La Duquesa

15

Al entrar en la estancia familiar, la luz cálida de la tarde bañaba la habitación, haciendo brillar las sedas y encajes que la modista había desplegado. Emma y Elizabeth estaban allí, rodeadas de perlas y tul, con los rostros iluminados por una ilusión que, por un momento, me hizo olvidar el veneno que ocultaban los libros de cuentas.

— ¿Cómo están mis niñas? – pregunte, sonriendo. Sin embargo, su sonrisa no llegaba a sus ojos, que seguían reflejando la preocupación que la había acompañado durante toda la tarde.

La Sra. Iris, con una reverencia, se acercó a la Duquesa. — Señora, ya he traído los vestidos. Espero que les guste.

Me acercó a Elizabeth, observándola con una mirada duda.

— ¿No habías escogido tu vestido en otro lado? - preguntó con una voz tranquila pero firme.

Eli se sonrojó, sus ojos bajando las puntas de sus zapatos.

- Sí, mamá. Pero estos son los vestidos de Emma. Son bonitos. - dijo Elizabeth, señalando uno de los vestidos de color violeta, con encaje blanco y bordados en la parte de adelante con hilos de oro. Las mangas también llevaban bordados en la parte frontal, con perlas que brillaban con suave luz.

Asentí, con una sonrisa. -Es hermoso.

—Emma, ¿a ti qué te pareció? ¿No está bonito? -preguntó, tratando de mantener una expresión amable.

— Es hermoso, mamá. Me gustó mucho. -respondió con una gran sonrisa.

Voltea a ver a la Sra. Iris. - Emma dale las gracias a la Sra. Iris.

—Gracias, Sr. Iris. - dijo Emma, con un leve sonrojo en sus mejillas.

— Si eso es todo, Max, acompaña a la Sra. Iris a la salida. — con un tono de voz que no admitía discusión.

Max se acercó a la Sra. Iris y la acompañó a la salida.

Me quedo viendo a mis hijas un rato. Emma, con su alegría natural, se estaba probando el vestido violeta, girando con gracia y dejándose llevar por la ilusión del baile. Elizabeth, en cambio, se mantenía en un segundo plano, observando a su hermana con un tono de resignación.

En eso me acercó a Eli y le tomó la mano. - Eli, ¿por qué no te pruebas tus vestidos no los vi ya te los entregaron? - preguntó con suavidad.

- Ya me los probe mama están hermosos serán una sorpresa cundo los vean. -Sonrisa discreta

-Esta mañana llegaron mis vestidos junto con mis collares que pedí. Serán una sorpresa cundo los vean - con una sonrisa discreta.

— Está bien, mi niña con voz suave.

Me retiré de la sala familiar con el peso de la conversación con Max hundiéndome los hombros. Los desvíos de fondos, las traiciones... la tormenta que se avecinaba era real. Me dirigí al jardín buscando aire, pero unos pasos suaves me detuvieron.

—¿Qué pasa, Elizabeth? —pregunté sin volver la vista.

Ella apareció a mi lado. Su timidez habitual estaba teñida de una preocupación evidente.

—Quería saber qué tienes, mamá. Te noto... molesta.

Suspiré, forzando una calma que no sentía.

—No es nada, cariño. Vuelve con tu hermana y ayúdala con sus vestidos —ordené con suavidad—. Y si ves a Max, dile que tomaré mi té, en el jardín.

Elizabeth se quedó inmóvil en el pasillo. Observando, marchado pero sus ojos se fijaron en dos detalles: en mis guantes, que eran más largos de costumbre, y en mi bastón, ese que antes solía olvidar en el estudio y que ahora me aferraba como si mi vida dependiera de él. Un presentimiento amargo le apretó el pecho; ella no conocía los secretos de la casa, pero sabía leer el miedo y algo no está bien.



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En el texto hay: misterio, magia, ursupacion de poder

Editado: 05.10.2026

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