La deuda del azahar

20. EL PRECIO DEL SILENCIO

Mateo bajó la ventanilla y le devolvió el teléfono sin desbloquearlo.

—Te llaman.

Lucía miró el número privado.

—Veo que hoy todo el mundo tiene prisa.

Él observó su expresión.

—Que disfrutes de la cena.

—No hagas apuestas.

Ella entró y contestó desde el pasillo, lejos de recepción.

El intermediario iba directo al asunto.

—Ya tenemos el alcance. Autoriza una auditoría independiente, conservación de originales y comunicación de cualquier riesgo a los afectados. El cliente es Mateo Salvatierra.

Lucía abrió el correo.

Esta vez lo que pedía era concreto: reconstruir la cadena documental de un lote retirado y detectar si habían falsificado su recuperación. Sin acceso a sistemas ajenos ni entrega de datos personales innecesarios.

Adjuntaba sus propias reclamaciones.

Y la fotografía original del laboratorio.

Lucía amplió la esquina del carro metálico. Allí estaba el detalle que había visto: una etiqueta con un número de serie parcialmente legible.

Con aquello sí podía trabajar.

—Acepto —dijo—. Mi tarifa habitual, con un suplemento por urgencia. El resto de ese presupuesto lo reserva para los análisis independientes. Va a necesitarlos.

—¿Se lo comunico tal cual?

—Tal cual.

Al guardar el móvil vio dos llamadas de su madre y una disculpa de Alejandro: se había marchado con Martina, absorto en una conversación de trabajo, sin comprobar si faltaba alguien.

Lucía respondió al grupo familiar:

«Ya estoy aquí. La próxima vez no me incluyáis en un plan que no vais a cumplir».

En el salón privado, Elena hablaba rodeada de parientes. Habían llevado a Amparo desde la clínica para la cena, con el traslado de vuelta ya acordado. Su silla estaba junto a la ventana.

Lucía fue primero a besarla.

—¿Y Nuria?

Su abuela señaló el fondo de la sala.

La tía estaba de pie junto a Alba, su hija, con una bolsa de regalos entre las manos. Al verla, sonrió de una manera que a Lucía le aflojó algo por dentro.

—Qué grande estás.

—Tía. Hace cuatro meses que me viste.

La abrazó con cuidado y después miró alrededor.

Había sillas ocupadas por bolsos, un abrigo y el estuche del violín de Martina. Nuria llevaba una rodillera bajo el vestido.

—¿Por qué no te sientas?

—No pasa nada, estoy bien.

Lucía dejó su mochila junto a la pared.

Se acercó a la silla del violín.

—¡Cuidado! —La voz de Beatriz cruzó la sala—. Ese instrumento vale una fortuna. No es para andar moviéndolo.

Varias conversaciones se apagaron.

Elena dio un paso hacia ellas.

Lucía mantuvo la mano sobre el asa del estuche, sin levantarlo todavía.

—Mi tía necesita sentarse.

—Hay otras sillas.

—Entonces pide una.

Beatriz se quedó inmóvil.

Lucía miró a un camarero junto a la puerta.

—Dos sillas más, por favor. Una para la señora y otra para su hija.

Después cogió el estuche por el asa, sostuvo la base con la otra mano y lo colocó sobre una mesa auxiliar, lejos del borde.

Sin brusquedad. Sin pedir perdón.

—Ahora el violín también está bien.

Alba bajó la vista para esconder una sonrisa.

Martina se acercó al instrumento. Llevaba la hoja doblada en la mano.

—Lucía…

Ella reconoció el papel.

—Eso es mío.

Darío, que había llegado invitado por Martina, alzó la cabeza desde la entrada.

Beatriz soltó una risa seca.

—Por favor. No convirtamos una cena familiar en otra discusión.

Lucía extendió la mano. Martina le entregó la partitura.

La última corrección era inconfundible: tres notas tachadas y una entrada desplazada medio compás.

Darío se acercó.

—¿La escribiste tú?

Lucía dobló el papel.

—Sí.

Beatriz miró a Martina, esperando una negación.

Su sobrina no se la dio.

El camarero llegó con las sillas. Lucía sentó a Nuria antes de volver a hablar.

—Gracias. Ahora sí podemos cenar.

Darío seguía mirando la hoja.

Por fin entendía por qué la pieza que había oído en el patio no sonaba como Martina.

Y por qué su abuelo había dicho que era él quien acabaría pidiendo ayuda.

FIN DEL CAPÍTULO 20




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