E.M
Dante
La celebración terminó hace horas, los últimos invitados se fueron pasada la medianoche, y aunque la conversación con Sasa sobre el traidor sigue pesando en mi pecho como una piedra que no consigo soltar, decido, por esta noche al menos, dejar esa preocupación en un rincón de mi mente para poder estar completamente presente con Valentina.
La encuentro en el jardín de los limoneros, todavía con el vestido que llevó durante la cena formal, descalza sobre la hierba húmeda, con la mirada perdida en las estrellas que apenas se distinguen entre las luces de la ciudad.
—¿No puedes dormir? —pregunto, acercándome despacio, todavía maravillado por la facilidad con la que, después de todo lo que hemos pasado, consigo simplemente estar cerca de ella sin la tensión calculada que definió las primeras semanas de nuestra relación.
—Demasiadas cosas en la cabeza —dice, sin apartar la vista del cielo—. Todo pasó tan rápido. Hace apenas unas semanas estaba en el funeral de mi padre, aterrada, sin idea de en qué mundo me estaba metiendo. Y ahora estoy aquí, siendo reconocida formalmente como aliada de la familia Moretti, después de haber estado secuestrada, de haber negociado mi propia libertad, de haber descubierto secretos que ojalá nunca hubiera tenido que conocer.
Me siento a su lado en la hierba, sin importarme que el traje que todavía llevo puesto probablemente no esté hecho para este tipo de gesto informal, y por un momento nos quedamos ahí, en silencio, simplemente compartiendo el espacio bajo el mismo cielo que ha presenciado tantas cosas entre nosotros en las últimas semanas.
—Quiero decirte algo —digo finalmente, y algo en mi tono hace que ella se gire para mirarme directamente—. Sin condiciones, sin deudas, sin ninguna de las circunstancias que nos trajeron hasta aquí influyendo en lo que voy a decir.
—Te escucho.
—Te amo, Valentina. No como venganza transformada en otra cosa, no como resultado de circunstancias extraordinarias que nos obligaron a estar cerca. Te amo por quién eres: por tu coraje, por tu inteligencia, por la forma en que decidiste tomar control de tu propio destino en lugar de dejar que otros lo decidieran por ti. Y quiero que sepas que esto que siento no depende de ninguna deuda, ninguna obligación, ningún acuerdo entre familias. Es simplemente real.
Las lágrimas que empiezan a llenar sus ojos brillan bajo la luz tenue del jardín, y cuando finalmente habla, su voz tiembla con una emoción que no intenta ocultar.
—Yo también te amo, Dante. Y lo más aterrador de todo esto es que sé, con una certeza que no debería tener después de tan poco tiempo, que esto es real, que no es simplemente el resultado del miedo compartido o del peligro que hemos enfrentado juntos.
Valentina
Nos besamos bajo los limoneros, despacio, sin la urgencia desesperada de nuestros primeros encuentros, sino con la certeza tranquila de dos personas que finalmente han elegido, libremente, estar juntas, sin ninguna deuda ni obligación forzándolas a permanecer cerca la una de la otra.
—¿Vas a quedarte? —pregunta Dante, apoyando su frente contra la mía, con una vulnerabilidad que ya no intenta esconder frente a mí—. En el Palazzo. Conmigo. No como parte de ningún acuerdo, sino porque quieres.
—Voy a quedarme —confirmo, con una certeza que siento en cada fibra de mi cuerpo—. Pero con condiciones propias, esta vez. Quiero recuperar mi taller, hacer que sea mío de verdad, no solo un espacio abandonado que encontré por accidente. Quiero que Matteo pueda tener una vida lo más normal posible, con la seguridad que necesita, pero sin sentirse prisionero. Y quiero que sigamos siendo honestos el uno con el otro, sin importar lo difícil que sea la verdad.
—Trato hecho.
Nos quedamos en el jardín un rato más, hablando de futuro con una ligereza que no creía posible después de todo lo que hemos vivido, y cuando finalmente decidimos entrar, con el amanecer ya asomando tímidamente sobre los tejados del Vomero, siento por primera vez desde la muerte de mi padre algo parecido a la paz genuina, la sensación de que, a pesar de todo el dolor y el peligro, he encontrado un lugar donde pertenezco de verdad.
Renata nos espera en el vestíbulo principal cuando entramos, con una expresión que mezcla cansancio y algo parecido a la satisfacción, sosteniendo una bandeja con el correo de la mañana que acaba de llegar.
—Perdón la interrupción —dice, con esa formalidad que ya reconozco como parte permanente de su personalidad—. Pero llegó algo para usted, señorita Rosales. Correo urgente, entregado a mano hace apenas unos minutos.
Tomo el sobre que me tiende, un sobre blanco sin remitente visible, similar en su sencillez al que Dante me entregó aquel día en el cementerio, hace lo que ahora se siente como toda una vida. Lo abro con curiosidad, sin ninguna sospecha real de que pudiera contener algo importante, y dentro encuentro una sola hoja, con una caligrafía que no reconozco, escrita en italiano:
Señorita Rosales,
“Sé que esto le va a parecer imposible de creer, pero necesito que confíe en mí. Hay verdades sobre la familia Moretti que ni siquiera Dante conoce completamente, y creo que usted merece saberlas antes de comprometerse más profundamente con esa casa. Nos veremos pronto.
E.M.”
Las iniciales se quedan grabadas en mi mente con una certeza fría que hace que el aire se me atasque en la garganta, y cuando levanto la vista hacia Dante, encuentro su expresión transformada por completo, la calidez de hace apenas unos minutos reemplazada por una palidez que no le había visto nunca, ni siquiera en los momentos más peligrosos que hemos compartido.
—¿Qué pasa? —pregunto, aunque algo en mi propio pecho ya empieza a sospechar la respuesta antes de que él hable.
Dante toma la carta de mis manos, con dedos que tiemblan apenas, releyendo las iniciales una y otra vez, como si esperara que cambiaran con cada nueva lectura.