Lo que sucedió después ocurrió mientras Eleonor permanecía en esa habitación desconocida, debatiéndose entre la vida y la muerte.
Aquel mismo día, apenas veinticuatro horas después de su desaparición, Héctor ordenó que varios criados salieran en su búsqueda.
Al principio había querido creer que su hija realmente se había marchado por voluntad propia.
Pero cuando los hombres regresaron con una noticia escalofriante, toda aquella seguridad se desvaneció.
Habían encontrado sus zapatos y nada más.
Los habían hallado cerca del pequeño bosque donde, según Ofelia, Eleonor solía encontrarse con su supuesto amante.
Héctor sintió que un peso helado le descendía por el pecho.
—¿Están seguros de que eran los suyos?
—Sí, mi señor.
Héctor permaneció contemplando los zapatos durante largo rato, algo había ocurrido, algo terrible, la noticia le cayó como un balde de agua helada.
No por el dolor de perderla.
Sino porque, con ella, podía perder también una considerable suma de dinero, Héctor ya había hecho arreglos para casarla.
El hombre en cuestión se llamaba Oscar.
Era un anciano rico, aunque carecía de título nobiliario. Su fortuna, sin embargo, compensaba con creces la ausencia de un apellido ilustre.
Tenía además una reputación que pocos hombres decentes se atrevían siquiera a mencionar.
Era conocido por frecuentar prostíbulos y por su comportamiento abusivo hacia las mujeres. Había contraído matrimonio en repetidas ocasiones y varias de sus esposas habían muerto después de sufrir maltratos. Oscar siempre había conseguido que los médicos atribuyeran aquellas muertes a causas naturales.
Héctor conocía perfectamente la clase de hombre que era y no le importaba.
Mientras pudiera pagar.
Había llegado incluso a considerar la dote de Eleonor como una de las piezas fundamentales para mejorar su propia situación económica.
Pero había un problema mucho más grande, uno que ni siquiera la desaparición de su hija podía borrar de su mente.
Lucian, el conde de Ballestas.
Héctor le debía una fortuna, después de regresar de la guerra, Lucian había comenzado a realizar préstamos bajo nombres que ocultaban su verdadera identidad. El propósito era sencillo: prestar dinero, cobrar intereses y hacer crecer su fortuna sin llamar demasiado la atención.
Héctor, convencido de ser más astuto que aquel misterioso prestamista, había dejado de pagar.
Al principio no ocurrió nada, después llegaron las advertencias y finalmente, Héctor descubrió quién estaba detrás de aquellas deudas.
El conde de Ballestas.
Desde entonces, el miedo se había instalado en la mansión, porque Lucian no era un hombre al que pudiera ignorarse.
Y aquella noche había decidido ir personalmente a cobrar lo que se le debía, fue precisamente entonces cuando Eleonor había cruzado accidentalmente su camino y el carruaje la había golpeado.
Héctor jamás habría imaginado que aquella desgracia terminaría poniendo a su propia hija bajo la protección del hombre al que más temía.
Pero eso todavía no lo sabía, lo único que sabía era que Eleonor había desaparecido y que, sin ella, el acuerdo con Oscar podía venirse abajo.
Aquella tarde, la tensión dentro de la mansión era insoportable, los criados caminaban en silencio, nadie quería cruzarse con el vizconde.
Héctor llevaba horas encerrado en su despacho, bebiendo y maldiciendo entre dientes, cuando Sofía entró finalmente.
—¡Ya deja de comportarte como un loco!
Héctor levantó la cabeza.
—¿Qué dijiste?
Sofía cruzó los brazos.
—Ya te lo dije. Mi hermana se marchó con su amante. No sé qué más quieres que te diga.
La mano de Héctor se movió antes de que ella pudiera reaccionar, la bofetada resonó por toda la habitación.
Sofía quedó inmóvil, lentamente, llevó una mano a su mejilla, su padre jamás le había pegado.
—¡Más te vale que me digas la verdad! —rugió Héctor.
Por primera vez, Sofía vio algo diferente en los ojos de su padre, no era simplemente ira, era miedo, era desesperación.
—¡Te estoy diciendo la verdad!
—¡No me mientas!
Héctor golpeó el escritorio con el puño.
—¡Le debo una fortuna al desgraciado de Lucian!
Sofía palideció.
—¿Lucian?
—Sí.
—¿Y quién diablos es ese?
Héctor la miró con incredulidad.
—El conde de Ballestas.
El rostro de Sofía perdió todo rastro de arrogancia y se quedó tiesa, durante unos segundos fue incapaz de pronunciar palabra.
Había escuchado aquel nombre, todo el reino lo había escuchado.
El conde de Ballestas, la Peste de Ventor, el mal hecho hombre.
El hombre cuya fama había hecho que incluso nobles mucho más poderosos evitaran enfrentarse directamente con él.
Sofía sintió que el estómago se le encogía.
Héctor se acercó lentamente.
—¿Que no lo entiendes? Necesito encontrar a tu hermana lo antes posible…
No terminó la frase, Sofía lo miró con creciente horror.
—Ya te dije que no sé…
—Si no me dices dónde está tu hermana...
Héctor bajó la voz.
—Tendré que considerar otras alternativas.
Sofía retrocedió un paso.
—¿Qué quieres decir?
Su padre la observó con una frialdad que la hizo estremecer.
—Si no encontramos a Eleonor, perderé el dinero de Oscar.
Hizo una pausa.
—Y Lucian vendrá a cobrar su deuda.
Sofía negó lentamente con la cabeza.
—No...
—Entonces quizá tenga que venderte a ti para sobrevivir a la furia de esa bestia.
Sofía sintió que el mundo se detenía.
—¿A mí? ¡Pero yo estoy a un paso de ganarme a la familia imperial y formar parte de ella!
—Yo no pienso morir en manos de ese bastardo, tendré que sacrificarte si no la encuentro, así que más te vale decirme la verdad.
Para Héctor, sus hijas nunca habían sido hijas, eran monedas de cambio.
Peones que podía mover sobre el tablero siempre que aquello le permitiera conservar su fortuna, su título y, sobre todo, su propia vida.
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Editado: 05.10.2026