La esposa del conde

Días de silencio

La fiebre había abandonado por fin el cuerpo de Eleonor.

Después de quince días de delirios, sudor y sueños febriles, aquella abrasadora prisión que había consumido sus fuerzas se retiró lentamente, dejando tras de sí un cansancio profundo, casi mortal.

Eleonor abrió los ojos.

Durante unos instantes permaneció inmóvil, contemplando el techo que se alzaba sobre ella. No reconocía aquel lugar.

La habitación estaba envuelta en una penumbra azulada. A través de los altos ventanales, la débil luz de la mañana se filtraba entre gruesas cortinas de terciopelo oscuro, dibujando largas sombras sobre las paredes. El aire olía a cera de velas y hierbas medicinales.

Entonces sintió algo extraño, sus sábanas estaban limpias, demasiado limpias, ya no había manchas de sangre ni sudor sobre la tela. Su vestido había sido cambiado, su cuerpo no olía a enfermedad. Sobre su pecho descansaba una fina capa de ungüento, fresco y aromático, cuyo olor a menta y hierbas sanadoras le produjo una sensación de alivio que casi le hizo llorar.

Y entonces lloró, las lágrimas comenzaron a deslizarse silenciosamente por sus mejillas.

No sabía dónde estaba.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

Ni siquiera sabía por qué seguía viva.

Al otro extremo de la habitación, dos criadas limpiaban en silencio. Una acomodaba unas sábanas recién dobladas mientras la otra limpiaba cuidadosamente una mesa de madera oscura.

Eleonor tragó saliva.

—¿Dónde estoy? —preguntó con una voz tan débil que apenas fue un susurro.

Las criadas se volvieron de inmediato, al verla despierta, ambas abandonaron lo que estaban haciendo y se acercaron con evidente alivio.

—¡Buenos días, señorita! —dijo una de ellas, haciendo una pequeña reverencia—. Gracias al cielo... ha despertado.

Eleonor frunció el ceño.

—¿Dónde estoy? —repitió, esta vez con mayor inquietud.

La criada intercambió una mirada con su compañera.

—Está en la mansión del conde...

Antes de que pudiera terminar la frase, la puerta se abrió.

Ermes apareció en el umbral.

Había escuchado las voces desde el pasillo y, al descubrir a Eleonor sentada en la cama, se quedó inmóvil durante unos segundos.

Sus ojos se abrieron con incredulidad.

—¡Es un milagro!

Su voz quebró el silencio de la habitación.

Ermes se llevó una mano al pecho. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas mientras contemplaba a la joven como si estuviera viendo regresar a alguien del reino de los muertos.

—Pensamos que... —hizo una pausa, intentando contener la emoción— pensamos que quedaría en cama de por vida.

Eleonor lo observó sin comprender.

Las palabras llegaban hasta ella como ecos lejanos. Su mente todavía estaba nublada por la enfermedad y el agotamiento. No sabía quiénes eran aquellas personas ni por qué la habían cuidado.

Pero había algo que sí comprendía, la habían salvado.

Bajó la mirada hacia sus manos, estaban delgadas y pálidas. Apenas tenía fuerzas para mantenerlas levantadas.

Con timidez, tomó un extremo de las sábanas y se cubrió un poco más el pecho.

—¿Cuánto tiempo... estuve en cama? —preguntó.

Ermes respiró profundamente.

—Quince días, señorita.

Eleonor levantó lentamente la mirada.

—¿Quince días?

El miedo se reflejó en sus ojos.

—Sí.

Ermes se acercó un poco más.

—Su estado era extremadamente delicado. Durante los primeros días no sabíamos si sobreviviría. La fiebre era terrible y su cuerpo estaba demasiado débil.

Eleonor sintió un escalofrío.

Quince días.

Era como si una parte de su vida hubiera desaparecido en medio de una oscuridad de la que apenas podía recordar fragmentos.

Ermes sonrió con suavidad.

—Gracias a la benevolencia de mi señor, pudimos atenderla durante todos estos días. Los mejores médicos estuvieron a su disposición. Se prepararon medicinas, ungüentos y alimentos especiales para usted. No se escatimó en nada.

Eleonor permaneció en silencio, aquello le resultaba difícil de comprender.

¿Por qué un desconocido habría hecho tanto por ella?

¿Por qué alguien tan poderoso se habría preocupado por una mujer que, hasta hacía unos días, estaba prácticamente condenada a morir?

—¿Cómo se llama su señor? —preguntó finalmente.

Su voz había recuperado un poco de firmeza.

—Me gustaría agradecerle personalmente por todo lo que ha hecho por mí.

Ermes guardó silencio durante un instante.

Luego inclinó ligeramente la cabeza.

—El señor Lucian.

Pronunció aquel nombre con una particular solemnidad.

—Lucian, conde de Ballestas, es quien la ha acogido en su mansión para que pudiera recuperarse.

—Lucian... —repitió Eleonor en un murmullo.

Sus ojos se abrieron lentamente.

—El conde de Ballestas...

Durante un instante, el cansancio desapareció de su rostro y la sangre pareció helársele en las venas.

—¡La peste de Ventor...!

El pensamiento atravesó su mente como un relámpago.

No podía ser, no podía ser aquel hombre, Lucian, conde de Ballestas.

El nombre más temido y detestado de todo el reino de Valdoren.

Había escuchado historias sobre él desde hacía tiempo. Historias susurradas junto al fuego, en los mercados y en los salones de las familias nobles. Decían que su corazón era tan frío como las criptas de los antiguos reyes; que sus enemigos desaparecían sin dejar rastro; que allí donde aparecía, la desgracia lo seguía como una sombra.

La peste de Ventor, así lo llamaban, un hombre cruel, un monstruo vestido de noble, un diablo al que el reino había aprendido a temer.

Y, sin embargo...

Eleonor bajó lentamente la mirada hacia las sábanas limpias que cubrían su cuerpo.

Habían sido cambiadas, había medicinas, ungüentos, alimentos, dos criadas habían permanecido a su servicio, la habían revisado médicos y todo aquello había sido pagado por él.




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