Sebastián
Aura se quedó paralizada sin decir nada. Sentí temblor en mis manos, hoy es mi última oportunidad para no perderla.
En la mañana había ido a ver a Eric a la cárcel, al verme no supo como reaccionar.
—Papá... —me habló con un leve temblor en la voz—. ¡¿Estás vivo?!
Dijo después reaccionando. Le conté todo lo que había pasado desde mi caída al mar. Eric me escuchaba en silencio, con sus manos juntas, con los ojos enrojecidos.
—Todo fue mi culpa... —dijo finalmente apoyando su cabeza en sus dos manos sollozando.
Le acaricié el cabello, mis intenciones no son culparlo, ya eso quedó en el pasado. Y veo que ha tenido ya su lección. Como su padre no puedo abandonarla, sigue siendo mi hijo pese a sus errores.
—Vendré a visitarte seguido, y cuando salgas puedes volver a trabajar conmigo —le dije conteniendo mi dolor al verlo tan triste.
Se secó las lágrimas y levantó la cabeza, con una seguridad que no veía en él desde hace mucho tiempo.
—No es necesario, comenzaré de cero, buscaré trabajo y empezaré desde abajo. No importa cuanto tiempo me tome, pero no me rendiré, soy un Montenegro —dijo con firmeza.
Sonreí, moviendo la cabeza de forma afirmativa. Si eso es lo que quiere lo apoyaré en sus intenciones.
—¿Y qué ha pasado con Aura? —me preguntó de repente.
Notó mi expresión preocupada.
—¿Ha pasado algo malo? ¿Ya no te ama?
—Es complicado... —dije sonriendo desanimado—. Sin embargo, aun así quiero estar con ella.
—Aura te ama, solo dale tiempo y un empujón.
—¿Qué quieres decir? —le pregunté, confundido.
—No soy muy bueno con este asunto de las mujeres —me dijo con una ligera burla de seguro recordando su pasado—. Pero siento que ella en realidad nunca sintió nada por mí, en cambio, contigo era diferente. Su mirada, su atención, sus gestos.
No sé por qué en este momento recuerdo esta conversación. Pensé mucho en como tener una oportunidad más con Aura. Fui arrogante, altanero, insensible, pisoteé a varias personas creyendo que así podía lograr mis objetivos, sin pensar que un día eso me costaría caro.
Sumando que nuestro comienzo no fue puro. Ella era la esposa de mi hijo, aunque legalmente no lo era, Aura lo creía así. La hice cargar con esa culpa, sentirse utilizada para tener un hijo, empujarla al abismo. Si pudiera comenzar de nuevo...
Los ojos de Aura siguen fijos en la mano que mantengo extendida hacia ella, cada segundo es un eterno dolor, pero no me moveré hasta que ella decida. Si me acepta o no, respetaré su decisión.
Cuando su mano se extendió y tomó la mía no pude evitar levantar mis ojos deteniéndome en su rostro. Luce sería, su mirada clara y tan hermosa como la recordaba, los labios apretados, las cejas ligeramente arrugadas.
De repente una suave sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro.
—Hola, soy Aura Silva, me gusta el violín y los pasteles. Un gusto. Me gusta la armonía y la calma, no soy perfecta, suelo ser rencorosa, a veces perezosa, la gente de afuera piensan que mi personalidad es tranquila, pero eso es porque no me conocen demasiado. Un gusto, señor Montenegro. ¿Puedo llamarlo Sebastián?
Ante sus palabras apenas pude contener mis lágrimas, su voz es cordial, su expresión es sincera. Abrí la boca para responderle y mi voz salió quebrada casi a punto de desbordar mis sentimientos.
—Sí... —me tuve que detener al sentir que si decía algo más estallaría en llanto. Tragué saliva para controlarme—, llámame Sebastián.
Aura sonrió sin soltar mi mano, dejé caer mis dedos sobre los suyos. Sin decir más entendí que me acababa de aceptar. Entrecerré mis ojos, agradecido de esta oportunidad. Sé que no lo merezco y que después no vendrán nuevas oportunidades, así que juro no volver a fallarle.
El anaranjado atardece cayó sobre nosotros, y me aferré a este momento. Uno que jamás volvería a olvidar, porque esté fue nuestro nuevo inicio, uno más puro, sincero, de un amor sin miedo. Nunca espere a mi edad conocer aquello que llaman amor verdadero. La vida me ha dado este camino que no me arrepentiré de recorrer de la mano de mi amada Aura Silva.