El director Salcedo tenía una mancha de café en el puño y ninguna intención de disimular que llevaba rato esperándola.
—Llegas ocho minutos tarde.
—El autobús.
—La última vez fue un incendio.
Lucía cerró la puerta.
—Aquello no fue culpa mía.
—No he dicho que lo fuera.
Había dos sillas preparadas. Ella eligió la que no daba la espalda al pasillo. Salcedo lo vio y no comentó nada.
—La plaza no te la estoy regalando —dijo—. Has aprobado la prueba de acceso. Y el acuerdo que te permite estudiar mientras se revisa la suspensión es válido.
—¿También para las prácticas?
—Todavía no. No voy a mentirte.
Lucía dejó la mochila a sus pies.
Aquello era lo que necesitaba: saber qué puerta estaba abierta y cuál seguía cerrada.
Llamaron. Entraron una mujer de traje claro y un hombre con una pila de carpetas bajo el brazo.
—Profesora Beltrán. Profesor Ortega. Esta es Lucía Serrano.
Beltrán hojeó el expediente sin sentarse.
—¿La incorporación es definitiva?
—Académicamente, sí —respondió Salcedo.
—Mi grupo tiene prácticas concertadas. No puedo garantizar la seguridad si hay una evaluación pendiente.
Lucía apoyó una mano sobre la pulsera.
Ortega dejó sus carpetas.
—¿Pendiente o solicitada sin consentimiento? No es lo mismo.
Beltrán lo miró.
—Las empresas no hacen esa distinción.
—Entonces tendremos que hacerla nosotros.
Salcedo se quitó las gafas.
—No estamos decidiendo si Lucía puede estudiar. Estamos decidiendo qué grupo le ofrece una incorporación adecuada.
Beltrán cerró la carpeta.
—En el mío no puedo asumirla.
La frase quedó suspendida entre los cuatro.
Ortega miró a Lucía, no al director.
—El B tiene laboratorio por la tarde, tutorías los jueves y gente que trabaja por las mañanas. Si el horario te sirve, podemos organizarlo.
—Me sirve.
—Pues ven. Te enseño dónde están las taquillas.
Beltrán salió primero.
En el pasillo, Ortega esperó a que se alejara.
—No necesito que me demuestres nada hoy. Pero sí que me avises si faltas.
Lucía asintió.
—¿Hay enfermería?
Él miró la irritación de su cuello sin acercarse.
—Al final del patio. Puedo acompañarte.
—Prefiero ir sola.
—De acuerdo. A las once te espero en el aula doce.
Cuando Ortega volvió al despacho, Salcedo había sacado unas hojas de un archivador.
—Antes de que empieces con el discurso de recuperar a una alumna perdida, mira esto.
Era la prueba que Lucía había enviado meses atrás. Análisis de datos, interpretación de un ensayo y un problema de calibración.
Ortega se sentó.
Durante un rato solo se oyó el roce del papel.
—El resultado oficial de la tercera pregunta está mal —dijo al fin.
—Lo sé.
—Ella también lo vio.
Salcedo asintió.
Ortega repasó el margen. Había dos líneas de cálculo, una corrección y una observación sobre el sesgo de las muestras.
—¿Por qué no me lo enseñaste antes?
El director tardó en contestar.
—Porque quería saber si la admitirías sin esto.
Ortega dejó las hojas sobre la mesa.
—Eso ha sido bastante injusto conmigo.
—Sí.
—Y no arregla lo que le han hecho a ella.
Salcedo cerró el archivador.
—No. Pero ahora tenemos una oportunidad de empezar.
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Editado: 01.11.2026