Al subir, encontró a Martina en el descansillo.
Tenía el violín fuera del estuche, sujeto por el mástil.
—No sabía lo del profesor.
—No te lo he contado para que te disculpes.
—No iba a hacerlo.
Lucía se detuvo.
Por primera vez, su hermana pareció menos preocupada por quedar bien que por decir algo cierto.
—Mamá no cuenta las cosas que no sabe arreglar —dijo Martina.
—¿Y tú sí?
Martina bajó los ojos al instrumento.
—Yo suelo enterarme después.
Durante un momento se quedaron calladas.
—La cuerda la está baja —dijo Lucía.
Su hermana frunció el ceño.
—Acabo de afinarlo.
—Compruébala.
Entró en su cuarto antes de que Martina pudiera contestar.
Llamó a la clínica, confirmó la medicación de Amparo y esperó a oír su voz. Después se duchó y se puso una camiseta limpia. La irritación del cuello había empeorado.
No abrió el frasco.
Conectó el portátil.
En la pantalla apareció Nicolás, mal iluminado y con una mascarilla colgando de una oreja.
—Enséñame el parche.
—Buenas noches a ti también.
—Lucía.
Ella apartó el pelo.
Él soltó una palabrota.
—Quítatelo.
—Estoy en una casa llena de lectores.
—Y te estás quemando la piel.
Lucía se despegó el adhesivo muy despacio. Le temblaron los dedos al final.
Nicolás no dijo nada hasta que acabó.
—Lava la zona. No uses otro esta noche.
—Han puesto un regulador en el comedor.
Él se acercó a la cámara.
—¿Cuál?
Lucía compartió la fotografía que había tomado del mando.
Nicolás tardó demasiado en responder.
—Sal de la habitación.
Ella levantó la vista hacia la rejilla.
—¿Lleva el mismo circuito?
—No lo sé. No voy a adivinarlo con tu salud.
Lucía se puso en pie y abrió la puerta de la terraza. El aire caliente de la noche entró arrastrando ruido de tráfico.
—Ya está.
—Ese sistema puede utilizar mezclas diferentes. Necesito el cartucho, no la carcasa.
—Lo conseguiré.
—Sin meterte en los conductos a las dos de la mañana, por favor.
Ella apoyó el portátil en la mesa exterior.
—Te están buscando.
Nicolás se quedó quieto.
—¿Quién?
—Una consulta de Madrid. Alguien ha pedido las compras de reactivos de tu cooperativa.
—Puede ser una auditoría.
—Una auditoría no pregunta por un médico que dejó de figurar en plantilla hace tres años.
Él miró por encima del hombro.
Del otro lado de la llamada llegó una voz. Nicolás respondió que iba enseguida.
—No sigas tirando de ese hilo —le dijo—. Lo de Amparo primero. Tu expediente después. Ya tienes bastante.
—No me digas qué puedo aguantar.
Nicolás se pasó una mano por la cara.
—Vale. Perdona. No quería decir eso.
La disculpa desarmó a Lucía más deprisa que cualquier consejo.
Él señaló algo fuera de cámara.
—Tengo que volver. Mándame la foto del cartucho y no tomes la fórmula nueva. Aún no sabemos qué hace combinada con esos reguladores.
—Entendido.
—Y come algo.
—¿Os habéis puesto de acuerdo todos?
Cuando terminó la llamada, el silencio le pesó.
Abajo se cerró una puerta. Un coche arrancó. Al otro lado de la pared, Martina volvió a tocar la misma escala.
Esta vez, afinada.
Lucía se sentó y abrió una ventana distinta en el ordenador.
No tenía un nombre vistoso ni una calavera de bienvenida. Era una lista de solicitudes, fechas y códigos de paciente. Cientos de pequeños errores administrativos, tal como los describían las instituciones que los cometían.
Una omega que había perdido su beca al rechazar una evaluación.
Un beta al que la empresa obligaba a llevar un neutralizador que no necesitaba.
Una solicitud de separación rechazada porque el vínculo seguía registrado como voluntario.
La red los llamaba casos.
Lucía los leía con sus nombres.
Había empezado años atrás, arreglando el ordenador de una vecina de Amparo. Después había aprendido a recuperar archivos, a detectar cambios en historiales y a demostrar cuándo una firma se había añadido después de una consulta.
No sabía hacerlo todo. Había necesitado ayuda, había perdido pruebas y una vez había confiado en la persona equivocada.
El incendio había sido después.
De aquello no pensaba ocuparse esa noche.
Abrió su propio expediente.
La versión que había visto Rodrigo tenía siete páginas. La que ella conservaba tenía nueve.
En las dos últimas figuraban los números de lote de un regulador experimental, cuatro ingresos hospitalarios y la orden de borrar las muestras.
Debajo había una firma.
VALCÁRCEL BIOTEC. DIRECCIÓN DE SEGURIDAD CLÍNICA.
Lucía dejó las manos sobre el teclado.
Lo había comprobado tres veces durante el último año. Aquella filial ya no existía. Sus archivos se habían dispersado entre sociedades con otros nombres.
Pero el mando del comedor llevaba el mismo logotipo que una de sus antiguas patentes.
Sonaron dos golpes en la puerta.
Lucía cerró el archivo.
—¿Sí?
—Soy Carmen. Hay una llamada para usted en el teléfono de abajo.
—¿De la clínica?
—No. Un señor. Dice que se llama Mateo.
El hombre del hospital.
Lucía miró la mochila apoyada contra la silla.
—Dígale que llame a mi número.
—Dice que no lo tiene.
—Entonces que siga sin tenerlo.
Carmen no se marchó.
—También ha dicho que compruebe la caja de sus parches antes de ponerse otro. Que el lote está retirado.
Lucía abrió la mochila.
El número venía impreso en azul. Lo comparó con el que figuraba en la notificación que Nicolás le había enviado una semana antes.
No coincidía.
Se acercó a la puerta y abrió.
—¿Ha dicho retirado por quién?
—No, señorita.
Lucía bajó con ella.
El teléfono descansaba sobre la consola del recibidor. Junto al auricular había una pequeña libreta donde Carmen apuntaba recados. La última línea decía: MATEO SALVATIERRA. URGENTE.
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Editado: 01.11.2026