El muelle veintitrés
La llamada de Sasa llega a las once de la noche, con un fondo de ruido caótico que me hace ponerme de pie antes incluso de que termine de hablar.
—Nos emboscaron —dice, con la voz entrecortada, como si estuviera corriendo mientras habla—. En el almacén. Perdí a Valentina en el caos, Dante, no sé dónde está.
El terror que siento en ese momento no se parece a nada que haya experimentado antes, ni siquiera la noche del puerto viejo, cuando pensé que los Caruso podrían haberle hecho daño. Esto es más profundo, más definitivo, la clase de miedo que paraliza el pensamiento racional durante los segundos que tardo en recuperar el control suficiente para actuar.
—¿Estás herido?
—Un golpe en la cabeza, nada grave. Pero Dante, esto estaba coordinado. Alguien sabía exactamente dónde y cuándo íbamos a estar en ese almacén, y no fue por casualidad.
Ya estoy moviéndome, gritando instrucciones a los hombres que tengo disponibles en Ginebra, coordinando con contactos locales que llevo años cultivando por si alguna vez necesitaba operar en territorio suizo, y durante todo el trayecto hacia el punto donde Sasa me indica que se reagrupó después del ataque, mi mente trabaja con una velocidad fría que apenas consigo controlar.
Cuando llego, encuentro a Sasa con un vendaje improvisado en la cabeza, apoyado contra un coche, con una expresión de culpa que no había visto antes en él.
—Lo siento —dice, en cuanto me ve—. Debí haberla sacado de ahí en el momento en que las cosas se sintieron mal. Fue mi error.
—No es momento para culpas. ¿Qué sabes?
—Los hombres que nos emboscaron no eran suizos. Hablaban italiano entre ellos, con acento napolitano. Y antes de que consiguiera zafarme, escuché algo sobre un "intercambio", sobre llevarla de vuelta a Nápoles para negociar directamente contigo.
Isabela. La certeza se instala en mi pecho con una frialdad que solo consigue amplificar la rabia que ya estoy sintiendo. Solo ella tendría la audacia de organizar algo tan elaborado, cruzando fronteras para capturar a Valentina y usarla como palanca directa contra mí.
Mi teléfono suena antes de que pueda seguir procesando la información, un número desconocido que, en cuanto contesto, confirma exactamente lo que estaba temiendo.
—Dante. —La voz de Isabela suena tranquila, casi divertida, un contraste brutal con el terror que siento crecer en mi pecho—. Espero que no estés demasiado alterado. Tu chica está bien, por ahora.
—Si le pones un dedo encima...
—No estoy interesada en hacerle daño, Dante, siempre que cooperes. Vuelve a Nápoles. Mañana al mediodía, en el muelle veintitrés del puerto viejo. Ven solo, o la próxima llamada que recibas será para identificar un cuerpo, no para negociar un intercambio.
—¿Qué quieres?
—Hablaremos de eso mañana. Por ahora, disfruta del vuelo de vuelta. Debe ser agotador, tener que cruzar media Europa por una mujer que ni siquiera es de tu sangre.
Cuelga antes de que pueda responder, dejándome con el teléfono en la mano y una furia tan intensa que necesito varios segundos antes de conseguir hablar de nuevo con claridad.
—Vamos —le digo a Sasa—. Volamos de vuelta esta misma noche.
Durante el vuelo, no consigo dormir ni un solo minuto, repasando cada escenario posible, cada estrategia que podría emplear para conseguir que Valentina vuelva sana y salva sin ceder demasiado terreno a los Caruso. Pero por debajo de todos esos cálculos fríos, hay algo más simple y mucho más aterrador: el reconocimiento pleno, sin ninguna duda ya, de que estoy dispuesto a sacrificar prácticamente cualquier cosa por traerla de vuelta, incluso si eso significa exponer una debilidad que los Caruso van a explotar durante años.
Al llegar a Nápoles, convoco una reunión de emergencia con los capos aliados que respetan el liderazgo de mi familia, algo que rara vez hago fuera de las cenas formales establecidas por tradición, porque necesito que todos entiendan la gravedad de lo que está a punto de pasar y necesito su respaldo, no solo para el intercambio de mañana, sino para lo que venga después si Isabela decide que este ataque directo merece una respuesta a la altura.
—Los Caruso cruzaron una línea que no tiene vuelta atrás —digo, frente a una decena de hombres que llevan años observando cada movimiento que hago, evaluando mi capacidad de liderazgo con la misma frialdad calculadora con la que yo evalúo la de ellos—. Atacaron en territorio neutral, secuestraron a alguien bajo mi protección directa, y ahora exigen un intercambio bajo amenaza. Esto no es un asunto de deudas familiares. Es una declaración de guerra.
—¿Y esa mujer merece que arriesguemos una guerra abierta con los Caruso? —pregunta uno de los capos más viejos, con un tono que deja claro que la pregunta no es simplemente retórica.
Podría mentir. Podría enmarcar esto en términos puramente estratégicos, hablar de reputación, de territorio, de las consecuencias de dejar que un ataque así quede sin respuesta. Sería la respuesta esperada, la que mantendría intacta mi imagen de líder que no se deja gobernar por sentimientos personales.
En su lugar, elijo la verdad.
—Sí —digo, con una firmeza que no admite ninguna duda—. Valentina Rosales me importa, no como instrumento de la deuda de su padre, sino como la mujer que ha demostrado más coraje en las últimas semanas que la mayoría de los hombres en esta sala. Y cualquiera que crea que puede usarla contra mí sin consecuencias, va a descubrir exactamente hasta dónde estoy dispuesto a llegar para protegerla.
El silencio que sigue a esa declaración es denso, cargado de la sorpresa de hombres que nunca me habían escuchado hablar con tanta franqueza emocional, pero cuando finalmente el más viejo de ellos asiente, seguido lentamente por los demás, entiendo que acabo de ganar algo mucho más valioso que su respaldo estratégico: su respeto por haber dejado de esconderme detrás de cálculos fríos.