La deuda del azahar

3. LA CENA

Rodrigo Valcárcel se levantó cuando entró.

Ese detalle la obligó a mirarlo con algo más de atención.

No era tan alto como en las fotografías. Llevaba gafas finas, una camisa sin corbata y la seguridad tranquila de quien nunca había tenido que preguntar si podía pagar la cuenta.

—Lucía. Bienvenida.

Le ofreció la mano. Ella se la estrechó.

—Gracias por el traslado de mi abuela.

—Para eso está la familia.

Lucía no respondió. Rodrigo tampoco pareció necesitarlo.

En un sillón, su hijo Alejandro levantó la cabeza del teléfono. Tenía veinticinco años y el mismo modo de sonreír que su padre, aunque todavía no sabía esconder el esfuerzo.

—Nos conocimos de pequeños —dijo.

—No me acuerdo.

—Yo tampoco. Pero me lo han dicho y he pensado que quedaría bien.

A Lucía casi se le escapó una sonrisa.

Rodrigo le señaló un asiento. Ella eligió otro, desde el que podía ver la puerta del patio.

—Tu madre me ha hablado del problema con tus estudios.

—¿Qué versión te ha contado?

Alejandro dejó el teléfono.

Rodrigo no cambió el gesto.

—Que te suspendieron las prácticas después de un incidente.

—Eso es verdad.

—Y que falta una evaluación para que puedas reincorporarte.

—También.

—Conozco a gente en el instituto superior Santa Clara. Podemos buscar una solución.

Santa Clara tenía laboratorios de análisis biomédico, convenios hospitalarios y una comisión de admisión que hacía preguntas distintas según el color de la pulsera.

Lucía llevaba once meses intentando que le entregaran su expediente completo.

—¿Qué solución?

—Primero tendremos que hablar con ellos.

—Pídeles también el informe del incidente.

Rodrigo entrelazó los dedos.

—¿No lo tienes?

—No el original.

Elena y Martina llegaron antes de que pudiera preguntar más.

Su hermana llevaba el estuche del violín a la espalda y un pequeño colgante de oro sobre la garganta. Se parecía a su madre cuando quería caer bien.

—Lucía.

Le dio dos besos. El perfume tenía un fondo artificial que a Lucía le secó la boca: neutralizador de alta gama. Nada que ver con el pegamento de sus parches.

—Siento lo de la abuela —dijo Martina.

—Puedes ir a verla.

—Sí. Claro. Cuando salga de los ensayos.

Durante la cena hablaron de una recepción de la fundación. Martina iba a tocar. Alejandro tenía que recibir a varios invitados de Madrid. Rodrigo escuchaba mientras Carmen servía una crema fría en cuencos blancos.

Lucía llevaba la cuchara a la boca cuando notó el dulzor.

La dejó otra vez en el plato.

No venía de la comida.

Alzó los ojos hacia la rejilla del comedor.

—¿Podéis apagar el difusor?

Elena cerró los párpados un instante.

—Lucía.

—Me está dando dolor de cabeza.

—Es un regulador suave —dijo Rodrigo—. Reduce la respuesta al estrés.

—A mí me la aumenta.

Alejandro miró el pequeño mando situado junto al aparador.

—Puedo apagarlo.

Su padre lo detuvo con un gesto.

—Hay otras personas en la mesa.

Martina dejó la cuchara.

—A mí no me importa.

Rodrigo la observó, sorprendido. Después asintió.

El ventilador cambió de tono. Lucía esperó hasta que pudo respirar sin aquel sabor pegado a la lengua.

—Gracias.

La conversación tardó en arrancar de nuevo.

Fue Elena quien la recuperó.

—Rodrigo está mirando lo de Santa Clara. Tendrías que poner algo de tu parte.

—He dicho que quiero mi expediente.

—No solo eso. Una actitud distinta. Algo que enseñar además de un historial de problemas.

Martina movió el vaso entre los dedos.

—Tú tocabas, ¿no?

Lucía la miró.

—Hace años.

—Podrías presentarte a la prueba de acceso del programa artístico —continuó Elena—. Siempre se te dio bien. Yo pagué aquellas clases.

—Dejé de ir.

—Eso ya lo sé. Nunca me explicaste por qué.

Lucía partió un trozo de pan.

Podía mentir. Decir que se había aburrido. Era lo que todos esperaban y, en general, lo más rápido.

Pero su madre llevaba todo el día hablándole de oportunidades.

—El hijo del profesor cerró la puerta del aula conmigo dentro.

Elena se quedó inmóvil.

—Lucía…

—Le rompí dos dedos para que abriera.

El aire del comedor pareció encogerse.

Alejandro apartó el plato. Martina miró a su madre.

—Nos dijeron que le habías atacado —murmuró Elena.

—Sí. Esa parte la contaron.

Rodrigo dejó la servilleta sobre la mesa.

—¿Hubo una denuncia?

—Una suya.

—Me refiero a la tuya.

Lucía lo sostuvo con la mirada.

—Yo tenía diecinueve años, un certificado de inestabilidad y un profesor dispuesto a declarar por su hijo. ¿Quieres saber cuántas veces intenté ponerla o cuántas veces la admitieron?

Elena hizo ademán de tocarle el brazo. Lucía lo retiró antes de que llegara.

Nadie volvió a mencionar el violín.

Cuando terminaron, Rodrigo le pidió que se quedara un momento.

Esperó hasta que los demás salieron.

—La clínica de tu abuela está pagada —dijo—. No depende de que aceptes un vínculo.

Lucía notó una punzada de vergüenza por haber agradecido algo que tendría que haber sido obvio.

—Quiero eso por escrito.

Rodrigo tardó un segundo en responder.

—Mañana lo tendrás.

Ella asintió.

Ya en la puerta, él añadió:

—Pero mientras estés aquí habrá normas de seguridad.

Lucía miró el mando del difusor.

—Entonces tendremos que hablar de quién decide qué es seguro para mí.




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