El coche salió de Carmona después de las cuatro. La ambulancia de Amparo iba delante.
Elena condujo diez minutos sin hablar. Luego bajó el volumen de la radio.
—En casa de Rodrigo no puedes comportarte así.
Lucía miraba el mensaje que acababa de llegar a su teléfono.
TRANSFERENCIA RECIBIDA. FACTURA CANCELADA.
La factura de la bota ya no servía de nada. Había pasado la noche reparando una base de datos para un cliente que pagaba tarde y preguntaba demasiado.
—Así cómo.
—Como si todos te debieran una explicación.
—Si hablan de vincularme, sí.
Elena apretó el volante.
—Un buen vínculo no es una condena.
La marca de su propia nuca asomó bajo el pelo recogido. Era antigua. De antes de Rodrigo.
Lucía miró hacia la carretera.
—Entonces debería poder rechazarse.
Su madre tardó en contestar.
—Tu hermana entiende que no se vive sola en el mundo.
Martina tenía veintiún años, matrícula en el conservatorio y una fotografía en la revista de la fundación Valcárcel. Una omega ejemplar. Así la llamaban en los actos benéficos, como si fuese una denominación de origen.
Lucía cerró el teléfono.
—¿Ella sabe que voy?
—Claro.
—¿Y sabe que no voy a competir por su sitio?
—No empieces.
Pasaron el resto del trayecto escuchando la radio.
La casa de Rodrigo Valcárcel estaba detrás de un muro claro, en una calle donde los coches parecían llegar recién lavados. Elena detuvo el suyo ante la verja. Una cámara giró hacia el parabrisas.
Lucía reconoció el modelo del lector instalado bajo el portero.
No buscaba matrículas.
Buscaba glándulas activas.
Se inclinó para mirar mejor.
—¿Qué pasa? —preguntó Elena.
—Nada.
La verja se abrió.
Carmen, la encargada de la casa, las esperaba en el zaguán. Besó a Elena y se quedó a una distancia prudente de Lucía.
—La señora Amparo ya ha llegado a la clínica. Nos han llamado para decir que está instalada.
Lucía soltó por fin el aire.
—Gracias. ¿Tiene habitación individual?
—Supongo.
—Necesito saberlo.
Carmen miró a Elena.
—Se la confirmaré —dijo al final.
Elena volvió al coche para recoger a Martina. Tenía un ensayo y no convenía que esperara.
Carmen guio a Lucía al interior. El patio olía a piedra mojada y a flores demasiado dulces. Había azulejos azules alrededor de una fuente baja. Sobre las puertas, casi escondidas en las molduras, se abrían pequeñas rejillas.
Lucía contó seis.
—¿Ventilación independiente? —preguntó.
—La casa tiene un sistema de equilibrio ambiental.
—Ya.
En una de las rejillas parpadeó una luz ámbar.
Carmen señaló una bandeja de porcelana.
—El móvil, por favor.
Lucía la miró.
—¿Para qué?
—El señor no permite grabaciones en las zonas comunes. Es una cuestión de intimidad.
—Lo dejo apagado.
—Las visitas lo depositan aquí.
Lucía metió el teléfono en la mochila y cerró la cremallera.
—Entonces habrá que decidir si soy una visita o vivo aquí.
Carmen se puso colorada.
La respuesta le había salido más afilada de lo necesario. Lucía estaba cansada y aquella mujer no había colocado el lector de glándulas.
—No voy a grabar a nadie —añadió—. Pero necesito que puedan llamarme de la clínica.
Carmen retiró la bandeja.
—Su habitación está arriba.
Al pasar por la segunda planta oyeron un violín detrás de una puerta. Una escala, una pausa, la misma escala otra vez.
—La señorita Martina —explicó Carmen.
Lucía reconoció el fallo antes de llegar al siguiente escalón: el instrumento tenía una cuerda ligeramente baja. No dijo nada.
Le habían preparado una habitación junto a la terraza. Había sábanas de lino, una jarra de agua con limón y una cerradura nueva.
Lucía dejó la mochila. Probó la llave.
La puerta se cerraba desde dentro.
Por fuera había otro bombín.
—¿Quién tiene la copia?
—Yo. Para limpiar.
—Llamará antes.
Carmen dejó las toallas sobre la cama.
—Aquí siempre se llama.
Cuando se quedó sola, Lucía llamó a Amparo.
La conexión tardó. Oyó un carraspeo, el roce de una sábana.
—¿Te han tratado bien, abuela?
—Me han dado una merienda que cuesta más que mis zapatos.
—No te he preguntado eso.
—Estoy bien, Luci.
La voz de Amparo se ablandó.
—Tu madre está intentándolo.
Lucía observó la rejilla sobre el armario.
—Sí.
—No te pelees con todo el mundo el primer día.
—Haré un calendario.
Amparo soltó una risa que terminó en tos.
Después de colgar, Lucía sacó el portátil y un frasco pequeño envuelto en un calcetín. En la etiqueta solo había una letra: L.
Lo sostuvo contra la luz.
El líquido seguía transparente.
Su teléfono vibró.
NO USES LA DOSIS NUEVA SIN DECÍRMELO.
Lucía escribió:
Pues contesta cuando te llamo.
La respuesta tardó unos segundos.
Estoy atendiendo a alguien. ¿Cómo está Amparo?
En una clínica de los Valcárcel.
Esta vez el teléfono empezó a sonar inmediatamente.
Antes de que pudiera contestar, llamaron a la puerta.
—El señor Rodrigo quiere saludarla —dijo Carmen.
Lucía silenció el móvil.
En la pantalla quedó el nombre de su contacto.
NICOLÁS. NO CONTESTAR CON GENTE DELANTE.
#980 en Fantasía
#564 en Personajes sobrenaturales
#499 en Thriller
#173 en Suspenso
Editado: 01.11.2026