La Emperatriz Se Volvió A Casar

Capítulo 2 - Primeros Signos De Una Aventura

—¿Otros asuntos de los que hablar?

Contemplé a Sovieshu con una expresión serena.

—Su Majestad, no creo haber mencionado nada fuera de lo común.

Mi voz conservaba su tono habitual.

Incluso mantenía una pequeña sonrisa en los labios.

—Como emperatriz y responsable de la administración del Palacio Imperial, simplemente deseo saber si has traído a una mujer herida a nuestra residencia.

Hice una breve pausa.

—Después de todo, nunca había sucedido algo semejante.

¿Estoy exagerando?

Me lo pregunté en silencio.

No había levantado la voz.

Tampoco había insinuado nada inapropiado.

Por el contrario, me había esforzado por hablar con naturalidad, como si estuviéramos conversando sobre los preparativos de Año Nuevo.

No quería parecer una esposa celosa.

Y mucho menos una emperatriz autoritaria que exigía explicaciones por cada decisión de su esposo.

Sin embargo, Sovieshu parecía cada vez más incómodo.

Su expresión se había endurecido.

Evitaba mirarme directamente.

Y cuanto más intentaba yo mantener una conversación normal, más evidente resultaba su deseo de cambiar de tema.

La atmósfera alrededor de la mesa comenzó a volverse desagradable.

Finalmente, Sovieshu dejó los cubiertos.

—¿Me lo preguntas simplemente por curiosidad?

Su mirada estaba llena de sospecha.

Parpadeé.

—Si no tuviera curiosidad, no te lo habría preguntado.

Mi respuesta pareció incomodarlo todavía más.

Sovieshu guardó silencio durante unos instantes.

Después suspiró.

—Quedó atrapada accidentalmente en una de mis trampas de caza.

Su voz fue seca.

—La traje al palacio para que recibiera atención médica.

Esperé.

Él continuó:

—Sus heridas no son demasiado graves. Le he asignado una habitación y una sirvienta que se encargará de cuidarla hasta que se recupere.

Asentí lentamente.

—Ya veo...

Al menos ahora sabía algo más.

La desconocida no había sido abandonada en cualquier rincón del palacio.

Sovieshu había dispuesto una habitación para ella.

Y había ordenado que recibiera atención.

Antes de que pudiera añadir otra pregunta, él continuó:

—No tienes por qué preocuparte.

Levanté los ojos.

—¿Por qué habría de preocuparme?

Sovieshu no respondió directamente.

—No volveré a llamar a tus damas de compañía para que la atiendan.

Después tomó nuevamente los cubiertos.

Y comenzó a cortar su filete.

El sonido del cuchillo contra el plato resonó en el comedor.

Una vez.

Otra.

Y otra más.

El ruido repetitivo me recordó al golpeteo de un pájaro carpintero.

Tac. Tac. Tac.

Sovieshu no volvió a hablar.

Normalmente, nuestras cenas estaban llenas de conversaciones.

Siempre encontrábamos algún asunto que comentar.

Si no hablábamos de política, discutíamos sobre las ceremonias, la administración del palacio o acontecimientos recientes de la corte.

Incluso cuando no estábamos completamente de acuerdo, nuestras conversaciones solían transcurrir con tranquilidad.

Aquella noche, sin embargo, el silencio parecía haberse sentado a la mesa con nosotros.

Miré brevemente a Sovieshu.

Él continuó comiendo.

No intentó retomar ninguno de los temas anteriores.

Y yo comprendí que, al menos por el momento, no obtendría ninguna otra respuesta.

Está bien.

Bajé la mirada hacia mi plato.

No insistiré.

—¡Su Majestad!

Apenas regresé al Palacio Occidental, mis damas de compañía se acercaron apresuradamente.

Varias se habían reunido en mi habitación para esperar mi regreso.

Sus expresiones eran expectantes.

La primera en hablar fue una de las más jóvenes.

—¿Qué dijo el Emperador?

Las demás me observaron con atención.

Me quité lentamente los guantes.

—Él...

Vacilé.

No sabía exactamente cómo describir aquella conversación.

—No dijo demasiado.

La condesa Eliza levantó inmediatamente las cejas.

Me contempló durante unos instantes.

Después habló con suavidad.

—Entonces, ¿Por qué parece tan desanimada, Su Majestad?

No respondí.

La condesa se acercó un poco más.

—Puede contárnoslo.

Su voz fue comprensiva.

—Es mejor que sepamos lo que está ocurriendo. Así podremos estar preparadas para cualquier eventualidad.

Miré los rostros de mis damas.

Todas parecían sinceramente preocupadas por mí.

Finalmente, suspiré.

—Dijo que la mujer quedó atrapada accidentalmente en una de sus trampas de caza.

Las jóvenes guardaron silencio.

Continué:

—La llevó al palacio para que recibiera tratamiento.

Hice una pausa.

—No mencionó que fuera una esclava fugitiva.

Ahora que lo pienso...

Fruncí ligeramente el ceño.

Ni siquiera me dijo su nombre.

Aquello resultaba extraño.

Habíamos hablado de una mujer que se encontraba alojada dentro del Palacio Imperial y, sin embargo, yo seguía sin saber cómo se llamaba.

—También me explicó que le había asignado una habitación y una sirvienta para que la cuidara.

Bajé ligeramente la mirada.

—Pero no parecía dispuesto a hablar mucho más sobre el asunto.

Apenas terminé de pronunciar aquellas palabras, se escuchó un golpe seco.

¡Pum!

Laura había dado una fuerte pisada contra el suelo.

Las demás damas volvieron inmediatamente la cabeza.

Algunas la miraron con reproche.

Otras parecían sorprendidas por su falta de compostura.

Pero Laura tenía las mejillas hinchadas de indignación.

Y no parecía importarle lo que las demás pensaran.

—¡Su Majestad!

Levanté la mirada.

Laura apretó los puños.

—¿Sabe que eso es exactamente lo que hizo mi padre cuando comenzó a tener una aventura?



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En el texto hay: #amor, #desamor, #traicion

Editado: 25.10.2026

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