Martina esperaba a Lucía al terminar las clases del viernes.
—Mamá ha reservado una cena el sábado. Vienen los de Carmona.
Lucía siguió guardando sus cosas.
—Hablaré con ella.
—Viene la tía Nuria. Y Alba.
Eso sí la hizo levantar la cabeza.
—¿A qué hora?
—A las ocho y media. Alejandro pasará a recogernos.
Lucía asintió.
Martina no se marchó inmediatamente.
—¿Dejaste papeles en tu habitación?
—¿Qué papeles?
—Una partitura. Mamá estaba recogiendo cosas para la abuela.
Lucía cerró la mochila.
—Si es mía, me la traes.
—No llevaba nombre.
—Por eso te estoy diciendo que me la enseñes.
Martina apretó los dedos alrededor de la carpeta.
—La traeré.
Darío las esperaba junto a la escalera. Cuando Martina llegó hasta él, preguntó por la nueva pieza que la había oído probar en un audio.
—Todavía no está lista —dijo ella.
No afirmó que fuera suya.
Tampoco aclaró de quién era.
El sábado, Lucía dejó a Amparo en la clínica después de visitarla. Su abuela estaba animada: la revisión independiente había confirmado que el tratamiento podía continuar sin el programa de la fundación.
—¿Vas a cenar con nosotros? —preguntó.
—Voy por la tía y por ti.
—Con eso basta.
A las ocho y veinte esperaba a Alejandro en el punto acordado, junto al instituto. A las ocho y treinta seguía allí.
Escribió un mensaje.
No obtuvo respuesta.
Un coche oscuro la rebasó, frenó y regresó despacio. Adrián bajó la ventanilla.
—¿Estás esperando a alguien?
Lucía miró la pantalla.
—Cada vez menos.
Mateo iba en el asiento trasero, revisando unos documentos.
—¿Adónde vas?
Ella le dijo el nombre del hotel.
—Sube. Podemos dejarte allí.
Adrián lo miró por el retrovisor.
Mateo cerró la carpeta.
—Sí, Adrián. Podemos.
Lucía subió ocultando una sonrisa.
Durante el trayecto llegó una llamada al teléfono de Mateo. Él escuchó unos segundos.
—Enviad el alcance y mi nombre. Y que cobre lo que corresponda. Si hace falta reservar cincuenta veces el presupuesto inicial, se reserva. No voy a perder otra semana regateando con la única persona que ha detectado el fallo.
Lucía dejó de mirar por la ventanilla.
La única persona.
El fallo.
Cincuenta veces.
Mateo colgó.
—¿Algún problema? —preguntó al notar su mirada.
—Todavía no sé cuánto te cuesta tenerlos.
Adrián tosió para disimular la risa.
Al llegar, ella bajó deprisa y olvidó el teléfono sobre el asiento.
Se dio cuenta antes de entrar en el hotel.
Dentro del coche, la pantalla se iluminó.
NÚMERO PRIVADO.
Mateo lo vio justo cuando Lucía llamó al cristal.
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Editado: 01.11.2026