Capitulo 24: Traición.
Palacio Drakkar
Noche del blót. Palacio de Drakkar.
La habitación estaba iluminada solo por antorchas. Paredes de piedra y pieles oscuras. El fuego danzaba como si supiera lo que venía.
Bjorn cerró la puerta tras de sí. Bella estaba de espaldas, descalza aún, los pies vendados. La túnica colgaba floja sobre su cuerpo, pero no ocultaba las heridas.
Ella no se giró cuando él se acercó.
—¿Puedo? —preguntó Bjorn, apenas un susurro.
Bella asintió. No habló.
Cuando él alzó una mano para rozarle el hombro, ella tembló. No retrocedió. Pero tembló.
Bjorn retiró los dedos. Se quedó quieto. Sus ojos recorrieron su cuerpo con gravedad, no deseo: las vendas en los pies, la carne abierta. Y luego, lo vio.
Sobre el vientre de Bella, entre la piel aún enrojecida, brillaba la marca quemada de la runa de la Reina. Reciente. Cruel. Innegable.
Su voz fue baja, grave, como la promesa de una tormenta que no llega.
—Es suficiente por hoy. Ya has honrado a mis dioses…
Ella giró el rostro. Lo miró por primera vez desde que entró.
—¿Y ahora?
Bjorn sonrió con tristeza, tomó una pequeña daga y se sentó frente al fuego.
—Ahora es mi turno.
Bella lo observó sin entender. Hasta que él se quitó la camisa. Su espalda era un mapa de antiguas guerras. Su pecho, un tambor de piedra. Pero fue su hombro derecho el que ofreció al metal.
—Aquí. Donde te hirieron por mí.
El filo se calentó. Las brasas lo volvieron rojo.
Bella dio un paso adelante, ojos abiertos.
—Detente —dijo. Temblaba más por él que por sí misma—. No sabes lo que duele…
Bjorn alzó una ceja. Sonrió.
—Esto no duele nada. Tranquilízate.
El metal tocó su piel. Un crujido sordo. El olor a carne marcada. Y poco a poco, una cruz quedó grabada sobre su cuerpo. Torpe. Firme. Eterna.
—Tu dios —murmuró él— está conmigo ahora.
Bella no supo qué decir. Pero algo en ella se quebró. No de miedo. De asombro.
Bjorn dejó caer el metal. La miró con una mezcla de deseo y contención. Y dijo:
—No voy a tocarte.
—¿Por qué? —preguntó Bella, sorprendida. Casi enojada.
—Porque ya has tenido suficiente. Esta noche, no mereces ser poseída. Mereces paz.
—¡Termina el ritual! —espetó ella, avanzando con furia contenida—. No quiero despertarme mañana y que todas me humillen porque sigo intacta. ¡No después de todo esto!
Bjorn negó con la cabeza, suave.
—Mañana vas a despertar a la hora que desees. Intacta. Pura. Virgen. Y nadie va a humillarte por eso. No mientras yo respire.
Bella se quedó quieta. Algo ardía bajo su piel. Algo que no era miedo.
Se acercó.
Y susurró, rabiosa, hermosa, invencible:
—Mírame como igual. Tómame… no como tu ofrenda. Sino como lo que me convertiste: tu mujer.
Bjorn la dejó hablar. Pero apenas terminó, la tomó por la cintura y la acercó a su cuerpo como si respondiera a una oración.
Bella lo besó primero. Con furia. Con hambre. Como si su alma entera dependiera de ese contacto. Pero él fue quien la desnudó.
Sus manos eran grandes, callosas, y sin embargo, temblaban.
La túnica cayó como un juramento roto. La piel de Bella estaba marcada por el fuego, la ceniza, y ahora también, por el deseo. Él la miró sin palabras, como si fuera algo sagrado. Como si no debiera tocarla.
Pero la tocó.
Bella cerró los ojos. Cada caricia era un trueno nuevo dentro de su cuerpo.
“¿Por qué me siento así? ¿Por qué no me duele? ¿Por qué lo deseo?”
Su alma gritaba lo que su carne ya no podía negar.
“He perdido el juicio.”
Y cuando él la alzó entre sus brazos para llevarla a la cama de piedra cubierta de pieles, su cuerpo no ofreció resistencia. Era él. Era siempre él.
Bjorn se inclinó sobre su vientre. Allí donde Freya había dejado la runa grabada a fuego.
La besó.
Bella jadeó. Su espalda se arqueó. Y un susurro escapó entre sollozos suaves:
—Perdí la cabeza… No soy digna de ti, Señor. He caído en la tentación…
Bjorn no respondió. Solo subió, despacio, besando cada marca, cada herida, hasta que encontró su boca de nuevo.
La besó como si pudiera salvarla. Como si quisiera sellar todas sus grietas con los labios.
Pero cuando abrió los ojos… vio las dudas en los de ella.
No eran dudas del acto. No era vergüenza. No era culpa de haberlo elegido a él.
Era algo más profundo.
Una grieta en su fe. En su imagen de sí misma.
Él no entendía.
Solo supo que había un límite que no quería cruzar.
Se apartó. Se levantó.
Bella lo miró sin hablar. Desnuda, envuelta en la sombra, en la confusión, en el deseo que aún ardía.
Bjorn se puso la camisa con lentitud. Su cruz quemada aún sangraba un poco.
Bjorn se detuvo.
La miró.
Y entonces, con la voz más baja que había usado jamás, le dijo:
—Te lo dije. No iba a ser hoy.
La cubrió con una piel.
—Duerme.
Y sin mirar atrás, salió de la habitación.
Bella se quedó sola. Temblando por dentro. Con el alma dividida y la piel encendida.
Y con una certeza:
No era virgen. No después de eso.
No en el corazón. No en el deseo.
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Nayari, Torre del Alba. Medianoche.
Mei Lin no lloraba. No en voz alta.
Lo había aprendido en Drakkar.
Las lágrimas eran para el interior, donde no pudieran usarse en tu contra.
Desde la galería oculta del segundo piso, había visto a Zayna deslizarse en la noche como si la sombra la reclamara. Había observado cómo los centinelas no la detenían. Cómo Cael, el general invencible, abría su puerta sin una palabra.
Una hora después, el silencio era peor que cualquier grito.
Mei Lin se sentó frente al biombo de nácar. A su lado, una lámpara temblaba con la brisa nocturna. En el suelo, el cuenco de ceniza para mensajes secretos ya ardía, esperando tinta.
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Editado: 21.06.2025