La deuda del azahar

15. LA INVITADA QUE NO ESPERABAN

A las nueve del jueves, la responsable de administración puso tres albaranes delante de Lucía.

—Busca los duplicados. Tienes veinte minutos.

Lucía leyó los documentos.

—Hay dos.

La mujer miró el reloj.

—Puedes utilizar el resto del tiempo.

—El primero cambia el número, pero conserva el mismo error en el código postal. El segundo factura la misma serie con dos fechas. Y hay una entrega imposible.

—¿Imposible?

Lucía giró la tercera hoja.

—Ese equipo todavía no estaba en el inventario el día que supuestamente lo revisaron.

La responsable acercó los papeles.

Tardó bastante más que ella en comprobarlo.

—El puesto es tuyo. Contrato de ocho horas semanales, si te sigue interesando.

Lucía leyó las condiciones antes de firmar.

—Me interesa.

—Esta tarde necesitamos una revisión de entregas en el hotel donde se prepara el acto de la fundación. Dos horas adicionales, pagadas. Puedes decir que no.

—Pásame la lista.

No necesitaba aquel empleo para comprar la cena. Lo necesitaba para tener ingresos declarados y regulares mientras reconstruía su expediente profesional. La diferencia le importaba, aunque no pensaba explicársela a nadie que mirara sus zapatos antes que su trabajo.

Mateo debía recoger una carpeta en el mismo hotel. Ella aceptó ir con él después de enviar la dirección a Inés.

En el coche, Mateo le pasó una botella de agua sin abrir.

—¿Siempre haces eso? —preguntó.

—¿Qué?

—Mandar tu ubicación.

Lucía lo miró.

—Cuando subo al coche de alguien que todavía me debe explicaciones.

Mateo puso el intermitente.

—Justo.

Al llegar, la recepcionista reconoció su apellido y se incorporó inmediatamente.

Lucía no necesitó mirar atrás para saber qué clase de sonrisa estaba recibiendo él.

—Señor Salvatierra. Su sala está preparada.

—Primero atienda a la señorita Serrano. Tiene una revisión concertada.

Lucía le lanzó una mirada.

—Puedo presentarme sola.

—Lo sé. Estaba esperando mi turno.

La recepcionista disimuló una sonrisa.

Mientras preparaban la acreditación, Lucía salió al patio para responder a Teresa. Un coche oscuro acababa de detenerse junto a la puerta.

Elena bajó con dos mujeres vestidas para una comida que costaría más que el alquiler de Lucía.

Su madre la vio y se adelantó.

—¿Qué haces aquí? ¿No tendrías que estar estudiando?

—Estoy trabajando.

Elena miró hacia las otras dos.

—Hoy viene la familia de Rodrigo. Podrías haber avisado.

—No sabía que necesitara tu permiso para entrar en un hotel.

La mujer más alta se acercó.

—¿Una compañera de Martina?

Elena vaciló.

Lucía le ahorró el esfuerzo.

—Su hija. Lucía Serrano.

La mujer la recorrió con la mirada.

—Ah. La otra.

Lucía guardó el teléfono.

—La mayor. Es más fácil de recordar.




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