La deuda del azahar

18. DEMASIADO DINERO

La recorrección llegó antes del descanso del viernes.

Lucía no solo había respondido bien. Había explicado por qué dos opciones del protocolo antiguo ya no podían utilizarse.

Ortega no convirtió aquello en una coronación.

—Esto es lo que necesito que hagáis —dijo al grupo—. Comprobar la fuente, no confiar en una casilla porque la haya impreso yo.

Inés deslizó la hoja hacia Lucía.

—¿Ibas a dejar que te pusieran el cero?

—Iba a dejar que lo revisaran. No es lo mismo.

Bruno se volvió desde la fila anterior.

—Me debes una advertencia. Yo ya me había reído.

Lucía levantó una ceja.

—Puedes devolverla cuando quieras.

Darío esperó a que terminaran.

—Me precipité con lo de copiar.

Ella lo miró.

—Sí.

No le dio una salida más cómoda.

Él asintió, rojo hasta las orejas.

Por la tarde, Beatriz visitó a Rodrigo. Habló primero de los preparativos y luego, como si no tuviera importancia, de Lucía.

—Ese chico Salvatierra no se relaciona con cualquiera. ¿Sabes de qué la conoce?

Rodrigo cerró la agenda.

—No.

—Pues convendría. La niña llega, se marcha al día siguiente y aparece con él. Sabe colocarse.

Alejandro, que trabajaba al otro lado del salón, levantó la vista.

—También detectó ayer una factura duplicada del evento.

Beatriz hizo un gesto impaciente.

—No estaba hablando de facturas.

—Ella sí. Le pagaron por eso.

Fue una defensa pequeña y tardía. Pero Elena, desde la escalera, la oyó entera.

En un bar cercano al instituto, Lucía cenaba una tortilla y una ensalada de tomate. Tenía el portátil cerrado junto al plato.

Adrián la descubrió desde la calle y entró con Mateo.

—Nos queda una mesa —dijo, señalando las dos sillas libres.

Lucía miró alrededor. Había otras tres.

—Qué mala suerte.

Mateo apoyó una mano en el respaldo.

—¿Podemos?

Ella movió su vaso.

—Si no habláis de mi piel.

Pidieron croquetas y una ración de berenjenas. Adrián empezó una historia sobre una impresora que se había comido un documento en el momento menos oportuno.

Lucía terminó riéndose con la boca llena.

Mateo la miró hasta que ella dejó el tenedor.

—¿Qué?

—Nada. Estaba comprobando que sabes hacerlo.

—¿Comer?

—Reírte sin que alguien pierda primero una discusión.

Ella le sostuvo los ojos.

—Todavía queda la cuenta.

La sonrisa de Mateo apareció despacio.

Al salir, Lucía encontró tres mensajes del intermediario. Una nueva oferta de recuperación. Otro cliente. Cinco veces el importe del encargo anterior.

No había condiciones completas.

Llamó desde un rincón tranquilo, utilizando la línea de trabajo que no mostraba su número personal.

—¿Quién está pagando esa barbaridad?

—El cliente tiene prisa.

—Pues que compre un reloj. Yo he pedido el alcance del encargo.

—Puedo solicitarlo.

—Solicítalo antes de volver a decirme un precio.

Colgó.

En la acera de enfrente, Adrián consultó su propio teléfono.

—Nos lo han vuelto a rechazar.

Mateo dejó de mirar hacia el bar.

—¿Lumbre?

—Dice que primero mandemos el alcance.

Mateo cogió las llaves del coche.

—Entonces lo mandamos.




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