La deuda del azahar

17. CERO

Antes de la primera clase, Salcedo hizo llegar una circular a todos los grupos: el instituto suspendía el servicio de la contratista y retiraba sus credenciales de acceso. Ningún control privado podría interrumpir las clases ni solicitar el traslado de un alumno. Cualquier evaluación requeriría una solicitud propia o una resolución de la autoridad competente de aquel sistema.

Lucía leyó el aviso en el tablón.

Inés se colocó a su lado.

—Les han quitado la entrada.

—Sí.

—Por ti.

Lucía guardó el móvil después de mandar una copia a Teresa.

—Por lo que hicieron. Que no se les olvide la diferencia.

Darío salió del despacho pensando que su abuelo estaba mezclando gratitud con criterio académico.

Salcedo no le había explicado cómo conocía a Lucía. Solo había añadido una frase cuando él ya estaba en la puerta.

—No le ofrezcas ayuda como si fuera un premio. Puede que seas tú quien tenga que pedirla.

En clase, Bruno distribuía las correcciones.

—Te ha tocado una rara —le dijo a Inés.

La hoja de Lucía tenía un cero rojo en la esquina.

Inés la cogió antes de que ella pudiera guardarla.

—Pero si está hecha.

—La entregué esta mañana —dijo Lucía.

Darío vio las respuestas, las casillas y el cero. Tuvo que contener el gesto de desaprobación.

Beltrán entró con su carpeta de inglés técnico y recogió el documento de la mesa de Inés.

—Por eso conviene prestar atención en vez de leer novelas durante las prácticas.

Lucía cerró el libro.

—¿Ha leído la observación del margen?

Beltrán bajó los ojos.

—No cambia la nota.

—Entonces lea la pregunta cuatro.

La profesora la miró con frialdad.

Lucía esperó.

Beltrán acabó leyendo el enunciado en voz alta: un protocolo de medición, un umbral y cuatro opciones.

—¿Cuál de esas respuestas es correcta? —preguntó Lucía.

—La C.

—En la versión anterior del protocolo. En la que nos dieron ayer, ese valor cambia.

Inés abrió su carpeta.

Bruno se inclinó hacia delante.

Beltrán dejó la hoja sobre la mesa.

—Eso no explica que hayas marcado todas las respuestas incorrectamente.

Lucía sacó el manual del bolso y lo abrió por una página señalada.

—La plantilla está desplazada una fila. En la primera pregunta corrige la respuesta de la segunda. En la segunda, la tercera. En mi hoja lo indiqué antes de entregar.

Ortega apareció en la puerta. Había venido a recoger un equipo.

—Déjame verla.

La clase quedó en silencio mientras comparaba ambas páginas.

Sacó otra hoja del montón. Después una tercera.

—Tiene razón.

Beltrán se puso rígida.

—Habrá que revisar la carga del sistema.

—Y devolver las correcciones —dijo Ortega—. A todos.

Le pasó a Lucía su ejercicio.

—Las justificaciones están bien. No es un cero.

Bruno miró a Darío, que no había abierto la boca.

Lucía guardó la hoja sin sonreír.

—Mi problema no era la nota. Era que no leyeran lo que había escrito.

Beltrán comenzó la clase sin responder.

Esa tarde, Elena sacó unas toallas del antiguo cuarto de Lucía para llevarlas a la clínica. Una hoja doblada cayó del estante donde había estado la mochila.

Martina la recogió.

Era una frase musical escrita a mano, con una corrección brusca sobre el último compás.

Probó las primeras notas en la sala de ensayo.

Se quedó quieta al oír la segunda variación.

Llevaba meses intentando conseguir un efecto parecido.

Guardó la hoja antes de que entrara su madre.




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