El piso de la residencia estaba al otro lado del río. Inés había insistido en acompañarla después de clase, pero Lucía prefirió dejar primero la mochila y volver por sus cajas cuando abriera la conserjería.
Tomó una calle estrecha, buscando sombra.
Al fondo, tres hombres ocupaban la salida.
No se parecían a los chavales que fumaban en la puerta del instituto. Llevaban pantalones oscuros, zapatos cerrados y una carpeta de plástico. Uno tenía el lector portátil que Lucía había visto en algunos controles privados.
—Lucía Serrano.
Ella se detuvo a varios pasos.
—¿Quién pregunta?
El de la carpeta mostró una credencial demasiado deprisa.
—Verificación de bienestar. Tenemos una solicitud.
—Está retirada.
—Eso tendrás que aclararlo en el centro.
Lucía dejó la mochila junto a una puerta y sacó el teléfono.
—Enseña otra vez la identificación.
El hombre no obedeció.
Uno de los otros dos se movió para quedar a su espalda.
Lucía sintió el cambio antes de reconocer el olor. Una descarga química, amarga, le subió por la nariz. El lector tenía un segundo depósito.
Le lloraron los ojos.
—Apaga eso.
—Si colaboras, acabamos antes.
Se acercó para sujetarle el brazo.
Lucía se apartó y le golpeó la muñeca contra el marco de la puerta. El lector cayó al suelo. Antes de que pudiera recuperarlo, lo arrastró de una patada hacia la calzada.
El segundo hombre la agarró por la mochila. Ella soltó el asa, giró y le empujó contra la pared con todo el peso del cuerpo. No cayó. La sujetó del hombro y le arrancó una exclamación de dolor.
—¡Suéltala!
La voz llegó desde la esquina.
Mateo se acercaba. Adrián iba unos pasos detrás, hablando por teléfono.
El hombre de la carpeta retrocedió.
Lucía aprovechó el instante para clavar el talón sobre el pie del que la retenía. Él aflojó la mano. Ella escapó hacia la puerta del bar de al lado.
El camarero salió al oír el golpe.
—¿Qué coño está pasando?
Ya había gente mirando desde dos balcones.
Mateo se detuvo entre Lucía y los hombres, sin tocarla.
—Identificación —dijo.
Esta vez la credencial permaneció visible.
Él leyó el nombre.
—Esto no os autoriza a trasladar a nadie.
El de la carpeta empezó a hablar de un protocolo. Adrián dio en voz alta la dirección al operador. El camarero señaló la cámara sobre la puerta.
La negociación se acabó allí.
Lucía temblaba cuando llegó la policía. Le enfureció no poder impedirlo. También le dolía el hombro y tenía una náusea que no cedía.
Mateo se agachó junto al lector, sin recogerlo.
—Conservad el cartucho —les dijo a los agentes—. Puede haber exposición a una sustancia.
Lucía lo miró.
—No vas a llevártelo tú.
Él levantó los ojos.
—No.
Cuando terminó de declarar, Adrián le ofreció agua. Mateo esperaba a unos metros.
—¿Quieres que te acompañemos? —preguntó el enfermero.
Lucía se pasó la botella fría por la frente.
—A la enfermería. Después voy a mi habitación.
Mateo asintió.
—Como quieras.
Ella lo detuvo antes de que echara a andar.
—¿Cómo has reconocido a esos hombres?
Él miró la credencial que seguía en manos del agente.
—Han trabajado para una contratista de mi familia.
Lucía soltó una risa seca.
El dolor del hombro latía con cada respiración.
—Vaya. Empiezo a conocer a todo el mundo a través de ti.
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Editado: 01.11.2026