La mujer alta sostuvo la sonrisa.
—Beatriz Valcárcel. Hermana de Rodrigo.
—Encantada.
Lucía lo dijo sin inclinar la cabeza ni bajar los ojos a la marca de su cuello.
Beatriz lo notó.
—Tu madre nos ha hablado muy poco de ti.
—Entonces tenemos algo en común.
Elena cogió aire.
Antes de que interviniera, el director del hotel salió al patio con la acreditación de Lucía.
—Señorita Serrano. El equipo está esperando su comprobación para cerrar la recepción del material.
Beatriz miró la tarjeta.
—¿Ella firma las entregas?
—Ella comprueba las entregas —respondió Lucía—. Las firma quien las recibe.
Mateo apareció detrás del director.
La expresión de Beatriz cambió.
—¿Salvatierra?
Él la saludó con un gesto breve.
—Beatriz.
—No sabía que venías al acto.
—No vengo al acto.
La conversación perdió toda su comodidad.
El director señaló la puerta interior.
Lucía se volvió hacia su madre.
—Nos vemos luego.
No pidió disculpas por marcharse.
Dentro, el almacén era una sala de servicio con cajas, expositores y material de demostración. Nada de historiales de pacientes. Nada que justificara el modo en que un encargado intentó quitarle la lista cuando ella señaló dos números de serie repetidos.
—Eso ya está revisado —dijo él.
Lucía mantuvo la hoja sobre la mesa.
—Entonces será fácil enseñarme las dos unidades.
El encargado no se movió.
Mateo se apoyó junto a la puerta, en silencio.
Lucía marcó ambos números.
—Si solo hay una, se devuelve el cargo duplicado. Si hay dos, una está mal identificada. ¿Cuál de las dos cosas quiere que anote?
El director llamó a contabilidad.
Doce minutos después, el duplicado estaba cancelado y el informe llevaba la incidencia que el encargado había querido borrar.
Lucía entregó la carpeta.
—Ahora sí está revisado.
Al salir, Mateo le abrió la puerta del coche. Ella se detuvo.
—No has dicho nada ahí dentro.
—Lo estabas haciendo bastante bien sin mí.
Lucía subió antes de que él pudiera verle la sonrisa entera.
De vuelta en el instituto, Mateo entró en enfermería y ella fue al aula. Darío la vio cruzar el pasillo sin detenerse.
Un mensaje de su abuelo lo hizo cambiar de dirección.
Salcedo lo esperaba en el despacho.
—¿Qué impresión te ha dado Lucía?
Darío dejó la mochila junto a la silla.
—Es difícil saber cuándo se toma algo en serio.
—¿Por qué?
—No hace los ejercicios. Se relaciona con gente complicada. Parece que todo le da igual.
Salcedo giró un bolígrafo entre los dedos.
—¿Y tú qué le has preguntado?
Darío no contestó.
El director abrió una carpeta que no puso a su alcance.
—Estoy buscando a alguien para continuar un proyecto de análisis independiente. Quería proponeros trabajar juntos.
Darío frunció el ceño.
—¿A ella y a mí?
—Sí.
—Martina tiene mejores resultados. Si necesitas a alguien de su familia…
Salcedo dejó el bolígrafo.
—No necesito a alguien de su familia. Necesito a Lucía.
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Editado: 01.11.2026