—Un ángel…
Aquella palabra cayó en la habitación con una suavidad absurda.
El conde de Ballestas se quedó inmóvil.
Durante años había escuchado toda clase de nombres. Monstruo. Demonio. Bestia. Villano. Malnacido. Desgraciado. Incluso, en más de una ocasión, hijo del mismísimo infierno.
Estaba acostumbrado.
Aquellos nombres le pertenecían casi tanto como su propio título.
Pero… ¿ángel?
La mujer que sostenía entre sus manos lo miraba con los ojos vidriosos por la fiebre. Sus mejillas ardían, su respiración era irregular y algunos mechones de cabello se le habían pegado a la frente húmeda. Parecía apenas consciente de dónde estaba.
Aun así, sonrió, una sonrisa pequeña, débil, casi tierna.
—¿Has venido por mí…? —susurró.
El conde frunció el ceño, Eleonor levantó una mano temblorosa, intentando tocarle el rostro.
—Qué bello eres…
El silencio que siguió fue absoluto, el conde miró aquella mano como si acabara de intentar cometer un atentado contra su dignidad.
Luego miró a la mujer, después volvió a mirar la mano y, finalmente, la dejó caer.
—¡Mi señor!
El cuerpo de Eleonor descendió torpemente entre sus brazos hasta que el conde, con una evidente expresión de disgusto, la sostuvo apenas por la cintura para impedir que se desplomara contra la cama.
Ermes dio un paso hacia él.
—¡No sea tan brusco, mi señor! Recuerde que está delirando por la fiebre.
—¿Y qué demonios haces ahí parado? —espetó el conde.
—¿Yo?
—¡Sí, tú! ¿Acaso quieres que esta mujer quede con retraso mental?
Ermes parpadeó.
El conde señaló a Eleonor como si aquella criatura febril fuera una responsabilidad particularmente ofensiva que alguien le hubiese impuesto.
—Hay que bajarle la fiebre. ¡Está tan grave que me ha confundido con un ángel!
Su voz se elevó, indignada.
—¡A mí!
Se señaló el pecho.
—¡Al temible conde de Ballestas!
Ermes se mordió el interior de la mejilla para no sonreír y el conde continuó, cada vez más ofendido:
—La pobre desgraciada no sabe siquiera dónde está. Duerme bajo el techo del hombre más temido y odiado de todo Ventor y, en su delirio, decide que soy una criatura celestial, si por mi hubiera sido la hubiera dejado en el barro.
Miró a Eleonor una vez más.
La fiebre le había arrebatado casi todo el color del rostro, salvo el rojo febril que ardía en sus mejillas.
Por un instante, algo parecido a la preocupación cruzó los ojos del conde, fue tan fugaz que podría haber sido confundido con una sombra.
—Llamen a las criadas.
Las puertas se abrieron casi de inmediato, dos mujeres entraron apresuradamente, haciendo profundas reverencias al pasar junto al conde. Ninguna se atrevió siquiera a levantar los ojos.
—Desnúdenla y métanla en la bañera —ordenó él.
Las criadas se acercaron a la cama, el conde, sin embargo, permaneció allí y
Ermes carraspeó.
—Mi señor…
—¿Qué?
—Quizá… debería salir.
El conde lo miró con severidad.
—¿Por qué?
Ermes señaló discretamente a Eleonor.
—Porque si se queda ahí parado, verá la desnudez de la mujer.
El rostro del conde se crispó.
Miró a Eleonor.
Luego a Ermes.
—Es puro hueso.
Ermes abrió ligeramente los ojos.
—Mi señor…
—No quiero ver sus miserias.
Y salió de la habitación, la puerta se cerró detrás de él con un golpe seco.
Ermes suspiró.
—Cielos, nuestro querido amo tiene el corazón hecho de piedra.
Desde el otro lado de la puerta llegó la voz del conde:
—¡Te estoy escuchando!
Ermes se enderezó inmediatamente.
—¡Sí, mi señor!
Las criadas intercambiaron una mirada nerviosa y continuaron con su tarea, afuera, el conde permaneció inmóvil en el oscuro corredor.
La tormenta golpeaba los ventanales del castillo. El viento gemía entre las piedras y, de cuando en cuando, un relámpago iluminaba los pasillos como una fotografía espectral.
El conde cerró los ojos por un instante.
—Atiéndanla con diligencia —ordenó desde la puerta—. No quiero que se muera bajo mi techo.
Hizo una pausa, su expresión se endureció.
—Y mucho menos quiero que su fantasma me atormente con esos gritos horrorosos.
El conde regresó a su despacho, era un hombre obsesionado con el trabajo, quizá demasiado.
Apenas había pasado un año desde que la guerra había terminado, y aun así, en su cabeza seguían resonando los tambores, el estrépito de las espadas y los gritos de los hombres que alguna vez estuvieron bajo su mando.
La guerra había terminado para Ventor.
Para él, no del todo.
Sobre el enorme escritorio de madera oscura se amontonaban mapas, informes, cuentas, cartas selladas y registros de suministros. Una lámpara de aceite proyectaba sobre las paredes sombras largas y temblorosas.
El conde tomó uno de los documentos y comenzó a leer, como si aquellas cifras fueran capaces de mantenerlo alejado de todo aquello que acababa de suceder.
Tenía dinero, tanto que podría vivir sin trabajar toda su vida y sus hijos también, pero no era un hombre que hubiese llegado hasta allí únicamente por herencia o privilegio.
Había ganado parte de su fortuna en la guerra y otra parte la había conservado gracias a una disciplina casi enfermiza.
Y tenía hombres, hombres que habían luchado junto a él, hombres a los que había prometido una parte justa de las riquezas obtenidas durante las campañas.
Y el conde cumplía sus promesas, siempre, revisó nuevamente las cantidades, no permitiría que ninguno recibiera menos de lo que le correspondía.
Después de todo, él era su líder y ellos no eran simples soldados, eran los hombres que habían defendido Ventor cuando la corona los había enviado a morir lejos de los salones dorados. Eran veteranos. Sobrevivientes. Hombres que habían regresado con cicatrices en el cuerpo y fantasmas en la memoria.
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Editado: 05.10.2026