La deuda del azahar

10. LA QUE TOCABA

El reconocimiento no mostró una lesión grave. Lucía salió de la enfermería con una compresa fría, una copia del informe y el número de la denuncia anotado en el móvil.

No se sentía victoriosa.

Había conseguido quedarse en la calle, a plena vista, y que la escucharan. Lo demás seguía abierto.

En la residencia encontró sus dos cajas. Las había enviado antes de viajar, cuando todavía no sabía si Salcedo mantendría su palabra.

La primera contenía ropa y libros.

La segunda, el violín.

Lo sacó sin abrir el estuche. Se quedó un rato con la mano apoyada en la tapa.

El hombro le dolía menos, pero no iba a forzarlo. Necesitaba una sala tranquila, no tocar durante horas.

Inés le había hablado del pequeño espacio de ensayo del instituto. Lucía volvió antes de la clase de tarde, pidió una llave en conserjería y firmó el registro.

La sala daba a un patio interior. Había un piano vertical, dos atriles y una ventana atascada a medio abrir.

Lucía dejó el teléfono en silencio.

Afinó despacio.

La primera nota salió áspera. Bajó el arco. Esperó a que sus manos dejaran de recordar el marco de la puerta y la fuerza de los dedos en el hombro.

Volvió a intentarlo.

Esta vez el sonido se sostuvo.

No tocó para nadie. Probó una frase corta, la repitió y fue encontrando el pulso que había perdido en la calle. La respiración se le hizo más lenta.

Abajo, Darío se detuvo con dos cafés en la mano.

—¿Qué? —preguntó Bruno, que caminaba a su lado.

Darío miró hacia la ventana.

Conocía aquella frase. La había oído en una grabación vieja, sin nombre, que su profesor utilizaba para explicar cómo podía cambiar una pieza sin cambiar una sola nota.

—Espera.

Subió deprisa.

Cuando llegó, la música había terminado. La sala estaba vacía. Lucía había devuelto la llave y salido por la otra escalera para ir al baño.

Darío encontró un atril desplazado y una hoja en blanco.

Bruno apareció detrás.

—Martina ensaya aquí, ¿no?

—A veces.

—Pues sería ella.

Darío no respondió. La había escuchado muchas veces. Aquello no sonaba igual.

Cuando vio su nombre en el horario del programa musical, dejó uno de los cafés en recepción para ella. Luego escribió un mensaje preguntándole qué había tocado.

Martina leyó el mensaje entre dos clases.

«Nada todavía. Ensayo a las seis».

Darío volvió a mirar la puerta de la sala.

En el aula doce, Lucía intentaba escribir con la izquierda para no cargar el hombro derecho. Inés dejó sobre su mesa una hoja de ejercicios.

—Ortega dice que puedes entregarla mañana.

—¿Y si no la entrego nunca?

—Tendrás que enamorarlo primero. Le gustan mucho las tablas bien rotuladas.

Lucía se rio. El movimiento le tiró del hombro y la hizo callarse.

Inés la miró con más cuidado.

—¿Qué te ha pasado?

Antes de que pudiera responder, Bruno entró con el móvil levantado.

—¿Eres tú?

En la pantalla aparecía una fotografía de la calle. Lucía junto al bar, con la mochila en una mano y el pelo pegado a la cara. El titular de una cuenta local decía: «Una omega se enfrenta a tres agentes de bienestar».

Debajo, alguien había publicado el nombre del instituto.

Y su nombre completo.

Lucía cogió el teléfono.

—¿Quién lo ha subido?

—Lo están compartiendo en el grupo.

—Pide que borren mi nombre.

Bruno bajó los brazos.

—Creía que te gustaría. Todo el mundo dice que…

—No sabes quién está leyendo.

Él miró otra vez la foto. Esta vez vio el lector en el suelo y al hombre que intentaba ocultar la cara.

—Vale. Lo pido.

Inés sacó su propio móvil.

—Yo escribo a los administradores.

Lucía les dio las gracias. No supo decirlo de una manera que no sonara brusca.

En la puerta empezaba a reunirse gente. Ella guardó la hoja de ejercicios y se levantó cuando vibró el teléfono.

Nicolás.

Lo dejó sonar hasta llegar al extremo del pasillo.

—Estoy en clase.

—He visto la foto.

—Estoy bien.

—No te he preguntado eso todavía.

Lucía apoyó la espalda en la pared.

—Pues pregunta.

Él respiró hondo.

—¿Estás a salvo ahora?

Ella miró hacia el aula. Inés había cerrado la puerta para apartar a los curiosos. Ortega venía por el pasillo.

—Ahora sí.

Nicolás bajó la voz.

—He comprobado la consulta sobre mí. El nombre del cliente no aparece, pero había un documento adjunto. Una solicitud internacional de información.

Lucía apretó el móvil.

—¿De qué tipo?

—Quieren identificar a la persona que recuperó los archivos del laboratorio. No es una orden de detención, pero están relacionando cuentas y alias.

Ella cerró los ojos.

—¿Qué alias?

Nicolás tardó un segundo.

—Lumbre.

Al otro lado del patio, Mateo salió de la enfermería. La vio, pero no se acercó.

—Lucía —dijo Nicolás—. ¿Por qué tu nombre figura junto a Lumbre?

Ella observó la distancia entre Mateo y la puerta del instituto.

Por primera vez desde el hospital, se preguntó si él llevaba todo el tiempo guardándola.

O esperando a que intentara salir.

FIN DEL CAPÍTULO 10




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