La fiesta continuaba con normalidad. En el comedor alguien había puesto música y las mesas largas olían a pan recién hecho y a caldo con especias. Mei observaba a las otras niñas, las mayores, que reían con la boca llena y se pasaban los platos sin mirar quién se llevaba la última ración. Por primera vez las veía sonreír, sin el miedo constante a las palizas de los encargados del orfanato ilegal. Por primera vez en su vida podía estar tranquila, sin estar pendiente de a quién enterrarían al día siguiente.
Xiu Lan dormía en su cuna, en la habitación de al lado, junto a las otras bebés. Mei le había subido la manta hasta la barbilla antes de bajar a la fiesta, y aún tenía en los dedos el calor de aquella cabecita.
Miró hacia Alex. Le resultaba difícil aceptar que un niño de su misma edad fuera quien mandara. Lo había visto dar órdenes a adultos con una voz tranquila, sin levantarla, y a los adultos obedecerle sin que nadie se lo recordara. Viktor, el más corpulento de todos, lo trataba no como a un niño, sino con el respeto de un subordinado… aunque con la mano siempre cerca de su hombro, como quien vigila un vaso demasiado cerca del borde de la mesa.
Viktor se acercó a Alex y le susurró algo al oído. La expresión del niño cambió al instante; el rostro se le volvió serio, de pronto mayor. Alex dejó la cuchara en el plato, se levantó de la silla y se dirigió a la salida, seguido por Viktor.
Mei dejó el plato sobre la mesa y los siguió. ¿Pasaba algo malo? ¿Estaban en manos de personas peligrosas? Se acababan de conocer, pero Mei sabía por experiencia que confiar era peligroso, sobre todo viniendo de donde ella venía. Allí, el que te daba de comer era el que decidía cuándo dejabas de comer.
Los siguió por los pasillos, pegada a la pared, con los pies descalzos sobre el suelo frío. Casi no se encontraron con nadie: la mayoría de los miembros de seguridad estaban en la zona de la fiesta. La música se fue apagando a cada giro hasta quedar reducida a un latido sordo bajo las suelas. Entraron en la enfermería, la misma donde la habían atendido aquella mañana. Mei los seguía camuflada entre las sombras, convencida de que no la veían… aunque Alex caminaba sin volverse y con un paso demasiado pausado, como quien deja que alguien lo alcance.
La puerta se abrió. Alex y Viktor entraron. Mei se quedó fuera, oculta tras el marco. Si entraba la descubrirían, la regañarían o, peor aún, la expulsarían. Y no quería eso. Debía quedarse para cuidar de las demás, y sobre todo de Xiu Lan.
Desde donde estaba vio algo extraño: Alex apretó un botón junto al marco y la puerta se detuvo a un palmo de cerrarse, dejando una rendija de luz blanca sobre el suelo. Mei se quedó quieta, con la espalda contra la pared. Parecía que Alex quisiera que escuchara todo lo que se iba a decir dentro.
Vio cómo Viktor abrazaba a una mujer joven de unos veintitrés años. La levantó unos centímetros del suelo, y ella, que no parecía de las que se dejan levantar, no protestó.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó él.
—Bien —respondió ella—. Sin ninguna incidencia en la misión, padre.
¿Padre? ¿Viktor es padre? se preguntó Mei.
—Se ha portado bien —intervino otra mujer desde el fondo, con los brazos cruzados.
—Iris —asintió Viktor a modo de saludo—. Sé que se ha portado bien. Natasha aprende rápido. Ya no es la niña de veinte.
—¡Oye! —Natasha le dio un golpe en el brazo con el puño—. A los veinte ya era agente del KGB. Además, mamá me dijo que a los dieciséis yo ya era madura.
Viktor rio, y la risa le sacudió los hombros enormes.
—Señoras y señores —interrumpió Alex—. Vamos al asunto que nos trae aquí.
Las risas se cortaron. Se giró hacia una tercera mujer, junto a la camilla. Mei reconoció a la doctora que la había atendido esa mañana, la de las manos frías y la voz seca: Yuki.
—¿Qué tal está? —preguntó Alex.
—Está estable. Un poco deshidratada y desnutrida, pero para ser una mocosa que se fugó de casa hace un año está hecha un roble. —Yuki ajustó la manta sobre la figura dormida—. ¿Qué piensas hacer con ella?
Alex no contestó de inmediato. Miró la camilla y se quedó pensativo, con las manos a la espalda.
—No depende de mí, sino de ella —susurró—. Cuando despierte le preguntaré si quiere volver a casa con su familia o quedarse con nosotros. Es su vida. Ella debe elegir cómo vivirla.
—Alex, te recuerdo que necesitamos…
—No —lo cortó el niño—. Si se unen a nosotros, debe ser por elección propia. No obligaré a nadie a quedarse si no quiere.
Hubo un silencio de varios segundos. Nadie lo rompió. Viktor desvió la vista hacia el suelo.
—Sí, sé que necesitamos gente para la Unión… —Alex alzó la palma y encendió un holograma. Sobre el suelo de la habitación apareció un ser de aspecto reptiliano, de unos tres metros, con grandes garras y dientes afilados. La luz verdosa le recorrió la cara a todos los presentes.
Desde el pasillo, Mei observó el holograma con el corazón desbocado. Aquella criatura parecía sacada de las peores pesadillas, de esas que una aprende a no contar en voz alta. Se agarró a la pared para no dar un paso atrás.
—…y para combatir a estas cosas —continuó Alex—. Pero eso no cambia lo que acabo de decir. Vale para ella, para Mei y para las demás.
Mei se llevó el dorso de la mano a la boca. Había dicho su nombre. Lo había dicho sin girar la cabeza hacia la rendija.
Viktor rodeó los hombros del niño con un brazo y lo estrechó contra su costado.
—Niño… sigues siendo un blandengue que quiere proteger a todo el mundo sin que sufran. —Con la otra mano señaló la figura que flotaba sobre la camilla—. Pero llegará el día en que esas cosas lleguen a la Tierra. Y si no estamos preparados, todos en el planeta morirán.
Alex no se apartó del abrazo. Tampoco respondió.
Mei contuvo la respiración. Pensó en Xiu Lan, dormida en su cuna con la manta hasta la barbilla. En las demás. En lo que habían sufrido. Y en lo que aún podría venir si esas garras llegaban a un sitio donde nadie las esperaba.