunión.
—Ten cuidado —dice, con una voz cargada de una tensión que no intenta disimular—. Si algo se siente mal, si algo no cuadra, sales de ahí inmediatamente, sin importar lo que estemos a punto de descubrir.
—Lo prometo.
La reunión es en un almacén cerca del puerto de Ginebra, discreto, con la clase de iluminación tenue que sugiere que las transacciones que ocurren ahí normalmente no soportarían la luz del día. El hombre que nos recibe es joven, nervioso, con el tipo de mirada que sugiere que está más acostumbrado a ser intermediario que a tomar decisiones importantes.
—Usted es la hija de Rosales —dice, más como confirmación que como pregunta—. Su padre era cuidadoso. Nunca vino aquí en persona más de dos veces.