El ambiente en la panadería se cargó de una tensión densa, pero esta vez los hermanos Vitale no eran las víctimas. Las tres omegas que acababan de entrar se mecían sobre sus talones, enviando miradas sugerentes y liberando aromas florales que buscaban desesperadamente captar la atención de los dos imponentes Alfas.
Una de ellas, una omega rubia que meses atrás le había gritado a Dominic que no pasara cerca de ella porque «apestaba a motor», se armó de valor. Se acercó a la mesa balanceando las caderas y les dedicó una sonrisa ensayada.
—Vaya, pero qué grata sorpresa —dijo la chica con voz melosa, ignorando por completo la presencia de Miel—. No sabía que los mecánicos del pueblo pudieran verse tan... interesantes. Dominic, Alessander... ¿cierto? El taller debe estar dándoles muy buenas ganancias últimamente. Quizás algún día de estos puedan invitarme a dar un paseo.
Alessander clavó sus ojos oscuros en ella. La frialdad en su mirada fue tan cortante que la sonrisa de la omega se congeló. Dominic, por su parte, ni siquiera se molestó en levantar la cabeza para mirarla; simplemente continuó saboreando su bollo de canela, como si el intento de coqueteo no fuera más que el zumbido de una mosca molesta.
—No nos interesa —respondió Alessander con una voz tan ronca, profunda y gélida que hizo eco en las paredes de la tienda—. Y te pediría que guardes tu aroma. El único olor que nos interesa sentir en este lugar es el de la miel pura.
El rechazo fue fulminante, público y absoluto. Las mejillas de la omega rubia se tiñeron de un rojo encendido por la humillación. Sus amigas, al ver el corte directo, retrocedieron de inmediato. Sin decir una sola palabra más, el grupo de omegas dio la vuelta y salió de la panadería a paso apresurado, con el orgullo completamente pisoteado. Habían cosechado exactamente lo que sembraron durante años de crueldad.
Miel, que había estado observando la escena con los puños apretados detrás de la barra y un puchero de celos que amenazaba con convertirse en un gruñido, relajó los hombros. Sus grandes ojos castaños brillaron con una mezcla de sorpresa y una absoluta e incontenible adoración.
Alessander y Dominic se levantaron de la mesa al unísono. Al ponerse de pie, con la ropa del padre de Miel asentándoles de forma espectacular, volvieron a llenar el espacio con su imponente altura. Caminaron hacia la barra, deteniéndose justo frente al tierno omega.
La atmósfera cambió por completo, volviéndose solemne, íntima y cargada de una electricidad pura. Los corazones de los tres latían con una fuerza desbocada.
Alessander fue el primero en dar un paso al frente. Con una caballerosidad que contrastaba enormemente con su físico tosco, extendió su enorme mano sobre el mostrador, con la palma hacia arriba, esperando la aprobación del chico. Miel, sin dudarlo un segundo, colocó su pequeña y suave mano sobre la de él.
—Miel... —habló Alessander, y esta vez su voz no era fría, sino temblorosa por la profunda emoción—. Ayer entramos aquí pensando que el mundo solo tenía desprecio para nosotros. Nos defendiste de la crueldad de este pueblo, y hoy nos abriste los recuerdos de tu familia para cuidarnos. Nos diste un hogar antes de siquiera conocer nuestros nombres.
Dominic se acercó por el lado opuesto, colocando su propia mano sobre las de ellos, envolviendo la fragilidad de Miel en un doble escudo de protección alfa. Sus ojos alfa brillaban con una devoción total.
—No tenemos riquezas, ni ropa fina de diseñador, y nuestras manos siempre van a tener un poco de grasa por el taller —confesó Dominic, con un nudo de felicidad en la garganta—. Pero nuestros lobos te eligieron desde el primer segundo en que olimos tu canela y tu miel. No queremos a nadie más.
Alessander respiró hondo, mirando fijamente los ojos castaños de Miel, que ya se estaban cristalizando por la emoción.
—Miel, somos dos Alfas que el mundo rechazó, pero queremos darte todo lo que somos. Por eso, ante la luna y con el respeto que te mereces... ¿nos permitirías cortejarte formalmente? ¿Nos darías la oportunidad de demostrarte que podemos ser los Alfas que cuiden de ti y de tu nido?
Miel ahogó un sollozo tierno, apretando las manos de sus dos gigantes. El aroma a miel pura estalló en el lugar, inundando el ambiente con una nota de absoluta aceptación, felicidad y amor correspondido. El cortejo formal había comenzado, y el pueblo entero tendría que acostumbrarse a ver a los "monstruos" protegiendo al tesoro más valioso de la panadería.