La deuda del azahar

13. NO ESTOY EN VENTA

Lucía terminó de leer las condiciones fuera de la librería.

El cliente exigía exclusividad, silencio sobre los hallazgos y entrega de cualquier dato recuperado, afectara a quien afectara.

No pedía un informe. Pedía una caja que pudiera volver a cerrar.

Lucía escribió:

«No trabajo con cesiones ilimitadas de información de terceros. Encargo rechazado».

El intermediario respondió antes de que ella guardara el móvil.

«El cliente puede mejorar la oferta».

Lucía apoyó la espalda en la pared.

«Que mejore las condiciones».

Iván encendió un cigarrillo, se acordó de la irritación del cuello de Lucía y se alejó unos pasos.

—¿Mucho dinero?

—El suficiente para pensar que he leído mal.

—¿Y has leído mal?

—No.

Iván sonrió.

En una terraza cercana, una pareja discutía sobre quién había pedido la cuenta. Lucía los observó y sintió una envidia breve de aquella clase de problemas.

Su teléfono recibió otro mensaje. Esta vez era Teresa, la abogada.

«He presentado la petición para conservar las grabaciones. La empresa reconoce que su credencial no facultaba un traslado. Solicito también suspensión del servicio contratado por el instituto mientras se aclaran los hechos».

Lucía leyó la frase dos veces.

No era el final. Era una puerta que acababa de abrirse en la dirección correcta.

Le envió a Iván el mensaje.

Él dejó de sonreír.

—Reconocen lo de la credencial.

—Por escrito.

—Pues esta vez no van a arreglarlo diciendo que te pusiste nerviosa.

Lucía metió el móvil en el bolsillo.

—Esta vez van a tener que hablar de lo que hicieron ellos.

Iván apagó el cigarrillo y le devolvió la mochila.

—Te llevo al piso.

—Voy andando.

—Entonces voy andando.

Ella lo miró con una ceja levantada.

—¿No tienes taller?

—Tengo una hermana que manda más que yo. El taller sobrevivirá diez minutos.

Lucía no discutió.

En casa de los Valcárcel, Alejandro salió del comedor para atender una llamada.

El intermediario no se anduvo con rodeos.

—Le devuelvo el anticipo. El especialista no acepta la cesión de datos.

Alejandro se detuvo ante la escalera.

—Puedo hablar directamente con él.

—No quiere.

—No he preguntado el precio.

—Yo tampoco he hablado del precio.

Alejandro se quedó callado.

Desde el comedor, Rodrigo lo llamó.

—¿Lo has conseguido?

Su hijo miró la confirmación del reembolso.

—No.

—Busca a otro.

Alejandro repasó los tres informes fallidos que tenía abiertos en el teléfono.

—Ya lo he hecho.

En la residencia, Lucía cenó con Inés. Después colocó su portátil sobre la mesa y abrió el documento de Mateo.

La advertencia sobre los parches estaba firmada hacía catorce meses.

Ella había perdido las prácticas hacía once.

Cogió una chaqueta.

—¿Sales? —preguntó Inés.

—Sí.

—¿Hay que preocuparse?

Lucía cerró el portátil.

—Esta vez voy yo a hacer las preguntas.




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