La deuda del azahar

8. LA CUENTA

Al terminar la primera clase, Lucía pidió el formulario de residencia.

Ortega levantó la cabeza.

—Hay una habitación en un piso concertado. No está en el recinto. ¿Eso te sirve?

—¿Se cierra desde dentro?

Él dejó de buscar entre los papeles.

—Sí.

No le preguntó por qué.

Lucía llamó a la clínica mientras esperaba que imprimiera la solicitud. Amparo había dormido bien. Elena estaba con ella.

—Voy a buscar mis cosas —le dijo a su madre—. Después pasaré a veros.

—¿Qué cosas?

—Me quedo en una residencia.

—Hablamos cuando llegues.

Pero Elena llamó de nuevo antes de que el autobús alcanzara la siguiente parada. Lucía contestó y oyó su voz lejos del micrófono.

—No, mamá. No se trata solo de pagarle una habitación. ¿Qué digo cuando pregunten por qué no puede estar en casa sin discutir? Las hermanas de Rodrigo llegan el viernes.

—Pues les dices que es tu hija —respondió Amparo.

Lucía miró el reflejo de su cara en el cristal.

—Mamá.

Hubo un ruido seco. Elena cogió el teléfono.

—No me había dado cuenta de que seguía conectada.

—Ya.

—No era eso lo que quería decir.

—Voy a por la mochila. Luego visito a la abuela.

En la casa, Carmen abrió antes de que llamara por segunda vez.

—Su madre ha pedido que le prepare otro cuarto.

—No hace falta.

Arriba encontró dos vestidos nuevos sobre la cama. Uno tenía todavía la etiqueta. Habían sustituido la colcha blanca por otra color melocotón.

Guardó el portátil, el frasco y los dos parches que no volvería a usar. Dejó los vestidos donde estaban.

En el pasillo, Carmen le entregó la copia de una llave.

—La de su puerta. Hay dos. Esta era la mía.

Lucía la sostuvo un momento.

—Gracias. Pero me voy.

Carmen asintió, sin fingir sorpresa.

—¿Quiere que le pida un taxi?

—Puedo pagarlo yo.

No era cierto de la manera que habría imaginado su madre. Lucía tenía dinero, pero no todo estaba disponible. La mayor parte de los pagos por su trabajo había quedado retenida durante la investigación del laboratorio. Podía recibir cantidades pequeñas y cobrar encargos nuevos; para liberar el resto tenía que identificarse en persona y aportar la resolución de archivo.

Llevaba semanas retrasándolo.

Ese día dejó de parecerle prudencia.

En la oficina bancaria esperó su turno junto a un hombre que discutía por una comisión. Cuando le tocó, presentó el documento de identidad y una carpeta de justificantes.

La empleada abrió la ficha.

—Necesito que lo vea mi responsable.

Lucía se preparó para otra negativa.

El responsable llegó con una silla.

—La restricción se levantó ayer. Tenemos pendiente verificar el destino de la transferencia que solicitó.

No hubo reverencias ni una tarjeta milagrosa. Hubo cuarenta minutos de preguntas, dos firmas y una llamada para confirmar la factura de la clínica.

Después, en la pantalla, apareció el saldo disponible.

Lucía no sonrió hasta salir.

Primero pagó el depósito de la residencia. Luego reservó una consulta independiente para Amparo y dejó una cantidad suficiente para poder trasladarla si era necesario.

No había comprado libertad para siempre.

Había comprado margen. Era más de lo que tenía aquella mañana.

En la clínica, Amparo la recibió con una naranja pelada a medias.

—Tu madre dice que te vas.

Lucía se sentó junto a ella.

—A veinte minutos. No a otro país.

Amparo le examinó la nuca.

—Te has quitado eso.

—Me hacía daño.

—Ya era hora.

Lucía sonrió.

—Te llamaré esta noche.

Cuando se levantó, su abuela la retuvo por la muñeca.

—Todavía tienes el violín, ¿verdad?

Ella miró hacia la puerta.

—Sí.

—Entonces no digas que no sabes tocar.

Lucía le dio un beso en la frente.

—No es lo mismo saber que querer demostrarlo.




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