Iván esperó a que despejaran la acera y volvió junto a Lucía.
La expresión furiosa había desaparecido. Ahora parecía un hombre al que acababan de pillar haciendo ruido delante de una biblioteca.
—Podrías haber avisado de que venías a Sevilla.
—Llegué ayer.
—Y ya has salido en todas partes.
—Tú has tardado tres minutos en montar un espectáculo. Vas ganando.
Bruno miró a Darío. Darío no le devolvió la mirada.
Inés seguía sujetando a Lucía.
Iván se fijó por fin en ella.
—¿La he asustado?
—Adivina —dijo Lucía.
Él se pasó una mano por el pelo.
—Perdona. Soy Iván. No vengo a buscar pelea.
Una mujer se acercó desde la segunda moto.
—Hoy —precisó.
—Lola —dijo él, resignado—. Mi hermana.
Lola saludó a Lucía con dos besos, teniendo cuidado con el hombro.
—El del bar ha guardado las imágenes. Y el local de enfrente también. Ya tienen el número de tu denuncia.
Lucía la miró con una atención distinta.
—¿Se ve el cartucho?
—Se ve quién lo activa. Y se oye que pides que lo apaguen.
Aquello valía más que cien comentarios llamándola valiente.
—Mándaselo a Teresa. Le he pedido que lleve el caso.
Lola alzó su teléfono.
—Ya lo tiene. No hemos difundido nada.
Iván miró al grupo que seguía observándolos.
—¿Podemos dejar de parecer una rueda de prensa?
Bruno dejó escapar una carcajada.
—Tú has venido en caravana.
—Y ella ya me ha puesto una multa. Vamos bien.
Inés aflojó por fin la mano. Lola iba hacia Triana y se ofreció a acompañarla. Lucía le dijo que iría al piso después de comprar los libros.
Bruno esperó a que ambas se alejaran.
—¿Y vosotros de qué os conocéis?
Iván cogió la mochila de Lucía antes de que ella tuviera que cargarla sobre el hombro dolorido.
—Cuando quisieron cerrarnos el taller, alguien manipuló las mediciones. Esta mujer encontró los originales.
—La abogada os devolvió la licencia —dijo Lucía.
—Y tú encontraste lo que otros dos técnicos no habían querido ver.
Darío miró a Lucía por primera vez sin distraerse con su aspecto.
Ella le sostuvo la mirada un instante y la retiró.
Iván abrió la bolsa de la librería para recoger los libros que había elegido.
—¿Hay algo en lo que no te manden hacer deberes?
—Sí. En quitarte las manos de encima de mi manual.
Iván comprobó la grasa de sus dedos y obedeció.
El teléfono vibró cuando llegaron a caja.
Un intermediario le enviaba una oferta a la dirección de trabajo de Lumbre.
«Cliente verificado. Solicita exclusivamente tu intervención. Anticipo: diez veces la tarifa».
Lucía abrió la descripción. Recuperación de registros borrados. Datos de una filial de biotecnología.
En el contacto del cliente figuraba un nombre.
Alejandro Valcárcel.
La sonrisa que se le dibujó esta vez hizo que Iván bajara los libros.
—¿A quién le va a ir mal?
—Todavía está decidiéndolo él.
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Editado: 01.11.2026