La enfermería olía a jabón y a café recalentado.
Un hombre con un pendiente plateado estaba reponiendo gasas. Levantó la vista cuando Lucía llamó al marco.
—Pasa. Soy Adrián, enfermero. ¿Qué necesitas?
—Dormir.
Él dejó la caja.
—¿Desde cuándo no duermes bien?
—Depende de lo que consideres bien.
—Eso suele significar bastante tiempo.
Adrián señaló una silla. Antes de que ella se sentara, alguien habló desde la habitación contigua.
—Lucía.
Mateo salió con una taza en la mano.
De cerca parecía menos descansado que en el hospital. Tenía una marca del sillón en la mejilla y el pelo húmedo de haberse lavado la cara.
Ella se quedó de pie.
—Qué casualidad.
—Trabajo aquí dos días por semana.
—¿También vendéis los difusores?
Adrián miró a uno y a otro.
Mateo dejó la taza.
—La empresa de mi familia, sí. Yo hago revisión clínica de sus efectos adversos. Puedes pedir que te vea otra persona.
Lucía reparó en la placa junto a la puerta: Mateo Salvatierra. Medicina interna. Consulta concertada.
—¿Sabía Salcedo quién eres?
—Sí.
—¿Y sabe por qué estás aquí?
—Sí.
La respuesta le resultó más inquietante que una evasiva.
Adrián cerró el cajón con suavidad.
—Puedo quedarme durante la consulta —le dijo a ella—. O buscarte una cita fuera. Tú eliges.
Lucía pensó en la noche sin dormir, en la entrevista y en el correo que Mateo sí había enviado.
—Te quedas.
Mateo abrió la puerta de la consulta y se apartó.
No intentó tocarle el cuello. Le preguntó si podía examinar la piel y esperó una respuesta antes de ponerse los guantes.
Ella dijo que sí.
El permiso era concreto. Aun así, le costó relajarse.
Cuando él se inclinó, Lucía percibió una nota amarga, limpia, bajo el jabón. La respuesta de su cuerpo fue inmediata y molesta: calor bajo la clavícula, una atención que no había decidido prestar.
Se echó hacia atrás.
Mateo retiró las manos.
—¿Dolor?
—Distancia.
Él se apartó.
Ni una sonrisa. Ni un comentario sobre compatibilidad.
Aquello no lo hacía inocente. Lo hacía capaz de obedecer una palabra.
Lucía pudo respirar de nuevo.
Mateo explicó qué veía y qué no podía concluir. Le ofreció un análisis voluntario, un producto para proteger la piel y una revisión del insomnio. No le entregó sedantes por una firma rápida.
—No quiero otra evaluación que me cierre puertas —dijo ella.
—Esta consulta no certifica tu capacidad de consentir. Y puedes pedir una copia íntegra.
—La quiero.
Adrián la imprimió antes de que se marchara.
En el patio, Lucía abrió el sobre. El formulario solo contenía lo que había dicho y lo que él había examinado.
Era absurdo sentir alivio por algo tan pequeño.
A las once encontró al grupo B todavía en el descanso.
—Dicen que viene de una suspensión —comentó un muchacho junto a la ventana.
—Y tú llevas dos recuperaciones —respondió una chica—. A ver si nos reciben con música.
Ortega apareció detrás de Lucía.
—Vamos entrando.
Ella cruzó el aula, escribió su nombre en la pizarra y se volvió.
—Lucía. Si os falta otra información, preguntadme.
El muchacho de la ventana se puso rojo.
La chica apartó una mochila del asiento contiguo.
—Soy Inés. Aquí no llega el aire acondicionado. Pero tampoco gotea el techo.
Lucía se sentó.
Al fondo, un alumno recogía sus cosas. Llevaba una carpeta de partituras y miró el reloj antes de salir. No llegó a verla de frente.
—Darío —susurró Inés—. Tiene permiso para ensayar con el programa musical. Si te dice que no hagas ruido, pídele que pague alquiler.
Lucía dejó escapar una risa breve.
Por primera vez desde que había llegado a Sevilla, alguien esperaba de ella algo distinto de un problema.
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Editado: 01.11.2026