La deuda del azahar

5. LA CARTA

Elena contestó al cuarto tono.

—Estoy abajo, Lucía.

—¿Has autorizado que me evalúen?

Se oyó un roce. Después, silencio.

—Es una revisión. Para Santa Clara.

Lucía miró la pantalla.

—Pone evaluación de capacidad de consentimiento.

—Me dijeron que era el procedimiento para reabrir tu expediente.

—Tengo veintidós años. Tu firma no sustituye a la mía.

Su madre apareció al fondo del pasillo con el móvil todavía pegado a la oreja. Colgó cuando vio a Carmen.

—Podrías haberme preguntado en privado.

—Lo estoy haciendo.

Carmen se retiró sin que ninguna se lo pidiera.

Elena miró el mensaje. Su expresión cambió al llegar al nombre del procedimiento.

—Eso no es lo que me explicaron.

—Entonces retíralo.

—A estas horas no va a contestar nadie.

Lucía le tendió el teléfono de la casa.

—Deja constancia por correo. Ahora.

Esperó junto a ella mientras escribía. Antes de que pulsara enviar, pidió que añadiera una frase: la interesada no había solicitado ni consentido aquella evaluación.

Elena obedeció. Después la miró con los ojos brillantes.

—No sabes lo difícil que es ayudarte.

Lucía sintió el cansancio como un golpe detrás de la frente.

—Empieza por preguntarme.

Durmió tres horas, con una silla contra la puerta y la terraza abierta.

Por la mañana, Rodrigo estaba en el comedor. Había dejado junto a su taza una copia del compromiso de cobertura de Amparo. Lucía lo leyó antes de sentarse.

La asistencia no dependía de ninguna evaluación de la nieta. Tampoco de un vínculo.

—Falta la duración —dijo.

Rodrigo sacó una pluma.

—Seis meses, prorrogables según indicación médica.

Ella asintió. Él lo añadió y firmó.

—Lo de anoche no debió tramitarse sin consultarte.

—¿Quién lo tramitó?

—La oficina de admisiones de la fundación. He pedido que lo revisen.

No era una respuesta completa, pero era la única que parecía dispuesto a darle.

Martina entró mientras Elena servía café. Llevaba una carpeta del programa musical de Santa Clara. Su convenio permitía utilizar las salas del instituto para ensayos y actos.

—¿Vas hoy? —preguntó a Lucía.

—Sí.

Rodrigo dejó la pluma.

—Precisamente. La coordinadora dice que no puede admitirte en el grupo superior con el expediente suspendido. Podemos hablar con otro centro.

Elena dejó la cafetera demasiado deprisa.

—Después de todo lo que hemos movido…

Lucía mordió una tostada con aceite.

—No hace falta otro centro.

—No puedes presentarte allí y exigir una plaza —dijo su madre.

—Tengo una entrevista con el director.

Martina levantó la vista.

—¿Con Salcedo?

Lucía sacó un sobre doblado de la mochila.

Elena no lo abrió.

—Basta. No voy a llamar otra vez para que me digan que ni siquiera te conocen.

Alejandro, que acababa de entrar, alargó una mano.

—¿Puedo?

Lucía le pasó la carta.

Él leyó las primeras líneas. La sonrisa se le borró.

—Es una convocatoria de admisión extraordinaria.

Rodrigo se volvió hacia él.

—¿Estás seguro?

—Reconozco la firma. Me concedió una beca hace seis años.

Lucía recuperó el sobre y se levantó.

—No llego tarde porque nadie me quiera. Llego tarde porque estamos discutiendo una carta que no habéis leído.

Elena abrió la boca, pero su hija ya se había colgado la mochila.

En la entrada, Carmen la llamó.

—Le he guardado esto.

Era un bocadillo envuelto en papel.

Lucía lo cogió. El gesto le quitó las ganas de seguir enfadada con ella.

—Gracias.

Salió a la calle sin esperar al coche.

En el autobús abrió el correo de Mateo.

Había enviado el informe a las tres y doce de la madrugada. Sin saludo. Sin condiciones.

Al final, una nota: «El lote puede alterar la lectura del receptor, además de irritar la piel. No demuestra por sí solo una enfermedad. No dejes que lo utilicen como diagnóstico».

Lucía volvió a mirar su pulsera gris.

La fecha de fabricación coincidía con la semana en que la habían apartado de prácticas.




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